Crónicas de pequeños desastres

Posted: lunes, abril 02, 2007 by Godeloz in
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Esto es estar en un relato de John Cheever: vas en el tren de la mañana que te lleva desde tu imperio suburbano de falsa calma hacia la ciudad donde los sueños están rotos. Nada se mueve y hay silencio y en el periódico los desastres de la tierra son tan lejanos que parecen un cuento de hadas siniestras pero ilusorias. Pero la vibración interna del relato te dice que el tren va a descarrilarse y que toda belleza perece sin remedio. Lo que no sabes es cuándo, si de ida o de vuelta. Lo importante es que te das cuenta, adviertes el punto exacto en el que el equilibrio se rompe: de pronto a la vida se le cae la mampostería y sólo se reponen los tocados por la suerte. ¿Y quienes tienen esa suerte? Los honestos, los brillantes, los que pueden amar, es decir pocos, realmente muy pocos, lo que implica a muchos que van a incinerarse.

Leer un libro de John Cheever en español es casi una rareza. No abundan en las librerías, no hace parte de los más vendidos y es un clásico norteamericano opacado por figuras con más brillo. Hay que decirlo: Cheever es un autor secreto, exquisito, apreciado por aquellos que tienen buena puntería a la hora de cazar trofeos para los anaqueles de sus bibliotecas. A mis manos llegó el primero de sus libros gracias a un amigo que ha sobrevivido a varios descarrilamientos. Le dije una tarde: “necesito leer algo que me ponga el mundo al revés”. Y él, con un gesto de burla que sólo quería decir “te entiendo”, respondió: “Busca a Cheever, ‘La Geometría del Amor’, está disponible, nadie lo presta”. Lo leí en pocos días, cada uno de sus cuentos, mi mundo no volvió a ser igual. Después, trabajando como redactor de noticias económicas en un periódico venido a menos, desempolvé del centro de documentación una selección de sus primeros cuentos. Fue maravilloso encontrar una historia como “Saratoga”, donde un par de jugadores son reunidos por el azar y se convierten en amantes sólo para hacer despacio una cosa: perder y perderse. Todavía conservo esta edición en mi biblioteca sin remordimiento de haberla hurtado.
Y seguí buscando libros del buen Cheever. Sabía de sus novelas (de las cuáles no he leído ninguna hasta el momento) y era consciente de que había un centenar de cuentos más por leer. En la mejor biblioteca de esta ciudad hallé otra antología titulada “El Nadador”, ese cuento inquietante en el que te ahogas y sales salpicado, con tu estómago repleto de fríos cócteles para que no te afecte demasiado ese asunto de no comprender del todo el transcurso del tiempo.

Para que ninguna historia se me olvidara, o al menos para que no se perdieran de mí sus esencias, leí este libro tres veces, cada uno de sus cuentos: creo que soñé algunas noches con “El ángel del puente” y estuve profundamente conmovido por las aventuras del pobre “Brigadier y la viuda del golf”. Empecé a anhelar un peregrinaje europeo como el que hizo “Una mujer sin país” y espero también, desde entonces, un romance tranquilo en una casa junto al mar. Después de dudarlo mucho devolví el libro a la biblioteca (nunca podría quedarme con un libro de esta biblioteca insomne). Hasta aquí, por un tiempo, llegó mi historia con Cheever. Otras lecturas llegaron a mis manos: Schwob, Fante, Bolaño, navegué un buen tiempo en “Los Miserables” (un viaje que sigue inconcluso), volví a historias ferroviarias con Juan José Arreola, Philip K. Dick me acompañó en un paseo por la esquizofrenia, Ribeyro me hizo recordar lo importante que sería hundir a Europa para hundirse con ella, y en el Diario de Lecturas de Manguel me volví a encontrar con Cheever, en esta ocasión con algunos fragmentos de sus diarios. El hombre escribió cada maldito día de su vida. Imagino sus diarios como una colección de volúmenes superior a la enciclopedia británica, con la ventaja adicional e insuperable de estar escritos a la luz de un permanente delirio etílico.

