El infierno freudiano de Michael Myers

Posted: viernes, enero 15, 2010 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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(El que no haya visto Halloween 2 absténgase de leer esta nota porque aquí se cuenta que al final la protagonista queda en el manicomio y el sicópata acribillado a balazos)

Lo que Michael Myers tenía de brutal y horrendo, Rob Zombie lo ha destruido con la segunda entrega de su remake. El hombre detrás de la máscara en esta versión moderna no es el mismo que aterrorizó a más de una generación desde 1978 cuando Carpenter estrenó una de sus mejores películas. No, ese gigante que se oculta detrás de la máscara no es el mismo. Puede ser más fuerte, más alto, más afín a la imagen de asesino que patentó Charles Manson pero lo que le sobra en estereotipo le falta en creatividad.


Una de las razones por las cuales el cine de horror que se hizo en Estados Unidos entre la década de los setenta y los ochenta, especialmente el género de slashers como Viernes 13, Masacre en Texas o The hills have eyes, es la calidad imaginativa que tenía el equipo de producción a la hora de matar a sus personajes. Los argumentos por lo general incluían una decena de adolescentes hormonalmente inestables que representaban la carne de cañón perfecta para que el personaje central del filme desfogara su furia y exhibiera repertorio de perversidad. Cada muerte era una creación independiente que ayudaba a mantener al público intrigado. La pregunta no era si este o aquel personaje sobreviviría, sino de qué manera retorcida sería asesinado, y vaya que las maneras en aquel entonces eran retorcidas. Recuerdo la típica lanza atravesando a los amantes que fornicaban, recuerdo una cabeza presionada contra la fibra de vidrio de un tráiler, recuerdo un cuerpo partido en dos desde la ingle hasta el cuello, algunas decapitaciones con sus respectivos chorros de sangre propulsados como fuentes... En cada secuencia que incluía un asesinato se notaba la planificación del mismo, la cantidad de detalles enriquecían la película e incrementaban el horror.

Este es uno de los pecados de Rob Zombie en Halloween 2 (2009). Si hubiera contado en su equipo con el talento de Tom Savini, por ejemplo, hubiera salvado la producción. A Savini casi todo el mundo lo recuerda por su papel en From Dusk Till Dawn y por algunas interpretaciones secundarias en clásicos del género como Creepshow 2, Dawn of the Dead, Planet Terror, entre otras. Actuaciones simples que rayan en la simpatía y son más bien homenajes que los directores le rinden al género al incluirlo en el reparto. Savini merece todos los aplausos, no por sus actuaciones sino por sus trabajos en el maquillaje y los efectos especiales. Él es la mente maestra tras los asesinatos en películas como Viernes 13 (1980), La masacre de Texas 2 (1986), Dawn of the Dead (1978), entre otros. Su imaginación a la hora de crear asesinatos sangrientos, absurdos y paródicos no necesita presentación. Es casi una bendición que se haya dedicado al negocio del cine y no al de ser un psicópata asesino.

Si Rob Zombi hubiera puesto en las manos de alguien como Savini al actor Tyler Mane, encargado de interpretar a Myers, hubiera creado literalmente a un monstruo. En primer lugar, no lo hubiera dejado despojar de su máscara y tampoco hubiera permitido que la expresión psicópata que alguien como él necesita dependiera de una barba poblada y una melena de motociclista vagabundo. Pero no, Rob Zombi hizo lo que le vino en gana con esta historia. El asesino que conocíamos, ese silencioso, omnipresente, implacable y despiadado asesino, es ahora un grandulón con complejos freudianos, alucinaciones mariquitas y traumas de infancia demasiado evidentes, que solo lucha por el propósito (un poco melodramático) de reunir a su familia, fin que justifica en últimas la escueta masacre que acomete. Las víctimas son finiquitadas sin astucia, con monotonía, sin ignominia y con desgana, como si el psicópata estuviera harto de su oficio, no lo disfrutara, es más, como si el psicópata quisiera dedicarse mejor a venderle helados a los niños. El momento más intenso de la película es al principio, donde sucede una clásica persecución del género: La inocente y ya bastante herida heroína debe escapar de un hospital en medio de una tormenta, en su camino encuentra los cadáveres que ha dejado Myers, cae a una fosa repleta de ellos, encuentra un buen samaritano que al intentar ayudarla recibe un hachazo en la espalda y en el momento de ser atrapada… simplemente despierta. Este clímax inicial resulta ser un sueño, un autogol de Zombi porque el clímax real no logra tanta tensión, ya está vinagrado por el drama familiar, el superego del doctor Loomis, que en esta versión es un alfeñique de poca monta (no el psiquiatra traumatizado y lisiado de los 70), y unas cuantas sesiones de psicoanálisis con una Lois Lane (Margot Kidder) cuyo rostro cartilaginoso por el terrible bótox es más aterrador que el del propio Myers.

Apenas un detalle incorporado por Zombi me parece nuevo para esta saga. En las anteriores entregas, Myers aparecía de la nada. Escapaba del hospital o de una ambulancia o de la cabaña del pescador que curó sus heridas y luego aparecía en el pueblo para hacer su debut de sangre. Rob Zombi en cambio lo deja ver caminando pacientemente desde los bosques remotos en los que se oculta, una peregrinación sosegada que en algo ayuda a tensionar la cuerda floja de la trama pero que finalmente no logra conjurar lo que todos esperábamos: ¡Ah, El horror! ¡El horror!

Ah, se me olvidaba. Al final la protagonista queda en el manicomio y el psicópata es acribillado a balazos.

El ataque del octavo pasajero

Posted: martes, enero 12, 2010 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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Si Sunshine (2007) llegó a la cartelera local fue invisible a pesar de su incendiario resplandor. Esta es la película que Danny Boyle hizo antes de la multipremiada Slumdog Millionarie y, sinceramente, hubiera sido mejor que la invisible fuera ésta, así se hubiera ganado el Oscar. Sunshine no recibió nominaciones al Oscar, ganó un premio técnico desconocido, el Saturn Award, y estuvo nominada a categorías de concursos que nadie conoce… en fin, esto es lo que menos importa, lo que más importa es que sea una película poderosa, oscura, brillante: capaz de despertar un terror pasivo que se encuba con lentitud y es tan abrasador como los lengüetazos del sol.


También importa la paranoia, la soledad de los astronautas en su misión suicida, el gran misterio de una nave que flota a la deriva durante siete años, como un barco fantasma; importa sobre todo el territorio salvaje en el que se desenvuelve toda la trama: las inmediaciones de Mercurio, los dominios del Sol, que son como las puertas del mismísimo infierno. Resulta tan  curioso que en ese infierno galáctico de radiaciones y tormentas de fuego, en el que una estrella agoniza, alguien haya encontrado a Dios y que esto sea suficiente para desatar una carnicería como las que a él tanto le gustan...


En el Icarus II, tras una leve imprecisión en los cálculos, los tripulantes empiezan a ser víctimas de una operación aritmética que en el cine posee bastante interés: la sustracción.  Muere Kaneda, muere Searle, muere Harvey y así, el resto de la tripulación va encontrando el gráfico final que a cada quien le corresponde: congelación, conflagración, apuñalamiento por la espalda, desintegración por frío espacial, autoinmolación por bien de la humanidad, etcétera, etcétera, etcétera.


