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La ciudad en el diván

Posted: martes, marzo 27, 2012 by Godeloz in Etiquetas: , , ,
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Capítulo primero
Una extensa fila se extiende a lo largo de Broadway. Los aspirantes a figurar en la próxima película de Woody Allen llevan su currículo bajo el brazo. El nerviosismo se condensa en el aire, es asfixiante al punto que cualquiera diría que Godzilla ha invadido –otra vez- a Nueva York. La competencia es por el papel principal de la película y los aspirantes, en su mayoría, gozan de fama sin límites. Venecia cree que sus calles inundadas no constituirán ningún problema por si el director quiere grabar en exteriores uno de sus acostumbrados paseos; San Francisco sabe que California no es el estado preferido de Woody Allen pero por lo menos puede tener veranos tan fríos como los inviernos de Nueva York; Londres baja de una limosina pero pierde su porte aristocrático cuando intenta colarse en la fila; Barcelona se le interpone y le golpea la cara con la gruesa trayectoria de una arquitectura fotogénica y un jugoso cheque al portador; algunas ciudades latinoamericanas llegaron en manada con la esperanza de figurar tan siquiera como una alegoría; Roma piensa esgrimir el argumento de ser una metáfora viviente de los complejos inventados por Freud; París luce muy convencida reflejando un aire romántico a cuyo alrededor ya revolotean las moscas, y Los Ángeles ha pagado un soborno pero es muy difícil que su bonita basura convenza al director.
 
Capítulo segundo
La fila de aspirantes se ha hecho más extensa. Ya se han presentado choques entre algunos y romances turbios entre otros. No tardan en aparecer rencillas y la brillante tarde de domingo se ha tornado radicalmente en un tifón. Todos quieren aparecer en la película pero el papel sólo puede ser de uno y la euforia ha convertido a la multitud en una brigada de linchamiento del Ku Klux Clan. Mientras tanto, suena Wagner de fondo y Woody Allen despierta sudoroso, agitado, no ve la hora de llamar a su analista y se repone del terrible sueño, abriendo las cortinas para contemplar a su adorada Nueva York.

A la escena poco le falta para ser real. Entre las tensiones típicas de cualquier rodaje está la de escoger protagonistas y, en el cine de Woody Allen, el papel protagónico es entregado primero a una ciudad. Casi siempre es Nueva York la escogida por las obvias razones de ser la amante incondicional del director, pero, de vez en cuando, para darse un respiro quizá, Allen decide variar un tanto su escenario. Aunque el último experimento no le salió tan bien y, perseguido por una crítica que acusó a su ojo de haber volado sobre Barcelona capturando apenas su esencia de postal, volvió a las calles de Manhattan con una historia que retoma su hilarante mirada sobre el amor y lo difícil que le resulta a éste mantenerse incólume en la ciudad.

A lo largo de su carrera, Allen ha entregado distintas versiones de Nueva York. En Días de Radio (1987) la mostró mítica a pesar de la gran depresión y, la dejó aparecer monótona en el futuro que imaginó con El dormilón (1973). La concibió como una babilonia moderna en Celebrity (1998), y constantemente como una Grecia de pequeñas tragedias actualizadas en Manhattan (1979), Hannah y sus hermanas (1986) Poderosa Afrodita (1995) o Annie Hall (1977). También la ha preferido para homenajear a sus ídolos, entregando una cómica versión de Hitchcock en Misterioso asesinato en Manhattan (1993)  y una tétrica pero cándida mirada del mundo del espectáculo en Broadway Danny Rose (1984). Cada película de Allen ubicada en Nueva York es también una película sobre Nueva York. La ciudad presta sus locaciones y a cambio Allen escucha su voz. No la interpreta y tampoco la deconstruye, solamente la observa y regocija sus caras invisibles: descubre edenes particulares entre callejones maltrechos, defiende los contrastes de la arquitectura, saborea los encuentros planeados furtivamente a la medianoche, comprende lo necesario que es en la vida lo irracional, no se cansa de visitar los lugares símbolo como el restaurante Elaine’s, cuna de escritores; el antiguo emplazamiento judío del Lower East Side; o el Cotton Club que, conociendo el amor de Allen por la música, no necesita descripción. La ciudad de Allen es una en la que hay hoteles para el libre albedrío de los amantes en los que, de hecho,  puedes encontrar involuntariamente a uno en la salida del ascensor, y en la que los cambios súbitos del clima deben celebrarse porque en ningún lugar del mundo podrías huir de los rayos asesinos de una tormenta eléctrica dando un paseo por el sistema solar.