Cheever es uno de mis escritores favoritos: nació en 1912, tres años después que John Fante, ocho antes que Charles Bukowski, Hemingway tenía apenas trece años y cuando Kerouac salía desnudo del vientre de su madre, él ya contaba con una década de andares. Fue una de las voces más poderosas de esta generación de la decadencia, criada en los extramuros, en la escasez y en la infelicidad. Murió en 1982, yo estaba por cumplir mi primer año de vida. Empecé a leerlo cuando tenía 20. Iba en el tren, estaba sereno, y apareció Cheever a decirme: “Hey, hombre, disfruta el viaje todo lo que puedas y reza por que el maquinista acelere la marcha, para que más adelante sólo encuentres rayos de luz que se posan en los hombros de las mujeres, pruebes la felicidad por un minuto y no te duela mucho cuando el vagón de vueltas y se desmantele”.

Hace un año, este vagón empezó a girar por primera vez y fue como un azar que en días previos alguien me obsequiara una edición de 1972 con 49 de sus cuentos. En la contraportada aparece una foto de Cheever, un hombre con medio siglo de vida que sonríe. Las páginas están amarillas. La letra es pequeña, difícil de leer. Huele a polvo y siempre que intento leerlo me aborda la sensación de estar creando oscuridad. Por más luz que haya en la habitación se cansan mis ojos y las líneas se confunden y no avanzo. Pero es un libro hermoso porque cuando fue editado Cheever estaba vivo y más de 30 años después llegó a mis manos. Ahora, celebro una nueva aparición de sus cuentos. La editorial Emecé publicó dos tomos con sus mejores relatos y otra vez me importó un comino saber que este tren en el que vamos va a estrellarse, y le agradezco a Cheever la valentía, así como le agradezco a otros escritores que me enseñaron ser cobarde, así como le agradezco a todos el único aprendizaje que sirve para algo: saber descubrir como ninguno el cuerpo de una mujer, al menos mientras se presenta uno de esos pequeños desastres que te dicen: “la vida vale mierda porque la soledad pierde muchas batallas pero siempre gana la guerra”.

Nada más miren los títulos de los cuentos para que se antojen y corran a buscar a Cheever, algunos de ellos me han hecho llorar:

Tomo 1

-Adiós, hermano mío
-Un día cualquiera
-La monstruosa radio
-Oh, ciudad de sueños rotos
-Los Hartley
-La historia de Sutton Place
-Granjero de verano
-Canción de amor no correspondido
-La olla repleta de oro
-Clancy en la torre de Babel
-La Navidad es triste para los pobres
-Tiempo de divorcio
-La casta Clarissa
-La cura
-El superintendente
-Los chicos
-Las amarguras de la ginebra
-¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!
-El día que el cerdo se cayó al pozo
-El tren de las cinco cuarenta y ocho
-Sólo una vez más
-El ladrón de Shady Hill
-El autobús a St. James
-El gusano en la manzana
-La bella lingua
-Los Wryson
-El marido rural
-La duquesa

Tomo 2
-El camión de mudanzas escarlata
-Simplemente dime quién fue
-Brimmer
-La edad de oro
-La cómoda
-La profesora de música
-Una mujer sin país
-La muerte de Justina
-Clementina
-Un muchacho en Roma
-Miscelánea de personajes que no aparecerán
-La quimera
-Las casas junto al mar
-El ángel del puente
-El brigadier y la viuda del golf
-Una visión del mundo
-Reunión
-Una culta mujer norteamericana
-Metamorfosis
-Mene, Mene, Tekel, Upharsin
-Montraldo
-El océano
-Marito in cittá
-La geometría del amor
-El nadador
-El mundo de las manzanas
-Otra historia
-Percy
-La cuarta alarma
-Artemis, el honrado cavador de pozos
-Tres cuentos
-Las joyas de los cabot

Por último: sigo trastocado por las imágenes que adornan esta hermosa edición: una libélula, una jaula abierta con un pájaro que al parecer no quiere salir y sólo canta, y una maleta de viaje. También por la imagen de su novela Falconer: un ángel caído. Veo esas imágenes mientras este vagón en el que voy sigue dando vueltas y me hiere con sus esquirlas. Sonrío.

El cómic como una de las bellas artes

Posted: sábado, marzo 17, 2007 by Godeloz in
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Emparentado con el cine, la pintura y la literatura, el cómic ha estado presente en la historia de las bellas artes por más de cien años.