Como ya se dijo que es una misión suicida la de Sunshine no tiene relevancia que esté contando parte del desenlace y tampoco la tiene que cuente lo que quería contar: al igual que en Aliens, a esta nave llega un octavo pasajero que viene a ser como un Robinson Crusoe del espacio pero malévolo, fanático y difuso. Con una fealdad y una crueldad y una sangre fría tan fuera de este mundo que ni las cámaras logran captarlo con nitidez, las cámaras que son los ojos de los personajes, que son los ojos de los espectadores, que son los ojos de sus víctimas, ojos que además se han ido calcinando poco a poco al ser partícipes de esa misión suicida que pretende devolverle la vida al sol, una estrella moribunda, para que la Tierra, un planeta moribundo, deje de pasar el frío que muy probablemente padecerá en un futuro lejano en el que por desgracia ya nadie recordará a Sunshine ni a Boyle ni a la ciencia ficción ni a los personajes que conforman esta historia –incluyendo la voz de la computadora que a mí me parece ideal como compañera romántica de HAL9000-. Un futuro distante, sí, en el que muchas buenas películas no serán más que referencias exóticas en algunas bases de datos, pero en el que por fortuna algunas malas películas las acompañarán en ese olvido de la historia, a no ser que una misión suicida pretenda rescatarlas de sus tinieblas y en este caso apoyaría a ese extraño que siempre encuentra la manera de invadir las naves para calmar su ferocidad anulando a cuentagotas a cada ser humano que se encuentra en el camino y aprovechando el inmenso potencial que el espacio exterior brinda a la hora de hacer morir a la gente de modos simplemente horrendos.


Por ese extraño de la nave o ese octavo pasajero es que vale la pena seguir viendo películas del espacio y eso es lo que en resumen quería decir.

Ávatar, el vórtice del cliché

Posted: jueves, enero 07, 2010 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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La nueva película de James Cameron ha barrido con la taquilla en cada país que se estrena. El director de Titanic ha logrado recaudar 352 millones de dólares en Estados Unidos y en menos de tres semanas, como lo registra blogdecine.com, ha recaudado más de mil millones de dólares en todo el mundo. Si el mensaje de la película fuera consecuente en ambos lados de la pantalla, ese dinero podría usarse para una buena causa como salvar el amazonas, desterrar el hambre en África o proteger la casita de los osos polares. En fin, ya sabrán los productores en qué invertirán su menuda y ojalá no sea en una secuela que arruine lo que Cameron ya logró en esta deslumbrante película que tiene embelesados a los espectadores del planeta tierra.

No es sólo la posibilidad de lucir unas gafas 3D la que está atrayendo a las masas a los teatros, es el buen mercadeo que se ha dado de la película como una idea innovadora y revolucionaria que parte en dos la historia del cine actual. Un hito que podría compararse con el logrado años atrás por George Lucas al crear la saga estelar de los Skywalker. Pero me parece que los paisajes, las criaturas y en general el mundo de Avatar no resultan tan novedosos como en su momento resultó la historia de innumerables aristas de La Guerra de las Galaxias. Para empezar, Avatar se ciñe al clásico esquema del elegido. Un hombre tocado por los dioses destinado a aprender, errar y reivindicarse liderando una causa perdida que sin embargo resulta victoriosa.  Y aunque el esquema funciona en muchos filmes, en este, el héroe carece de intensidad y no expresa una personalidad poderosa que logre mitificarlo como a un Han Solo del siglo XXI.

Por otro lado, la impactante raza de los Na’vi es bella en su diseño. Su estatura que triplica la de los seres humanos, su agilidad, su salvajismo, su hermandad con la naturaleza y sus destrezas en la caza y la guerra acaparan la atención y causan un asombro que se apaga pronto porque uno no deja de pensar en la semejanza de esa raza con las tribus africanas y americanas que encontraron los colonizadores europeos en sus viajes y saqueos, y aunque es una buena forma de transmitir un mensaje aleccionador, una moraleja si se quiere, también es una manera facilista de inflar un argumento porque esa rigurosidad técnica usada a la hora de rodar la película está ausente en el guión en el que resaltan bastantes clichés y una dosis innecesaria de gringadas: el erotismo que brota bajo la sombra mágica de un árbol o la música electrónica que suena en uno de los rituales de la película son solamente algunos ejemplos.

Dejando a un lado los lugares comunes tan abundantes en la película y lamentablemente  tan necesarios para convertirla en el monstruo de las taquillas que es, Avatar posee virtudes que la hacen valiosa pero no lo suficiente, pues estas virtudes son apenas mencionadas como algo más del decorado. El concepto de un mundo hiperconectado biológicamente es poderoso pero el tratamiento que se le da es poco más que pintoresco. Se nota una buena intención en el mensaje ecológico de la película pero tampoco se hace un énfasis que realmente lo convierta en un espejo de la crítica situación que vive hoy el planeta tierra, es más, por momentos aburre tanto paisajismo. El espectáculo del 3D le da una buena resolución a la imagen y acentúa los colores pero el lenguaje visual usado para transmitir la ilusión sigue siendo prosaico y no supera algunos logros de los filmes animados: la mayor recursividad en Avatar no va más allá de un objeto o un perfil humano que se interponen entre el público y la escena para transmitir una perspectiva tridimensional pobre. Las persecuciones aéreas y las caídas desde grandes alturas también conforman ese repertorio del 3D  pero no transmiten el vértigo que por ejemplo sí lograba transmitir Up de Pixar.

Al salir de la sala de cine hay un sentimiento de satisfacción, el espectáculo valió la pena pero pasan los días y persiste un sinsabor que cada vez se vuelve más agrio por nuevos detalles cazados en el aire: un día es la actuación sin esmero de los protagonistas, otro día es el doblaje sobreactuado de las copias para las salas 3D, al día siguiente resulta ser la innecesaria voz en off de un narrador que carece de cerebro… así es que va pasando el tiempo y aquellas películas que se proyectaban como sucesos ineludibles del cine van quedando atrás, a una distancia de años luz de las verdaderas obras maestras.

Por lo menos esta fiebre de Avatar revela los modos desmesurados en que se puede hacer cine cuando sobra el presupuesto, eso es una esperanza para que en futuros muy cercanos la ciencia y la tecnología se pongan al servicio de una buena historia.


En el siguiente video se pueden ver algunos detrás de cámaras de la película.

La última pieza de la colección

Posted: miércoles, agosto 12, 2009 by Godeloz in Etiquetas: , , ,
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La enfermedad persigue al talento. Con esta frase he intentado explicar durante mucho tiempo la razón que hace a los mejores artistas criaturas tan propensas a padecer los peores males: locura, fiebres, virus, compulsiones, síndromes indomables. Se arraiga tanto la enfermedad en ellos, que a veces termina siendo justamente el tema central de sus obras. Thomas Bernhard es un ejemplo entre los escritores pero entre los cineastas surge un caso digno de ubicarse en el ojo del huracán, es más, digno de cabalgar la ferocidad de los vientos que arremolinan en las taquillas del mundo millones y millones de dólares: Christopher Nolan.

El hombre tras la excelente adaptación de “The Dark Knight” ha dedicado gran parte de su obra a seguir los caminos que la enfermedad tiene trazados para sus personajes. Desde Following en 1998 hasta su particular visión de Batman, Nolan ha enfocado la fuerza de sus filmes en las diferentes y siempre muy interesantes facetas de lo enfermo.

Following cuenta la historia de un joven escritor obsesionado con perseguir a los diferentes personajes que encuentra en la calle hasta que decide seguir a un solo hombre, ser su sombra, casi su doble. Con esta ópera prima, en la que explora modos no convencionales de contar una historia, basando gran parte de su esfuerzo como creador en un montaje que juega con la línea de tiempo, Nolan traza el mapa de lo que serán sus obras posteriores y, por decirlo de algún modo, perfecciona su punto de vista hasta el grado de convertir su segunda película, Memento (2000), en un boom mundial que todavía hoy es fetiche de los cineclubes.

Como en Following, el núcleo de Memento es un personaje a quien la vida le da un vuelco debido a la enfermedad que padece. Su incapacidad para retener recuerdos es lo que motiva cada uno de los giros de la historia y esto es transmitido a la perfección por la estructura enrevesada e inicialmente confusa del guión. Nolan juega a los acertijos y el espectador debe seguirle el juego, de lo contrario quedará más que enredado en los múltiples hilos de la historia.