La ciudad de Allen es al tiempo varias ciudades. Y en su máxima declaración de amor por Nueva York -Manhattan (1979)- intenta desde el principio entregar justamente todas las ciudades que ha visto en ella. Cada intento no corresponde a un método de ensayo y error sino a uno más holístico que sin imágenes y celuloide es difícil de explicar. “Él adoraba Nueva York, la adoraba fuera de toda proporción. No, mejor, la romantizaba fuera de toda proporción. Para él, sin importar la estación, era una ciudad que existía todavía en blanco y negro, y que latía al son de las melodías de George Gershwin.”, es lo primero que escuchamos de un todavía oculto Isaac Davis que a continuación intenta describir una y otra vez su definición personal de Nueva York: ajetreo de multitudes, mujeres bellas, hombres experimentados, decadencia de la cultura contemporánea, falta de integridad individual, dificultad de existir en una sociedad insensibilizada... y, etcétera… Isaac mejor decide abandonar su sermón y dejar a un lado el enojo para decir muy conciso que era rudo y romántico como la ciudad que amaba, mientras las imágenes sin tiempo de calles, mercados y autopistas hacen que en el espectador nazca una especie de amor a primera vista. Y estar lejos de la gran manzana es un hecho que empieza a ser abominable, porque sin sus calles multitudinarias y bohemias, sin el tráfico pesado o la alargada sombra de los rascacielos delimitando rutas inesperadas, sin las estaciones que dejan brotar entre la bruma la silueta de los edificios, sin la ebullición nocturna de los cafés y los bares, sin las mil luces titilantes que corresponden a más de mil corazones rotos, sin los cines subterráneos que programan ciclos de Bergman, Fellini o los hermanos Marx, sin los bailarines de tap cojos o el Guggenheim, la libertad carece de significado porque no hay una ciudad más viva, por lo menos no en el cine.

Hacia Nueva York se dirigen todas las miradas. La de escritores, artistas, diseñadores, empresarios, líderes mundiales… también, por desgracia, la de temidos terroristas. Es un resumen del mundo. Un aleph de grandes proporciones. Paris o Londres podrían igualar su esplendor pero algo les falta, son ciudades cosmopolitas y un neoyorkino puede sentirse provinciano paseando en los Campos Elíseos o sacándose una foto frente al palacio de Buckingham pero siguen siendo ciudades muy locales, universales, sí, pero introspectivas. Nueva York en cambio es universal por su infinita aglomeración de localismos. Decir que allí vive por lo menos una persona de cada país del mundo no es exagerado y tal diversidad ya es un gran insumo para la construcción de cualquier obra. En una ciudad que se expande y se contrae, que palpita y en la que cada latido es impredecible, hasta la monotonía de una  vida es una voraz lucha por la supervivencia. Este conflicto es un diamante en bruto para los cineastas. Wilder, Polanski, Stone, Lumet y otros grandes la han convertido en musa de primera categoría pero ninguno tan reiterativo como Woody Allen.