Con superpoderes o sin ellos, los personajes de los cómics o historietas batallan a brazo partido para ganarse un lugar en la historia. Y muchos de ellos sí que lo han logrado.
Llega a la mente el rostro de Mafalda arrugado por el asco a la sopa, o la cabellera siempre despelucada de Calvin, al lado de su inseparable y feroz amigo de felpa, Hobbes. Y retrocediendo más en la línea temporal de las Cómic-strip o tiras cómicas, se recuerdan los nombres de Águila Solitaria, El Santo, Kaliman o Condorito.
Personajes tan sencillos como increíbles protagonizan estas aventuras místicas, ridículas o peligrosas, que durante todo el siglo XX y parte del XIX se vienen imprimiendo en páginas de periódicos o cuadernillos coleccionables que llegan a convertirse en verdaderas reliquias para los más aficionados.
Nada de extraño tiene que detrás de los cómics haya toda una comunidad que los lee y estudia con tanto rigor como divertimento. Al tiempo que se dilapida el tiempo libre, aumenta una erudición tan respetable como la del científico. Porque no es sencillo hacer el seguimiento de una historia que cumple ya más de un siglo.

Puro amarillismo

La fecunda proliferación de las tiras cómicas se la debemos sin duda a dos magnates norteamericanos que se dieron la pelea a finales del siglo XIX y principios del XX, Pulitzer y Hearst.
El emblema de esta encarnizada lucha de poderes fue un pequeño niño lampiño y orejón del bajo fondo norteamericano. Yellow Kid o El Chico Amarillo, es considerado como el primer cómic de la historia; apareció por primera vez en las páginas del New York World en 1893. Este periódico, propiedad de Joseph Pulitzer, fue el primer medio impreso en incursionar con las tiras cómicas y al mismo tiempo, uno de los primeros periódicos en incluir color en sus páginas. Gracias al Chico Amarillo, el diario se vendió como pan caliente y al periodismo escandaloso empezó a llamársele amarillismo.
Dibujado por Richard F. Outcault, Yellow Kid marca el inicio de la historia de los cómics que no tardaron en aparecer en otros medios. El mismo Outcault fue uno de los precursores más importantes. Para 1897 otro periódico ya poseía la patria potestad de una de sus creaciones, Búster Brown, que contrario a lo que hacía Yellow Kid, reflejaba la clase alta norteamericana.
Por su parte, el archimagnate de los medios de comunicación, William R. Hearst hizo lo propio introduciendo, además de noticias mentirosas, tiras cómicas en sus diarios sensacionalistas

Las bellas artes

Sin temor a exagerar o mentir, puede asegurarse que los cómics hacen parte de las bellas artes. El sustrato narrativo es obvio, proviene de la literatura y en especial de novelas como Los Miserables, que se editaban por capítulos en publicaciones de difusión masiva. Y aunque la esencia gráfica puede rastrearse hasta las pinturas rupestres de la prehistoria o los jeroglíficos egipcios, su antecedente más directo, según los estudiosos, son publicaciones educativas que circularon en Francia a principios del siglo XIX. Llamadas Aucas o Aleluyas, estos grabados representaban breves historias para niños con textos explicativos en la parte inferior de la página.
Pero la evolución de las tiras cómicas también está emparentada con el desarrollo del periodismo y la aparición del cine.
Los caricaturistas y dibujantes se han valido de ellas para hacer una parodia de la realidad, o para crear mundos paralelos en los cuales las injusticias sociales son combatidas por enmascarados alienígenas de habilidades sobrehumanas. De la mano de sus personajes, y éstos de la mano de sus creadores, se han ganado un lugar en la lista de los inmortales.
Mafalda, Batman, Olafo, Charlie Brown, Superman, son nombres tan reconocidos como Quino, Kane, Browne, Schulz, Siegel y Shuster, sus respectivos creadores.
Hoy, es evidente el desarrollo que han alcanzado los cómics. Cada país, cada región, cada continente, en fin, cada cultura, tiene su propia historia y su propio estilo en lo que al cómic se refiere. Aunque con elementos comunes que hacen universal esta forma del arte. Las historias llegan ahora en volúmenes de lujo de papel laminado y policromo. Las viñetas ya no son uniformes, monótonas, planas; al contrario, cada vez son más arriesgados los ángulos desde los cuales el dibujante expone su punto de vista; y conforme crece la camada de ilustradores, narradores y caricaturistas aparecen nuevas formas de expresar el erotismo, la burla, la acción, el drama, la tragedia y el humor que están contenidos en esa Caja de Pandora que es el ser humano.