Su siguiente película, Insomnia (2002), no tuvo el éxito esperado. Quienes pagamos religiosamente el ticket del cinema esperando ver la octava maravilla salimos decepcionados. Ni siquiera el reparto estelar encabezado por Al Pacino, Robin Williams en el papel de malo y la entonces reciente ganadora de un Oscar, Hilary Swank, pudo lograr la mitad de lo que Nolan consiguió con Memento. Quizá el traspié fue causado porque, a diferencia de las dos películas anteriores, Insomnia no propuso una estructura distinta a la dictada por las cánones de Hollywood; o porque el tema de la enfermedad, el insomnio severo que padece el detective Will Dormer (Pacino), no contó con el encarnizamiento desmesurado con el que Nolan había tratado la amnesia de su personaje anterior. Pero de esta caída Nolan se elevó como un cohete cuando tuvo en sus manos la posibilidad de resucitar a un héroe cuyas últimas apariciones en la pantalla grande despedían el repelente olor de un cadáver: Batman.

La saga del superhéroe había renacido en los años 90 en el buen camino señalado por Tim Burton: un Batman oscuro y contradictorio que intentaba frenar el descarrilamiento hacia la perdición en el que estaba embarcada la pintoresca Ciudad Gótica. Michael Keaton encarnó a un hombre murciélago radical y temerario, Jack Nicholson se encargó de convertir al Guasón en el más entrañable de los villanos, después Michel Pfeiffer hizo de Gatúbela la meca de las poluciones nocturnas y Dany DeVito logró imprimir un carácter malévolo a la tierna figura de los pingüinos. La tercera y cuarta entrega de la saga ni siquiera merecen la pena de mencionarse, pues ambas fueron un tremendo fiasco que sepultó a Batman durante casi diez años.

Con el pésimo antecedente de Schumacher, Nolan no tenía otro camino que hacer borrón y cuenta nueva: reinició la saga y aprovechó para ser fiel a las extrañas patologías que parece coleccionar. En Batman Begins (2005), Christopher Nolan escudriña en el pánico. Hace de Bruce Wayne un individuo inestable que debe encontrar las raíces de sus miedos, o por lo menos, la forma efectiva de contrarrestarlos. En esta búsqueda cuenta cómo se forma el héroe vigilante, las peripecias y aventuras que debe experimentar antes de forrarse en cuero para saltar por las azoteas de una Ciudad Gótica menos pintoresca que la de Burton y por lo tanto más real, inquietantemente cercana.

En las manos de Nolan, la segunda entrega de la saga ha sido clasificada como obra maestra. Ninguna producción la ha podido destronar de la taquilla y, personalmente, pienso que bien merecido se lo tiene porque “The Dark Knight” (2008) es de esas películas que uno quisiera ver una y otra vez. Lástima que la anterior producción de este director no tuviera tanta publicidad como la que tiene su hombre murciélago. Hablo de The Prestige (2006), una película que perduró poco en nuestra insipiente cartelera local pero que a mi parecer también alcanza el nivel de obra maestra. Christian Bale deja su capa de Batman para ponerse la de mago y Hugh Jackman abandona sus garras de guepardo para lucir un sombrero de prestidigitador. Los magos, enfrentados, se obsesionan el uno con el otro y se las ingenian de modos macabros para sabotear los trucos que cada uno tiene bajo la manga. Alrededor de la obsesión y la venganza orbitan otros temas que Nolan ya había insinuado anteriormente, por ejemplo el tema del doble abordado de forma sutil en Following y de un modo más directo en The Prestige, que también propone al espectador un juego de acertijos y adivinanzas.

Persecución, amnesia, insomnio, pánico, venganza, obsesión… Nolan completa su colección de patologías con pura locura y pura maldad. En “The Dark Knight” deja a un lado al héroe para enfocarse en el villano. El terrible Guasón no tiene parangón en el cine; es la encarnación perfecta de la maldad sin razones, la maldad bromista y muy humana que podría brotar del mismo infierno. Heath Ledger logró gestos aterradores, tics contagiosos y, a pesar de su sadismo, frases contundentes que ganan un poco de simpatía y mencionan muchas verdades. Nolan se lleva todos los aplausos en su dirección impecable y comparte la mitad de los mismos en la construcción del guión, que escribió junto a su hermano Jonathan, con quien ha escrito también los guiones de The Prestige, Memento y Following, hasta la fecha sus mejores películas, cosa que pone en evidencia la genialidad de estos hermanos que decidieron ser perseguidores de la enfermedad en lugar de ser los tristemente perseguidos.

El gigante incómodo

Posted: miércoles, febrero 25, 2009 by Godeloz in
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Villoro dijo la dirección del hotel y parecía contando una historia fantástica: “Me encuentras en el hotel de la Pasión, en la calle Estanco del Tabaco”. Se despidió con un apretón de manos y yo pensando que me había tomado el pelo. Esa noche, en el hotel, comprobé que el lugar donde se alojaba el escritor existía y que además yo no disimulaba para nada mi ignorancia sobre las calles de Cartagena. Leí hasta altas horas de la noche y desperté temprano para buscar pacientemente el hotel. A tres personas interrogué y las tres señalaron direcciones distintas. Agradecí mi previsión de salir anticipado. Di varias vueltas en la ciudad amurallada pero no tantas como el dolor de estómago que me había provocado el desayuno. Sudaba a cántaros pero tenía frío. Pensé en descartar el encuentro y dedicarme a lo que en verdad quería en ese momento: pasar largas horas regocijando mi indigestión en un baño. Hasta que mi escrutinio tropezó con la X del mapa: Hotel la Passión, un discreto y elegante cartel ubicado en una casa esquinera que parecía de todo menos un hotel: búnker habanero, claustro de la nueva era, sede de una sociedad secreta o guarida de excéntricos… Las puertas de doble ala estaban cerradas, con púas en el primer escalón para evitar el sueño de los vagabundos. Sólo una de las puertas carecía de púas. Toqué el citófono una y otra vez. Mi dolor de estómago crecía. Nadie respondía. Sentía que mi espalda se transformaba en joroba para soportar el malestar. Entonces golpee la puerta con un puño furioso y un hombre delgado, alto, con acento de muchos mares, atendió mis llamados. Le dije quién me esperaba y me hizo esperar. El interior del hotel transmitía sosiego y me dejé invadir de una docilidad que calmó los agudos borborigmos que acuchillaban mis tripas. Villoro apareció a los pocos minutos. Apenas lo vi pensé que sí era verdad que me encontraba en un lugar que orbitaba un planeta distinto.

Sobre la altura de Juan Villoro muchos hacen bromas cuando lo ven por primera vez. Las fotos que aparecen en sus libros lo hacen ver como un hombre de estatura normal, incluso, como dirían en México, chaparro. Sin embargo, la realidad supera la ficción de esas imágenes: Villoro es alto con ganas; así que nunca escasean los comentarios sobre su inesperada estatura. “Lo bueno es que me salvo de un chiste porque hay un escritor mexicano que mide dos metros cinco, fue basquetbolista. Alejandro Sandoval, le dicen el alto vacío. Él me salva de los chistes porque los más fuertes sobre el más alto van para él. Es por escalas. Necesitamos un gigante que lo salve”.

Pasada la impresión de su porte alargado, otros rasgos de gigante pueden verse en el escritor mexicano. Por ejemplo los extensos brazos, los dedos de falanges prominentes, un calzado descomunal, pero, más que todo, una singular expresión que puede asociarse a la de los gigantes buenos de los cuentos infantiles: una especie de sonrisa permanente aflora entre su barba poblada y, al hablar, la energía de ese gesto -¿involuntario?- inunda las palabras, que además surgen cargadas de las dos principales características de la obra del autor: imaginación e inteligencia.

Es cada vez mayor la frecuencia con la que se escucha hablar de Villoro en el ámbito literario. No pasa mucho tiempo sin que un nuevo libro suyo aparezca e inicie un safari nada accidental a través de los distintos idiomas en los que se le traduce. Como narrador, Villoro muta su voz entre los distintos géneros pero esa voz que varía levemente de un cuento a una crónica, o de un ensayo a una novela, es sólo una, la voz de una prosa camaleónica y deslumbrante.