Él tiene esa abertura diferente que le describe a Diane Keaton en Manhattan. Esa fisura por donde entra todo lo que en verdad es valioso, “porque nada que valga la pena puede ser entendido con la mente”. Allen podría ser el narrador invisible del gran reportaje que Gay Talese le dedicó a la ciudad. En inglés, su título es New York, a serendipeter’s journey. La traducción al español es menos compleja: Nueva York, una ciudad de hallazgos casuales. Sería mejor encontrar un equivalente al término Serendipeter´s, que podría traducirse como aquella persona que tiene la facultad para encontrar siempre lo inesperado, lo que es a todas luces improbable, lo que es accidental pero afortunado. “Nueva York es una ciudad de hallazgos casuales.” Dice Talese en su libro, “Es una ciudad de gatos que dormitan debajo de los autos aparcados, de dos armadillos de piedra que trepan la Catedral de San Patricio y de millares de hormigas que reptan por la azotea del Empire State”. ¿Y quién llevó  a las hormigas hasta los dominios de King Kong? Hay cosas que es mejor no preguntar, pero si se pudiera entablar con la ciudad una relación como la que se entabla con el psicoanalista… ¡qué sinfín de historias contaría! ¡Qué complejos traumas exhibiría!

En algún punto de su carrera Allen debió hacerse la misma pregunta y, sin más, sentó a la ciudad en el diván para escucharle un monólogo interior semejante al que se repiten, por ejemplo, los personajes de Hannah y sus hermanas, otra abierta declaración de amor en la que Allen de nuevo se toma el tiempo de observar el paisaje urbano inseparable de las emociones humanas. Hasta incluye en el reparto a un arquitecto para contagiar su asombro por una desbordada arquitectura que acepta lo Art Decó junto a lo republicano, y lo minimalista junto a lo barroco. Una arquitectura protegida por gárgolas de piedra y grúas que giran día y noche sobre sus ejes. Muestra primero una ciudad enorme para luego dejar ver a sus personajes empequeñecidos de ansiedad, de frustración, de miedo, de lujuria, de hipocondría…  Así, el monólogo de la ciudad no surge de su costosa infraestructura sino de pasajeros que algún día se esfuman. “No te pasará nada. Estás en medio de Nueva York, esta es tu ciudad. Estás rodeado de gente y tráfico y restaurantes. ¿Cómo es que un día desapareces?”. La pregunta la hace Mickey Sachs o, lo que es lo mismo, Woody Allen, antes de emprender una búsqueda espiritual que cree necesaria porque está tambaleándose en la orilla de un abismo. Es irracional que algún día dejemos de existir o que la ciudad siga existiendo sin nosotros en ella. Es curioso, bello y gratificante que la respuesta al predicamento la encuentre precisamente en el cine. Caminando para tomar aire, Mickey encuentra un teatro furtivo y entra sin fijarse en la película. La proyección es un disparate de los hermanos Marx que adoraba cuando era un chico. Y la conclusión resulta siendo la más natural cuando al principio todo parecía tan violento e irreal: “¿Qué pasa si no hay Dios y sólo puedes vivir una vez? ¿No quieres ser parte de la experiencia?”
 
Para Woody Allen no ha sido tan fácil trasladar esta experiencia y no reemplaza a Nueva York con la misma facilidad que cambia de superestrellas a la hora de conformar un reparto para sus películas. Intentó de un modo muy vacacional con París y Venecia en Todos dicen te amo (1996), algún escenario Romano dejó sugerido en Poderosa Afrodita (1995), en Bananas (1971) viajó al epítome de la ciudad latinoamericana, y ha explorado California pero sólo ridiculizando la superficialidad de Los Angeles y denunciando la estulticia creciente de Hollywood. Sin embargo, es Londres la ciudad donde hizo hallazgos similares a los que encontró en Nueva York. Match Point (2005), Scoop (2006)  y Cassandra’s Dream (2007) componen una variopinta trilogía londinense muy a la altura del Woody Allen de siempre y, en especial, del Woody dramático, el que es hábil extrayendo con seriedad, pero con bastantes toques de ironía y sarcasmo, tragedias que confirman el peligro de la uniformidad. La carrera por el éxito obliga a Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) en Match Point, y a los hermanos Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrel) en Cassandra’s Dream a cometer actos atroces. Y, como un Jack The Ripper moderno, lo mismo hace el millonario Peter Lyman (Hugh Jackman) en Scoop pero en este caso para evitar el aburrimiento que trae el éxito. Dos tragedias y una comedia que tienen como telón de fondo canchas de tenis, muelles grises, galantes óperas, casas de campo en las afueras, calles elegantes y lúgubres perfectas para una persecución, el famoso Puente de Londres y las míticas inmediaciones de Brighton, el Covent Garden o Chelsea. Escenarios que se encuentran a kilómetros de la verdadera cuna del director pero que mantienen la identidad urbana que lo caracteriza y que comparte con los personajes de sus historias, sea que hagan reír o llorar, o las dos cosas a la vez. 