¿Cómo realiza cada transición cuando pasa de un género a otro?

Yo creo que tiene que ver con el temperamento, porque soy una persona bastante dispersa que tiene curiosidades distintas, necesito tensiones y estímulos diversos. Si alguien me pregunta en qué género te sientes más cómodo yo diría que en ninguno, por eso me interesan todos. Son desafíos totalmente contrarios y también complementarios. Durante un tiempo me dediqué más al cuento y posteriormente a la crónica. También hay temporadas en las que quizá he sentido más la necesidad de tener por ejemplo control de los materiales, que es algo que te exige mucho el cuento. El cuentista tiene que controlar cada uno de los detalles con los que está trabajando, en cambio el novelista se puede someter más a la divagación. Es un poco como un sonámbulo que avanza sin saber muy bien a dónde. Para mí, estas situaciones distintas estimulan reacciones diversas. Por ejemplo, cuando yo termino algún libro en un género, digamos de ensayo, me ayuda mucho pensar en términos de otro género para no repetir lo que he hecho, y si termino una novela me ayuda irme a un cuento infantil para entrar forzosamente en una realidad distinta y ponerme a prueba en otra situación. Ahora, esto son manías personales, pero lo único que hago es escribir prosa. Es como un sastre que está haciendo más o menos el mismo tipo de ropa en tallas distintas y para climas distintos, pero no creo que se requiera una versatilidad tan grande como la de las personas que por ejemplo combinan, como David Bowie, la actuación con la fotografía, la pintura con la composición y con cosas muy distintas.

Se habla mucho de un género híbrido que combina ensayo, novela, diarios de viaje ¿usted cree que este género está tomando mucha fuerza?

Me parece muy interesante que lo menciones porque a mí me interesa mucho escribir en distintos géneros pero me interesa mucho respetar las reglas de los géneros. Por eso los escribo, me gusta mucho la posibilidad de hacer una obra de teatro que sea teatro teatro, no que sea un ensayo dramatizado; o me interesa escribir una novela que sea novela novela, no que parezca una sucesión de cuentos. Entonces por momentos sí hay vasos comunicantes, por ejemplo en mi novela El Testigo hay momentos que se acercan mucho a la crónica porque tuve que hacer una especie de investigación de la realidad histórica del México de la guerra cristera y luego de la realidad contemporánea. Sí hay puntos de contacto. Cuando escribo una crónica, algo se cuela del ensayista que soy en las opiniones del cronista. Pero creo que es muy interesante mantener la fuerza de los géneros porque los géneros son restricciones que te ayudan a crear. Tienes ciertas reglas qué cumplir y para cumplir las reglas necesitas trucos y llegas por sorpresa a resultados que no tendrías si no tuvieras esas restricciones. A veces las reglas del periodismo tienen que ver con el espacio, por ejemplo cuántos caracteres tiene tu crónica o tu artículo y eso determina mucho cómo condensas la realidad. A mí me ha pasado que casi siempre me alargo cuando escribo una crónica y luego tengo que recortar para llegar a un número de caracteres adecuado. Nunca me ha pasado que la versión larga sea mejor que la corta. Siempre me quejo de tener que recortar pero al recortar mejoro entonces la pregunta es: cuando no tengo esta restricción de un jefe de redacción, cuando se trata por ejemplo de mi novela ¿cómo sé hasta dónde debo recortar? Si yo pudiera hablar con Dios le preguntaría cuántos caracteres tiene mi novela, pero eso definitivamente no es posible.

En El Testigo usted toca el tema del exilio, ¿cree que esta palabra sigue siendo casi que un sinónimo de Latinoamérica?

Yo creo que fue muy importante para todos los latinoamericanos. Yo estudié la carrera de sociología y tuve la suerte de que la mayoría de mis profesores fueran exiliados latinoamericanos, principalmente de Argentina, Uruguay y un poco de Perú. Después viví en Berlín Oriental y ahí me encontré con muchos exiliados argentinos, uruguayos, también había nicaragüenses, chilenos, bueno, gente que había ido a vivir a la ciudad o con becas y a mi todo esto me ha alimentado mucho, he estado muy cerca del exilio. Por otra parte el exilio español en México fue muy importante para mi familia, entonces la idea del exilio me parece, sí, muy significativa. Creo que El Testigo tiene que ver con esta circunstancia. México nunca fue un país de exiliados porque nosotros nunca tuvimos una dictadura real y tampoco tuvimos una democracia real, tuvimos esta mezcla extraña que fue el PRI, que duró 71 años en el poder, pero que no expulsaba a la gente a vivir en otros lados, entonces nuestra noción personal del exilio es más bien a través de los otros, a través de los latinoamericanos y los refugiados españoles. Yo creo que hoy en día por fortuna la situación de exilio ha amainado en América Latina, está por supuesto el caso cubano y siempre es un problema latente, pero ha amainado. Sin embargo la condición del exiliado es esencial a la naturaleza humana, es una posibilidad que puede ocurrir. Por eso quizá la primera gran historia es la de un exilio, que es la odisea, es un hombre que viaja si se quiere voluntariamente o siguiendo su destino durante más de 20 años por las islas hasta regresar a casa, entonces esta parábola del que se va y tiene que regresar está siempre en la mente de los hombres aunque no lo vivan en carne propia y es un poco lo que yo exploré en El Testigo porque mi personaje vive 24 años fuera de México y regresa a una país que ya no le pertenece, donde no puede ser protagonista y donde no puede ser testigo.

¿Pero también el exiliado que regresa es como esa persona que llega a remover y a sacar a los que se han refugiado en la impunidad?

Tenés razón, es como un catalizador. Porque el que viene de fuera se convierte en una persona extraña que pone a prueba a los demás, por un lado se convierte en alguien en quien confía mucho la gente, porque él no tiene un pasado, ni tiene vínculos que lo aten mucho, entonces es alguien que puede entender lo que le dicen pero al mismo tiempo no está comprometido con un grupo, con una causa o con una situación. Y por otra parte es también alguien que remueve y pone a prueba lo que están haciendo los demás. Porque tú dices: “Él se fue, durante 24 años no estuvo aquí, ¿qué hecho yo mientras tanto para acreditarme ante él, para justificar que valió la pena quedarme? Un exiliado que regresa pone a prueba a los que se quedaron.

En varios de sus cuentos los personajes son futbolistas. Hábleme del futbolista como personaje literario.

Soy un gran aficionado y soy un futbolista frustrado. Jugué en el equipo pumas, en las fuerzas inferiores hasta juvenil doble A. me probé en la reserva especial y no tuve facultades para seguir adelante. Me apasiona el juego pero como escritor he tratado de adentrarme en la condición secreta de las escenas públicas. Cuando un futbolista está en el estadio o en una cancha cualquiera y anota un gol o anota un autogol, parecería que está ante el triunfo o ante la tragedia y sin embargo ese gol a favor o en contra puede ser algo que tenga un historia privada, que afecte su vida, que afecte su relación con los demás, incluso que está provocado por eso. Un portero al que lo acaba de dejar su mujer a lo mejor ese va a ser el peor partido de su vida o a lo mejor justamente va a ser un acicate para que sea el mejor. Hay algo de vida interior en estas escenas que parecen exclusivamente atléticas. Yo creo que el deporte es también una condición mental no sólo para quienes lo practican sino también para quienes lo ven, porque nosotros vamos al estadio a cumplir revanchas, anhelos, ilusiones que no necesariamente tienen que ver con el juego, que tienen que ver con la forma en que nos sentimos: las frustraciones, nuestros malestares, nuestros desahogos, entonces todo esto cristaliza de manera muy dramática en el fútbol. Yo he escrito muchas crónicas porque creo que la crónica es el mejor género para acercarse al fútbol porque el fútbol ya llega muy narrado: llega con apodos, con leyendas, con mitografías, con historias que todos los aficionados conocen. La crónica es la oportunidad de estructurar todo eso y de darle una consistencia literaria. Es difícil hacer una gran novela de futbol precisamente por esto, porque ya está muy codificado y a pesar de que hay tanta afición por el futbol, o por eso mismo, resultaría muy difícil crear un mundo a partir del fútbol que es lo que tiene que hacer un novelista. En cambio el cuento te permite entrar en secretos marginales: de pronto una historia triste, una pequeña traición, un enigma…

En Los Culpables hay precisamente un personaje que es un futbolista. ¿Cómo nacieron estos cuentos con personajes que parecen tan relacionados, que tienen tantas cosas en común?