Porque las dudas, las convicciones, los personajes y las historias saltan de una película a otra, y también entre ciudades. ¿Acaso no es la misma Nola la que vemos en Celebrity buscando amantes a la salida del metro y la que años más tarde aparece con aspiraciones actorales en la Londres de Match Point? La primera es Winona Ryder y la segunda Scarlett Johannson pero en el fondo son las mismas. Y el escenario no ha variado tanto porque la ciudad es polimórficamente perversa. Una facultad que Allen endilga a algunas de sus mujeres, a Annie Hall junto al puente de Brooklyn y a la modelo interpretada por Charlize Theron en Celebrity. En la Penélope Cruz de Vicky Cristina Barcelona (2008) también vemos que exuda ese erotismo. Las tres –las cuatro si se incluye la ciudad de turno- son receptores gigantescos que ante cualquier estímulo dejan escapar orgasmos, gritos o susurros que piden auxilio desde el cielo (¡Help!) en nombre de quienes fueron depredados y no tuvieron la suficiente rudeza para aguantar la esfera irracional y salvaje –tanto que incluso tu madre amenaza con ser omnipresente proyectándose en el cielo- de la ciudad: el gesto deprimente de Kenneth Branagh al final de Celebrity y la derrota de Jonathan Rhys Meyers en el epílogo de Match Point (2005) son alaridos gemelos.

La ciudad, quimera de celuloide

Posted: viernes, marzo 02, 2012 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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Los cineastas han recorrido el mundo de cabo a rabo dejando un legado en imágenes de ciudades que, por recónditas que sean, se convierten en un referente compartido por todos, un ideal colectivo perseguido en la intimidad de la sala de cine.   

Para el turista de pura cepa que viaja sin descanso, de ciudad en ciudad, memorizando el nombre de los aeropuertos, anotando las palabras clave de idiomas desconocidos y trazando rutas obligadas hacia las atracciones turísticas que no puede dejar de ver antes de morir, existe una sensación muy próxima al déja vu. 

Gran parte de la culpa la tiene el cine. Gracias a las imágenes proyectadas en pantalla y que cada año una persona normal acude a ver una vez por semana o un par de veces al mes, las ciudades más importantes del mundo son recordadas por unanimidad, anheladas multitudinariamente, deseadas en secreto y perseguidas con delirio.  El cine y las ciudades se orbitan mutuamente creando un poderoso influjo que atrae la mirada y provoca el sueño de partir, alzar el vuelo, quemar las naves, visitar otros puertos. Con el cine podemos saciar en parte la ambición de conocer el mundo como la palma de la mano y, en un ejercicio en el que suplantamos a la cámara o a los personajes, recorremos románticos callejones, deambulamos sin rumbo fijo por los parques, trepamos una a una las escaleras de imponentes rascacielos, nos embriagamos con el resplandor nocturno de las grandes avenidas y alimentamos el espíritu con la música cosmopolita que fluye del gran paisaje urbano construido como uno solo por el arte cinematográfico. 