Son siete cuentos en primera persona. A mí me interesaba explorar las posibilidades naturales de la voz. No son cuentos en lenguaje coloquial pero son cuentos escritos como si naturalmente se llegara a esta formulación, es una exploración de las posibilidades del habla. Ninguno de los personajes es un narrador profesional y el que quiso serlo fracasó. Uno es un limpia ventanas, otro es un ejecutivo que se la pasa perdiendo aviones, otro es un futbolista, otro es un mariachi célebre pero que se siente fracasado. Entonces son personajes que no están acostumbrados a contar y que por accidente, al desahogarse, al querer justificarse, dan con una fórmula narrativa. A mí me ha interesado mucho. Cuando estoy en algún lugar y escucho en la mesa de al lado en una cantina o en el asiento de atrás de un autobús, que alguien está contando una historia y no sabe que eso es una muy buena historia, que está contando algo con un planteamiento, con un conflicto, con un desenlace sorprendente y cuenta con una naturalidad increíble, con cierto desorden. Por eso los narradores de Los Culpables son vanguardistas accidentales porque empiezan a contar por un lado, se acuerdan de otra cosa, regresan y van contando con el desorden propio del que no está tratando de contar una historia sino de desahogarse y, sin embargo, eso, al modo de un caleidoscopio, integra una historia que puede ser interesante para el lector y sobre todo que el lector entiende antes que los relatores porque ninguno de ellos sabe que está contando una historia propiamente. Cuando ellos quieren quedar bien en realidad están haciendo el ridículo, cuando se quieren justificar en realidad no les creemos, era un juego que me interesaba.

Hablando de lecturas…

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de un libro?

El Capitán Hatteras de Julio Verne, su viaje al polo norte me cautivó muchísimo. No me identifiqué con él porque era una epopeya extrema y era difícil asociarme con ella pero fue el primer libro que leí con gusto.

El último autor que lo ha asombrado

Me gustó mucho Benjamin Black que es el seudónimo que utiliza John Bamville para escribir novelas policiacas. Como tantos escritores, a pesar de ser muy conocido, tenía pocos lectores. Aceptó escribir varias novelas policiacas y se creó un seudónimo que es muy distinto a él: es un hombre impaciente, es un patólogo, un médico forense, alcohólico, que se ubica en la Irlanda de los años 50 llena de prejuicios religiosos, morales y de clase. Escribió una serie de novelas extraordinarias. Lo que me sorprende mucho de este autor es que curiosamente ya me había sorprendido pero como otro autor. Me había sorprendido como John Bamville y ahora me sorprende como Benjamin Black.

¿Cuál es la joya de la corona de su biblioteca?

Por una razón sentimental Rayuela de Julio Cortázar, porque me lo regaló un amigo muy querido que murió en el terremoto del 85. Él era médico, murió haciendo guardia en el Hospital General a las seis de la mañana. Yo quise estudiar medicina y él quiso estudiar literatura, decidimos prácticamente, en un pacto de hermanos, que el siguiera una carrera y yo siguiera otra y que nos íbamos a estar comunicando siempre, pero desgraciadamente él murió en el terremoto del 85. Me escribió en este libro una dedicatoria tan larga como uno de los capítulos prescindibles que incluye Cortázar al final de la novela, entonces para mí es como un tesoro sentimental. Además tiene el porte de una caja negra, como la caja negra de los aviones que tienen las últimas palabras así que son las últimas palabras de mi gran amigo Javier Cara.

¿Qué libro le regalaría a un niño?

La peor señora del mundo de Francisco Hinojosa, un gran escritor mexicano, está publicado en el Fondo de Cultura Económica, es un libro maravilloso.

¿A cual autor le gusta releer?

Borges inevitablemente

¿De cuáles libros ha bebido más para confeccionar su obra?

Un autor al que vuelvo incesantemente como una especie de música que necesito para entrar en forma y que siempre me estimula y no falla es Juan Carlos Onetti.

Los autores decisivos…

Hay sacudidas fundamentales, el primero fue José Agustín que es un escritor que escribió De Perfil, una novela sobre adolescentes en la ciudad de México. Yo la leí siendo un adolescente y me marcó mucho porque me identifiqué plenamente con ella. Luego el descubrimiento de Borges, Cortázar... Fue esencial para mí la literatura argentina la literatura norteamericana ha sido muy importante con Faulkner, Carver… y luego traduje a un escritor alemán del siglo XVIII, Lichtenberg, un físico que descubrió la electricidad positiva y la electricidad negativa y no lo pudo probar y sugirió que se le pusiera el signo de más y menos. Fue maestro de Alejandro Volta. Entonces la idea de estos signos que vemos en nuestras pilas la tuvo este gran inventor de chispas, no sólo chispas físicas sino chispas mentales. Tiene un gran sentido del humor, una gran ironía y tiene una imaginación muy dispersa con la que yo me identifico.

¿Qué bibliotecas lo han sorprendido en las ciudades que visitó?

A mí me gustó mucho la biblioteca Miguel Cané donde trabajó Borges en Buenos Aires por razones curiosas: sabemos que Borges escribió mucho de bibliotecas, los libros fueron el hecho esencial de su vida y uno se imagina una biblioteca donde él haya trabajado como una cosa laberíntica-gigantesca-infinita y esta es una biblioteca de barrio. Antes fue un cine y la oficina de Borges estaba atrás donde era la sala de proyección. Todavía se conserva esa oficina y es una biblioteca muy precaria, muy pequeña y para mí fue una lección extraordinaria de cómo en una biblioteca tan modesta puedes imaginar todo el universo de los libros.

La inmortalidad es una enfermedad miserable

Posted: jueves, diciembre 11, 2008 by Godeloz in
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(un regreso con Robots... en la banda sonora)

En menos de cien días he decidido que prefiero a los hombres lobo por encima de los zombis, y a éstos por encima de los vampiros, a quienes les tengo más bien lástima. Desde Drácula supe que ser el amo de la noche significa ser perseguido, acorralado, estar siempre hambriento y que cada año de vida significa siglos de deterioro y toneladas de polvo en las venas. Ser un vampiro es envejecer a un ritmo menos acelerado que el mundo y los demás, y no conozco un modo más miserable de ser derrotado: la piel pegada de los huesos sin músculos de por medio. La dependencia de convertirse en humo o en murciélago para desplazarse por los corredores del castillo o para perpetrar las habitaciones del alimento. La voz carrasposa de tenor alcoholizado. El hipnotismo como único chance de ligarse a una chica… todas las ventajas que el cine y la literatura hacen parecer atributos asombrosos no son más que síntomas de decrepitud y decadencia que con el tiempo no pueden camuflarse ni en la palidez glamurosa ni en el smoking recién planchado ni en una capa para hacerse invisible.

Esa clase de inmortalidad es insufrible, detestable y me aterra. En cambio, un hombre lobo, llamado en inglés werewolf, dicho de una forma elegante Licántropo, es una criatura fascinante. Como el vampirismo, la licantropía es una enfermedad contagiosa transmitida por alguna bestia que vagabundea por la noche despachando mordiscos a quien se le atraviese y de una manera tan abrupta que la mayoría de las veces las víctimas no quedan contagiadas sino desmembradas en detalle. Pasa la noche y el hombre lobo despierta, se viste para ir a la oficina y no se ha dado cuenta de nada. Lo presiente, sí, por una naturaleza salvaje que se apodera de él, por una vitalidad primaria que le ha cambiado el semblante durante los últimos días, que lo ha hecho migrar del pobre ser humano acomplejado y cargado de fracasos que le teme al jefe, al macho alfa sin represiones que empieza a acaparar a todas las chicas, haciéndolas aullar cuando no hay luna llena y puede salir de juerga, lo presiente pero no hay ni un asomo de culpa.

Ni en cine ni en libros he visto a un licántropo envejecer. La mayoría muere en su ley: los cazan, los abalean o los decapitan. Pero algunos se salen con la suya. Jack Nicholson por ejemplo, que se muda al bosque a esperar a su dama; o Romasanta, que es perdonado hasta por la Reina de España, pues qué amenaza puede representar para el mundo un gentil licántropo que hace jabones. Si no hubiera muerto por razones desconocidas en su celda, este Romasanta habría regresado a su hábitat natural en lo que hubiera sido tal vez la primera liberación de fauna silvestre de la historia.

¡Cómo me gustaría despertar una mañana convertido en licántropo! Quitando los problemas inherentes a la condición, como ese asunto de tener que comerse a todo el mundo a deshoras, o esa otra cuestión de ser alérgico a la plata, ser un hombre lobo podría resultar satisfactorio, pues esa comunión con el origen salvaje de los seres vivos, esa rebeldía imparable, borraría de un soplo el miedo, la incertidumbre y la obsolescencia que se va instalando como Pedro por su casa en la vida.

Hasta zombi por un día me gustaría ser. Estoy seguro que muchas revistas comprarían la historia. Describir la dificultad de salir de una tumba es ya de por sí un gran reto para cualquier periodista de inmersión. Además, los zombis, a pesar de su mal olor y su aspecto desaliñado, son envidiables pues ya se murieron y siguen saliéndose con la suya: son numerosos, contagiosos, no carecen de sentido del humor y si les viene en gana pueden convertir una pequeña convención de muertos vivientes en todo un apocalipsis. En una de estas me da por pensar que el miedo a morir es realmente el miedo a no regresar para cobrar venganza. Se me hace agua la boca si el día de mi muerte soy capaz de cumplir mi promesa de jalarle los pies a mi hermana. Tan sólo con eso aceptaría después desaparecer para siempre.

No quisiera padecer esa inmortalidad agónica de los vampiros, con la que llevo conviviendo de cerca hace más de cien días. Mi abuelo de 98 años dice que no se muere porque lo están haciendo pagar en vida las batallas que ganó cuando era joven. Dice que ve en las noches -aunque hace más de nueve años que no puede ver- las sombras de los liberales que mutiló en los enfrentamientos a machete. Lo asedian, le murmuran, lo señalan, no lo dejan dormir, y así y todo su cuerpo sigue resistiendo. La piel y los huesos ya no tienen carne de por medio y hasta hace unos cien días podía caminar de su habitación oscura hasta el balcón para tomar el sol, y podía tender la cama, elegir la ropa del día, abrir y cerrar la puerta del baño, subir y bajar su cremallera. Todo a ciegas y en silencio, pero de una forma trágica, porque esa muerte que espera no se digna a pasar por mi casa. Hace cerca de cien días mi abuelo cayó derrotado. Lo encontramos desnudo en el baño esperando ayuda para levantarse. Desde entonces no es capaz de sostenerse más. Estuvo en el hospital un tiempo y ni siquiera allá la muerte fue a visitarlo. Se llevó a los desahuciados de al lado y a él si mucho lo miró por encima del hombro. Mi abuelo no se muere, y sufre, y yo creo que ya es hora de que al menos pueda salir de su cuarto, veloz en cuatro patas y transformado en el joven licántropo que fue siempre para que en nombre de todos se desquite de quien le ha estado haciendo esto por tanto tiempo.

Tan real como un huevo que se rompe

Posted: lunes, julio 14, 2008 by Godeloz in
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“La diferencia entre la ficción y la realidad es la impuntualidad de los héroes”
Anónimo

(Lobo y Sirena protagonizan el cuento que The Presets canta como Banda Sonora)

La intención de hacer ficción esconde en el fondo el impulso kamikaze de borrar los linderos que dividen lo real de lo imaginario. De esta reflexión se han ocupado muchas mentes que han llegado a conclusiones más certeras y por muy diversos caminos, en igual o mayor medida que los modos de hacer ficción con los que cuenta el mundo. Uno de ellos es el de quienes intentan convertir la dimensión paralela que han creado en una tan verosímil y natural, que termine siendo plausible a la luz de las reglas, normas y convenciones entre las que se circunscribe la triste vida de los seres humanos.

Es paradójico que sea lo más frecuente el que esa misma triste vida sea la que termina rechazando las diferentes formas de lo real que proponen algunas obras. Soy de los que considera posible cualquier combinación de leyes naturales que gobiernen los giros de una historia. Que un hombre se transforme en un monstruoso insecto o sea reducido al tamaño de un turpial para cantar todas las noches en el umbral de un sexo femenino no es más asombroso que una caminata en el abismo espacial o la truculenta cena en la que un pene es el plato principal compartido simultáneamente por el caníbal obseso y el mutilado desangrándose. Citando las locas aventuras de un Mesías, quien entre estos ejemplos se considere capaz de señalar sin que le tiemble la mano aquellos fantásticos y aquellos netamente verídicos que tire la primera piedra.

Personalmente, preferiría saber que en algún lugar de Arabia una princesa desnuda se masturba con el hombrecillo de la jaula a imaginar al hombre de aspecto viscoso que se pudre en la cárcel mientras terceros amasan fortuna con los derechos de su anécdota macabra.

Crecemos pensando que de un momento a otro merecemos el final esperado de la felicidad eterna y quienes se toman la molestia de hacer notar que realmente el vivir felices para siempre es una farsa con buen marketing corren el riesgo de convertirse en parias.

Hace poco tiempo vi la nueva versión de Funny Games, película de Michael Hanneke reencauchada por él mismo. Mala cosa fue haberla visto un domingo, pues se terminó arruinando mi capacidad para conciliar el sueño plácidamente antes de rematar la vuelta en círculo que cada semana nos deposita en los lunes horrendos. Me removí en la cama hasta la madrugada y a la vez la historia de la película se removió en mi cabeza como un huésped indeseable. Este insomnio temporal fue el reflejo del estado en el que quedaron mis emociones cuando la película terminó y aparecieron los créditos. Durante los 120 minutos de duración de Funny Games el giro esperado, el convencional, no logró concretarse. ¿Yde dónde provino mi incomodidad si esto es tan normal en el cine independiente, en los cineastas europeos y en las historias donde nadie tiene superpoderes? Al fin y al cabo, todo lo que estamos viendo en la pantalla carece de sustento en la vida real y por ello es tan grato que todas las licencias sean concedidas. Así como a nadie escandaliza que la reina de Inglaterra olvide su pudor a la hora de otorgar al 007 una licencia para matar, los inusuales psicópatas de Funny Games no deberían causar ningún tipo de escozor cuando descargan los perdigones de una escopeta en la espalda de un niño; acuchillan y ejecutan al padre herido y finalmente arrojan al agua a una madre que lo ha visto todo sin cesar en sus intentos por librarse de las sogas que la atan de pies y manos. Hasta el último minuto esperé que la hermosa Naomi Watts se convirtiera en la superviviente que sale nadando de las frías aguas para hacer justicia. Pero el momento no llegó y el único resultado que pude obtener fue una historia de dolor a punto de empezar para una nueva familia.

Mientras el velero surca el lago hasta el próximo puerto, los jóvenes asesinos, quienes no dejan adivinar las razones de sus respectivos trastornos, hablan sobre esa diferencia entre la realidad y la ficción. El más inteligente de los dos es el responsable de la conclusión que más causa escalofrío. Lo que sucede en la pantalla es ficción, pero, si lo estamos viendo, es tan real como los huevos que se quiebran al caer al piso.