No importa su condición social, su benevolencia o maldad, si tienen buena o mala fortuna, los héroes que habitan las ciudades del cine son alter egos que se encarnan con gusto. Cómo negarse a vivir la aventura romántica que Audrey Hepburn emprendió por las calles de Roma, ocultando su verdadera identidad, en La princesa que quería vivir (Roman Holiday, 1953). El director William Wyler no usa la ciudad como decorado o como tema, la convierte en una red que envolverá cada vez más a los amantes a medida que se adentran en ella. Un juego opuesto al que protagoniza la misma actriz años más tarde en Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961) donde la vemos bella, bohemia, bestial, transitando la ciudad con una elegancia fuera de este mundo y con una permanente actitud de huida. Nueva York, a pesar de sus encantos y sus fiestas, a pesar de premiar a los prófugos con el anonimato, será incapaz de retener el espíritu indomable de Holly Golightly,  quien permanece indiferente al ajetreo citadino por razones tan simples como buscar un gato en un callejón o rematar la última escena con un beso bajo la lluvia.

Por un beso como ese es posible creer que bajo la sombra del erguido Empire State es inevitable enamorarse. Por las historias que transcurren en las ciudades del cine es posible pensar en la existencia de ángeles que vigilan desde las alturas o caminan entre nosotros como los hombres celestiales que en El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987) se enamoran de gráciles trapecistas, renuncian al paraíso y descienden a la ciudad para conquistarlas. Es como si Wim Wenders hubiera intuido la cercanía que el mundanal ruido de lo urbano tiene con lo fantástico y lo divino.  Ejemplos de esto sobran en la mirada aérea que Alfred Hitchcock hace sobre el frenesí de Londres o en los colores que Jean-Pierre Jeunet elige para pintarle a Amélie un París digno de un cuento en el que las hadas fueron reemplazadas por hombres de vidrio y príncipes en motocicleta. Un París que se antoja romántico e irreal y comparte la atmósfera que Billy Wilder recreó en el set de Irma la Dulce (Irma la Douce) donde la poesía visual se arranca de la exploración callejera y un sentido del misterio impreso en cada secuencia.

Este podría ser el secreto: el misterio, mostrar a la ciudad como un pozo de enigmas del que surgirán cosas asombrosas en el instante menos esperado. Por eso no tiene nada de inverosímil que en la Nueva Jersey de Woody Allen el galán de una película salte de la pantalla para vivir un breve amorío con su más fiel admiradora como sucede en La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), que en Los Ángeles que imagina Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) las viejas glorias del cine mudo se reúnan para jugar al póquer o que en las conflictivas calles del Distrito Federal un oscuro vagabundo encuentre la redención en un perro salvaje como lo hizo ver Alejandro González Iñárritu en la película Amores Perros.

Pareciera que el ejercicio de los cineastas es recorrer el mundo de cabo a rabo en busca de un Shangri-la personal reconstruido en escenarios que se vuelven familiares a todos: la  película de Michael Curtiz convirtió a Casablanca en el nirvana del reencuentro; Luchino Visconti hizo de Venecia una ciudad para los amores fortuitos y Pedro Almodóvar le ha dado a Madrid el alma de un personaje de carne y hueso. Versiones personales de las ciudades que se convierten en utopías colectivas. Un logro visible, por ejemplo, en el Tokio que Sofia Coppola muestra como una quimera en la que lo ancestral se funde con lo moderno para permitirles a dos desconocidos alcanzar juntos un breve estado de felicidad que hasta el momento les era ignoto.    

Finalmente eso es lo que quizá todos persiguen cuando emprenden un viaje hacia cualquier ciudad del mundo: alcanzar un placer inexplorado para después atesorar su recuerdo en imágenes que se proyectan en la mente como si se tratara de la sala de cine más íntima y secreta. 