Muchos críticos de la película con una triste vida igual a la de cualquier ser humano convirtieron a Hanneke en un paria diciendo simplemente que se lavó las manos puntualizando el carácter ficticio, “netamente lúdico”, de su obra. ¡Al contrario! Pienso que Funny Games dice sin tapujos que lo vilmente mostrado está sucediéndole exactamente ahora a un vecino y que, de hecho, nada cuanto hagamos podría impedirlo pues para alguien siempre será demasiado tarde.

Para nada es una novedad que la atrocidad se traslade a las expresiones artísticas. La novedad consistiría en que esa intención de conjurar lo atroz sea eficaz en este mundo que llamamos tangible; que los héroes lleguen en el momento justo y quienes han sufrido siempre alcancen la gracia que merecen. Cuando alguien me pregunte “¿para qué sirve la ficción?” ahora ya sé qué responderé: la ficción sirve para que ganen los buenos.

(Este fábula de Mogwai es ideal para acompañar este post y desconectarse de lo siniestro)




La prehistoria de los Jedi

Posted: lunes, junio 16, 2008 by Godeloz in
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(She came from planet claire? Es probable, por lo menos escuche la banda sonora a cargo de B52)

Los que se preguntaban por el origen de la fuerza que convertía a los caballeros más ilustres de la galaxia en los más poderosos y místicos, pueden aventurarse a encontrar una posible respuesta en la última entrega de Indiana Jones. En el tiempo, las dos aventuras son muy lejanas. Indiana se tambalea en el borde de su senilidad en plenos años 50 de la guerra fría y los caballeros Jedi conquistan el Universo a muchos años luz de distancia en plena guerra planetaria, pero si al cine pudiera hallársele el ADN, estoy seguro que tanto Indiana como la estirpe de los Skywalker comparten genes en esa doble hélice de celuloide y no sólo es porque los dólares que se desembolsaron para la creación de ambas sagas hubiesen salido del mismo pantalón. Para nada es atrevido asegurar que el Reino de la Calavera de Cristal es un antecedente primitivo de La estrella de la muerte.

Un buen guionista tendría en sus manos el santo grial más taquillero de la historia si tan sólo ideara un salto entre las dos dimensiones que pudiera digerirse tan fácil como unas crocantes palomitas. Algunos lo han intentado con sagas que despiertan menos sentimientos pero que compensan con una buena dosis de vísceras. Alien y Depredador compartieron plató en el planeta tierra cansados de no escuchar los gritos de horror en el espacio, y Freddy Krueguer se fugó del ostracismo buscando la ayuda del anómalo slasher Jason para saciar su sed de sangre adolescente tan típica de los años ochenta, una bizarra década en la que morir o ver el fracaso de una última secuela era garantía de una publicitada resurrección en la no menos bizarra época del siglo XXI.

En el simple ejercicio de imaginar las escenas sería posible convertirse en un dios precursor de íconos cinematográficos y ser adorado por los próximos 100 años. Así como Spielberg se erigió en dios con su bicicletita voladora, yo podría bañarme de divinidad si consiguiera enfrentar en un duelo el látigo del arqueólogo más valiente del mundo con la espada láser de Darth Vader, o si llevara a una pandilla de gremlins de vacaciones a la playa para que fueran devorados por un voraz escualo. ¡Cuánto lamenté que la pareja de Freddy no hubiese sido el joven manos de tijeras! ¿Acaso no puedo soñar todavía con ver en una misma película la cara golpeada de Rocky a manos de un mercenario llamado Rambo o, mejor aún (para no perturbar el sueño eterno de Sillvester), soñar con disfrutar de una historia en la que el pusilánime C3PO –léase citripio- sea enviado al pasado para proteger a un adolescente que huye de Terminator?

Spielberg, en su madurez, se está dedicando a cumplir sin saber estos sueños. La cuarta aventura de Indiana Jones es el ábrete sésamo para este mundo de maravillas. En sus nuevas andanzas, el profesor Henry Jones Junior bajo su sombrero, se convierte en el auriga encargado de pilotear lo que buenamente serían los últimos minutos de vida del director Hollywoodense, ese momento en el que supuestamente casi todo pasa inalcanzable frente a los ojos. Si un acosador de los que violan cerraduras se preguntara qué carajos verá Spielberg antes de caminar por el valle de la muerte, no tendría que invertir su tiempo ni arriesgar su pellejo ni jugarse su libertad condicional merodeando una mansión de Malibú, el costo para saberlo solo sería el de un ticket del cine: allí adivinaría bajo la punta de un iceberg la mejor retrospectiva.

A Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal hay que verla como la fenomenal aventura de la que se trata. Sí, aunque el héroe esté pasado de años y aunque la chica ya no despierte las mismas pasiones que despertó cuando era toda una cazadora de arcas perdidas en la primera y aunque el final sea el menos verosímil: el matrimonio.

La película permite la pequeña licencia a quienes la observen con calma de considerarla un popurrí de anteriores obras cinematográficas.

Quienes no la han visto no deben creer en este punto que a Indiana Jones le encomiendan rescatar la calavera de cristal de las profundísimas entrañas de un parque jurásico ni que para descubrir su tesoro debe unirse a la tropa que rescató al soldado Ryan. Bastante demoró el matrimonio Lucas-Spielberg en elegir un argumento que se ajustara a su alta costura como para que hubiesen optado por un tejido de peripecias baratas.

Entre las persecuciones, trampas, traiciones, tiroteos, peleas a puño limpio y clases en la Universidad, Indiana tropieza con un misterio que lo había obsesionado en la juventud y que involucra al área 51, explosiones nucleares, civilizaciones perdidas en la jungla –cómo no-, acertijos indescifrables, esqueletos sobrenaturales, pirámides de piedra, hormigas asesinas, encuentros cercanos del tercer tipo, arenas movedizas, perritos de la pradera, un doble de Tarzán con chaqueta de cuero y platillos voladores. Si los fanáticos de Romero demandan de esta torta una tajada, se pueden dar por bien servidos, pues cortas imágenes de una secuencia hacen pensar en una noche Inca de muertos vivientes.

Por eso digo que de esta orgía pueden esperarse resultados que causen espasmos como el cuerpo de la princesa Leia. Un arqueólogo del séptimo arte excavaría hasta encontrar por ejemplo un eslabón perdido de la genealogía Skywalker. Que el carácter de la archivillana aficionada a los sables Cate Blanchet esté emparentado con lo paranormal, y que su cuerpo además tenga un aspecto de androide enfundado en estrecho-sexy-uniforme militar sugiere lejanamente a la primera tatarabuela Jedi que se hubiera dejado seducir por el lado oscuro.

En un mundo real tendrán que pasar cientos de miles de años para saber a ciencia cierta si el camino que tomará la línea evolutiva del profesor Jones desembocará en espadachines galácticos con poderes mentales. Pero en la dimensión desconocida de Hollywood la espera tal vez se prolongue hasta que, en la próxima huelga, un azar cambie en la mente de un guionista el paisaje amazónico por el entorno cósmico.

Libros de Utilería

Posted: viernes, mayo 23, 2008 by Godeloz in
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(Una canción de Mirways tan imprescindible como irrelevante para esta entrada)

No puedo describir el sentimiento que me produce ver aparecer un libro o una biblioteca en una película. Empiezo deseando que algún movimiento de cámara me revele el título o el autor del libro, y termino esperando que por lo menos el guionista haya planeado una secuencia en que sus personajes lean un fragmento del libro que llevan en las manos.

Algunas cortas escenas me han premiado. Algunas imágenes se han quedado en mi memoria para siempre.

Recuerdo por ejemplo a ese niño de “La historia sin fin” que roba con impunidad un misterioso libro y falta a clase para leerlo sin parar, oculto en la buhardilla de su escuela. Sebastian fue el primer lector empedernido que conocí en el cine, el primero que vi abstraerse en una historia y llevar su imaginación más allá de cualquier frontera, liberarse a través de la lectura.

De verdad que la lectura es como el fuego que robó Prometeo para iluminar a los seres humanos, un fuego que rompe cadenas. Lo entendí cuando leí Frankestein. El monstruo que encontré en el libro de Mary Shelley era muy distinto del que había visto en la película de James Whale: no tenía ni un pelo de bestial. No diría que era un monstruo con alma, diría que era un monstruo con pensamiento –que a fin de cuentas viene a ser lo mismo-, capaz de leer y de amar los libros. Por eso, veo a Robert De Niro como un Frankestein más grandioso que Boris Karlof -tan torpe, tan iletrado-. A pesar de su figura monstruosa, conmueve en la escena en la que, refugiado en un húmedo establo, aprende a leer observando a través de una grieta cómo una madre enseña a su hija a juntar las letras para pronunciar palabras. Al aprender a leer, ese monstruo ya no lo era tanto. Es el mismo efecto que causa William Hurt tras la piel de “El hombre elefante”. Detrás del cráneo deforme y el descomunal tamaño de los tumores que bombardeaban su cuerpo, John Merrick era un hombre sabio, cortés, leído. La escena en la que una hermosa actriz de teatro le obsequia “Romeo y Julieta” es uno de los mejores descubrimientos del amor que he visto en el cine. Merrick jamás conocerá en carne propia la fiebre contagiada por un beso, pero sí la pasión de ese beso contagiada por la lectura.

En todas las bibliotecas debería existir un espacio en la colección reservado para todos los libros que han aparecido en el cine. En esta colección estarían por supuesto los libros del Marqués de Sade, pero especialmente una narración fiel de la escena de “Letras Prohibidas”, película protagonizada por Geofrey Rush y Kate Winslet, en la que el amante furtivo de una joven y bella mujer, condenada a casarse con un hombre viejo y frustrado, le pregunta, impresionado por la lujuria que acaba de conocer, donde aprendió a amar de esa forma, recibiendo una respuesta naturalmente lasciva: “Todo lo que sé, lo he aprendido en los libros”, frase que además llena de curiosidad a los espectadores que ya quisieran encontrarse con lectoras de ese tipo y, por encima de cualquier cosa, con esos libros de Sade que a lo largo del film hicieron sonrojar, sonreír y arder a quién los leía.

Habría que pensar un nombre que realmente estuviera a la altura de una colección de libros semejante. Porque allí estarían incluso los libros que jamás existieron. Como el diario que el padre de Indiana Jones escribió para que su hijo pudiera caminar sobre puentes invisibles y así hallar el escondite del santo grial, o ese pequeño volumen que Buster Keaton devora en Sherlock Jr. para convertirse en buen detective.

Lógicamente, harían parte de mi biblioteca todos esos libros sin nombre que han aparecido rellenando escenas como simples objetos de utilería que sin embargo despiertan una curiosidad morbosa. Hablo del manojo de libros que los encantadores asesinos de Hitchcock, en “La Soga”, entregan a James Stewart atados con la soga que minutos antes sirvió para estrangular a un hombre; o de la biblioteca carcelaria que Tim Robins construye en Sueños de Fuga, como si hubiera decidido adelantar un escape figurado antes que el verdadero; o de las revistas extrañas que Edward Norton lee con su lunático alter ego imaginario encarnado por Brad Pitt en “El Club de la Pelea"; o del libro que Johnny Depp busca desesperadamente para abrir las puertas del infierno en esa película menospreciada de Roman Polanski; y por encima de todo, hablo de la increíble biblioteca familiar, devorada letra por letra, por el pequeño jovencito de “Una serie de eventos desafortunados”, quien, dicho sea de paso, aprovecha todos los conocimientos adquiridos para escapar de peligros dramáticos.

Por lo que se ve, esta biblioteca estaría muy alejada de cualquier clase de convenciones. Si estuviera en mis manos construirla, la haría a la manera de Fahrenheit 451, la película de Truffaut basada en la novela de Ray Bradbury en la que los clásicos de la literatura universal permanecen depositados en escondites insólitos –un tocadiscos o una mesita de noche con doble fondo-, pues el escuadrón de bomberos los busca para incinerarlos y de paso cada página impresa, razón por la cual existe en este mundo inconcebible una sociedad secreta cuyos miembros deben memorizar una obra íntegra porque la memoria es un lugar que no puede ser alcanzado por las llamas.

Secuencia incendiaria de Farenheit 451



Se me ocurren algunos libros que merecen hacer parte de esta utopía: encabeza la lista “París era una fiesta”, de Hemingway, no sólo por ser el libro que Nicolás Cage elige para enamorar a la princesa de las comedias románticas, Meg Ryan, en “City of Angels”, sino porque realmente es una joya asociada de esta forma a las fascinantes películas de Wenders, en las que ángeles a blanco y negro no sólo se la pasan husmeando en las librerías sino que deciden caerse del cielo por haberse enamorado de locas trapecistas. Siguen en orden de importancia dos textos que aparecen en una misma película: "La vida de los otros". El primero es de Bertolt Brecht y fue el encargado de ablandar el corazón del psicorígido agente de la Stassi y el segundo pertenece a la categoría de los libros imaginarios, pues se trata de esa “Balada de los hombres buenos” que escribe el protagonista de este magnífico film para agradecer el acto desinteresado de su salvador.

Ahora que lo pienso, también me gusta imaginar que los lectores de esta biblioteca poco convencional serán en igual o mayor medida poco convencionales. Serían semejantes a Morgan Freeman en su papel de detective erudito que para resolver los crímenes de Seven busca pistas en las páginas de Dante Alighieri y en las del “Paraíso Perdido” de Milton, y lo hace a una hora perfecta para los lectores: la medianoche. Aunque esos lectores bien podrían parecerse mucho a los hermanos gemelos de “Adaptation”: pasando largas noches intentando descifrar la forma de llevar a la pantalla el perfil que Susan Orlean escribió sobre un ladrón de orquídeas; o, por qué no, escribiendo guiones abstractos sobre otros libros encontrados por azar en esta biblioteca de películas. Sinceramente esperaría mucho de una adaptación de Paracelso, que bastante se ha visto en las versiones del Frankenstein antes mencionado, o del poeta demoníaco William Blake. Claro que, en este caso, ya se les habría adelantado Jim Jarmush con Dead Man. Hay en esta película un personaje que me gustaría contratar como bibliotecario: el indio que acompañaba a Johnny Depp por los caminos plagados de excesos del lejano y salvaje oeste, creyendo tal vez que ese William Blake herido de muerte por un balazo era el mismo cuyas obras había leído cuando era un chico nativo norteamericano educándose en Londres. Sin duda, este cherokee delirante, que solo sabía hablar con versos de Blake, recibiría a los lectores de esta biblioteca diciéndoles que “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”, lo más lógico que se me ocurre en este caso.

Todas las bibliotecas son infinitas, y si pretendiera de verdad hacer esta de la que vengo hablando, no terminaría ni en los 113 años que lleva precisamente de historia el cine. Tendría que tener en cuenta todos los libros que han servido para darle color a una escenografía. Ya tendría bastante si mi tarea solo consistiera en nombrar todos los libros parapetados en el apartamento del simpático amante francés de “Infidelidad" o los que la librería Shakespeare & Co. exhibía el día en que Richard Linklater decidió rodar las escenas de “Before of sunset” y que le daban un carácter quimérico al amor tardío entre Ethan Hawke y Julie Delpy. Pero no podría perdonármelo si excluyo de esta envidiable biblioteca tres libros fundamentales en la historia del cine, o por lo menos en la historia de la utilería: esa edición de Sexus que Juliet Lewis recibe por un admirador anónimo quien no es otro que el asesino psicópata que busca acabar con la vida de su padre en “Cabo de Miedo”; los cuentos de Rashomon que Forest Withaker lleva para todos lados en Ghost Dog; y ese librito de Sam Shepard –“Crónicas de Motel”, si no estoy equivocado- que Naomi Watts lee desesperadamente en “21 gramos” para encontrar quizá una razón lógica a su tragedia. Con esto se hace innegable que el director González Inárritu, al hacerla buscar en un libro, eligió el mejor de los caminos posibles y que mi biblioteca estaría completa.