Un imperio llamado cine
Lo que hace el cine con las ciudades no sólo opera en la pantalla. En el espacio real también es una fuerza transformadora gracias a la industria que con grandes estudios o prestigiosos festivales va conquistando territorios. Hollywood es el ejemplo más obvio, una ciudad consagrada a las películas cuyo modelo está siendo replicado por Bombay, llamada Bollywood en un parafraseo evidente. Pero no son las únicas. Hay antecedentes en la Cinecittá que conquistó el costado oriental de Roma y en el gigantesco complejo de estudios de Babelsberg construido en la ciudad alemana de Potsdam en 1911. Por su parte, el circuito de distribución de las películas ha convertido a ciudades como Cannes, Toronto o San Sebastián en escenarios de los festivales más importantes del planeta, gracias a los cuáles, cualquier persona común y corriente puede estar frente a frente con las estrellas.



Álbum de olores de un viajero

Posted: jueves, diciembre 29, 2011 by Godeloz in Etiquetas: , , , , , , ,
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Viaja y encontrarás sustituto de lo que has dejado.
Y esfuérzate, porque en ello está el sabor de la vida.
Hay más deleite en las aguas que corren
que en las que se pudren estancadas.
 Poema árabe de Casida de Safi-Eddin Alhili (citado por Mohamed Chukri en Tiempo de errores)


A lo largo de un día, una persona inhala y exhala sin llevar la cuenta, de manera involuntaria, sin detenerse  y dejando pasar a través de sus fosas nasales, millones de olores que no tienen lo necesario para quedar adheridos a la memoria.

Haciendo la simple operación matemática de comparar el número de respiraciones con la cantidad de aromas que recordamos durante un día, la diferencia salta a la vista. En promedio, cada minuto completamos un ciclo de 12 a 20 respiraciones, lo que en 24 horas alcanza la suma aproximada de 28.800 respiraciones en un día tranquilo, es decir, sin sobresaltos, sin ejercicio, sin la taquicardia que produce un beso o la ansiedad que rodea el principio y el final de un viaje.

Sería agotador para la memoria almacenar los detalles odoríferos que succionamos en cada bocanada de aire. Intentar el ejercicio es una invitación a la locura y aunque el sentido del olfato no es tan selectivo como el de la vista, pues en el flujo de  la rutina nuestras vías respiratorias se enfrentan por igual a hedores inaguantables y a efluvios cargados de encanto, tiene una facultad especial para asociar los mejores momentos de la vida con las fragancias más sutiles y delicadas.

Esto no lo advertimos siempre, pero el sentido del olfato nos brinda una conexión directa con facetas misteriosas de la existencia.

Fácilmente recordamos el contorno de un cuerpo y las particularidades de un rostro. Al pensar en una melodía, esta resuena casi idéntica en la privacidad de la mente. Evocando los sabores de un plato determinado, la saliva se corta y pasa por las papilas gustativas para engañarlas y hacerlas sentir la dulzura, el picor o la acidez de esos bocados. Pero intentar recordar con fidelidad los detalles de una esencia siempre nos pone ante un desafío que el lenguaje suele perder. Las palabras quedan atascadas en la punta de la lengua porque no se atreven a configurar las verdaderas características de esas fragancias que intentamos recordar: el perfume específico de un amante o el vaho enigmático que envuelve a las ciudades hacen parte de una dimensión intangible de la memoria a la que solo podemos acceder con nuestro olfato, que opera como una clavija que activa una máquina del tiempo. De repente nos topamos por accidente con lánguidas emanaciones que se convierten en poderosos torrentes al atravesar las ventanas de la nariz y nos arrastran a viajes emprendidos años atrás. Vemos de nuevo las calles de las ciudades visitadas y a nuestros rostros vuelve el calor de esos vapores que invadieron nuestro aliento y se sumaron a ese álbum de olores que fuimos llenando a lo largo de nuestros recorridos.

Las ciudades tienen su arquitectura, su cultura y sus pobladores para dejar huella. También tienen su aire, cargado de millones de partículas a través de las cuáles podemos trazar un mapa singular de cada lugar visitado, pues las fotografías tomadas al azar y las fruslerías adquiridas en las tiendas de regalos pueden ser trofeos idénticos en las mochilas de cientos de turistas, pero la imagen de una ciudad a través de sus olores es irrepetible y cada viajero la atesora a su modo. 

Hay ciudades rodeadas por imponentes desiertos como Casablanca, en Marruecos, pero su aire no es seco sino que fluctúa entre la frescura salina que sopla el mar y  la brisa salpicada de polen que viene del Sahara, que le arranca un dulce tufillo de especias y miel a los naranjos, narcisos y violetas que florecen en los jardines.

También hay ciudades que parecen abrigadas todo el tiempo por el jadeo avasallador del mar que baña sus costas. Las calles de Lima y los canales de Venecia están en hemisferios distantes pero comparten una atmósfera en la que se mezclan las esencias combinadas de la salvaje vida marina con el añejamiento que siglos de historia ha depositado en sus cimientos. Hay quienes solo pueden ver en el cóctel de estos olores una humeante pestilencia pero una vez superada la primera impresión aparecen los silvestres bálsamos de un buen ceviche peruano o la glamurosa conjunción de inciensos que levitan en la Plaza de San Marcos durante el Carnaval de Venecia, donde hombres y mujeres enmascarados contonean sus vestidos de oro y plata como si estuvieran liberando esporas que contagian el ansia erótica de Giacomo Casanova.

Otras ciudades parecen ser más inabarcables que el propio océano que las circunda. Nueva York, madre de las junglas de concreto, acero y cristal, es el ombligo aglutinante de los olores del mundo que viajan como polizones en la ropa, los alimentos, las bebidas, las colonias y la transpiración de ese ciudadano universal que llega a la gran manzana desde otra populosa urbe o desde una recóndita aldea al otro extremo del planeta.

Es el olor de las salchichas asadas en esquinas a cielo abierto y de las nieblas repentinas desprendidas de los trenes subterráneos que fácilmente albergan en un solo vagón a un representante de cada nacionalidad con su respectiva esencia a cuestas: si un hombre con altivez parisina lleva un pan baguette bajo el brazo, podría despedir algo de esa nube edulcorada que ocupa las calles solitarias de una Paris donde apenas amanece, en la que el pan se hincha en los hornos y los crepes del Barrio Latino son bañados con chantilly, queso, nueces o Nutella.     

O si la elegancia de cierto pasajero presagia una fuerte llovizna podrían adivinarse en sus ademanes las brumas de olor a madera vieja o lana mojada que preceden las tormentas de la Londres nocturna. 

Porque las fragancias citadinas pueden tener origen en un dulce manjar, como el caramelo que en verano se prepara en las calles de Santiago; o de las piedras que acordonan el trazado de calles, como esas paredes que le dan a la Cartagena antigua un olor que sólo podría calificarse como el perfume de las murallas.   

Si en México D.F. es el del maíz el olor que intenta hacerle contrapeso a la nube de polución que la ciudad irradia, en el territorio de agua de Bariloche es el chocolate el vapor que predomina y establece con los efluvios del whisky y el vino una relación de amantes.

Río de Janeiro solo tiene carnaval durante cuatro días al año pero alcanzan para curtir los 361 días restantes del aroma que se desgaja del maquillaje, los penachos y aceites de las garotas endiosadas.

Y una ciudad más tranquila, como Córdoba, Argentina, donde predomina una atmósfera universitaria, puede ofrecer al viajero la aventura simple de sentir el aroma de unas pastas cociéndose a fuego lento mientras la desnudez de dos amantes forcejea en el cuarto de al lado, intentando perpetuar el momento para que, a pesar del transcurso de los años, los vapores únicos de ese viaje hiervan en la memoria con la misma intensidad y con la misma dulzura.

(Una versión corta de este texto fue publicada en la revista En Alza)