El deporte rey por el arte supremo

Posted: miércoles, marzo 07, 2007 by Godeloz in
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El minuto cero de cualquier contienda futbolística es como la página en blanco que precede al primer capítulo de una obra literaria. Se sabe de ante mano que al darle vuelta aparecerán personajes fatales o cómicos, tristes o vengativos, generosos o desquiciados…


La primera frase de un libro es tan importante como el pitazo inicial de un clásico del fútbol. Si el inicio es bueno, el hincha o el lector no perderán detalle de lo que sucede en el terreno de juego o en el campo de batalla. En esos lugares se cocinan, ante nuestros ojos, todas las pasiones humanas. Porque así como a Otello lo destrozaban los celos, a un portero abatido mil veces por los goles lo carcome la angustia de ver que su equipo no descuenta el marcador.


La venganza estalla en los empates desde los doce pasos, el amor se desnuda en la alegría del jugador que le dedica el primer tanto a una mujer y la envidia anega los rostros del aficionado que está cansado de ver a su equipo del alma sufrir una derrota cada domingo.


Sí, un partido de fútbol es una novela con 22 personajes principales (los jugadores), un villano imbatible (el árbitro) y miles de personajes secundarios (los hinchas) que en momentos inesperados se convierten en los héroes de la historia. Como ese hincha impúdico de Europa que aprovecha los encuentros de balompié para saltar a la grama y perseguir a los jugadores como Dios lo trajo al mundo.


Y este hecho no ha pasado desapercibido para los maestros de la pluma.
La lista de escritores que han dedicado sus obras al deporte rey es tan grande como la de los astros que han hecho historia en cada estadio que pisan.


Juan Villoro, el escritor mexicano que estuvo hace poco en Colombia, recuerda algunos en su ensayo “Los once de la tribu”. Habla del Beckett que poca atención le prestaba a “los desastres de la tierra” para escrutar con sus ojos de pájaro la tabla de goleo. Camus también aparece en el texto. Lo que no queda claro es si lo hace con su uniforme de portero o envuelto, con el rostro ya descompuesto por el desasosiego, en una gabardina de invierno. Y Oscar Wilde irrumpe con la frase que usaba para rechazarlo: “El fútbol es un deporte muy apropiado para niñas rudas, pero no para jóvenes delicados”.


A lo largo de este ensayo y de muchas crónicas y de algunos cuentos, Villoro convierte la pasión del fútbol y el amor por la literatura en una sola cosa. Dos fuerzas que compiten en el corazón del hombre, anulándose y también complementándose. Para él, no es tan importante haber ganado el Premio Herralde de Novela como lo fue estar de cuerpo presente en el Mundial de Italia 90.
Y como este escritor mexicano, otros autores no han podido desligar de su vida intelectual, personal y creativa el fútbol y las palabras.


Puede ser que los argentinos lleven la delantera. En este país de escritores geniales e hinchas furibundos han nacido obras que amalgaman fútbol y literatura y seguramente pasaran a los anales de la historia como las más grandes.


Uno de los escritores vivos que más demuestra esta afición por el balón y por las letras es Fontanarrosa. Ha escrito cuentos, crónicas, ensayos y novelas con el fútbol y sus protagonistas como tema central. Su novela, “El área 18”, muestra al fútbol como una metáfora más afortunada de la guerra, en la cual los habitantes de un país llamado Congodia, juegan fútbol en lugar de librar infinitas carnicerías para dirimir las diferencias.


Osvaldo Soriano, Julio Cortázar y hasta Jorge Luis Borges, por mencionar a los más conocidos, igualmente gastaron tinta para hablar, aunque fuera un poco, del deporte mundial.


Y si salimos de Argentina para hablar de los latinoamericanos, o mejor, para hablar del resto del mundo, nos encontramos con nombres como el de Eduardo Galeano, Mempo Gardinelli, Julio Ramón Ribeyro, Daniel Samper, Roberto Arlt, Javier Marías, Peter Handke, Ryszard Kapucinski y muchos otros que escapan de esta pesquisa… Autores que en algún momento de sus vidas se han ocupado de transcribir al papel lo que sienten por el fútbol en lo más hondo de su corazón.


Y aunque está demostrado que hay más escritores locos por el fútbol que jugadores delirantes por la literatura, poco importa este hecho cuando se acerca el pitazo final. En ese momento, vale más un gol marcado en el último minuto que todas las páginas escritas de la historia.

Poética incendiaria del Colombian Dream

Posted: martes, marzo 06, 2007 by Godeloz in
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Literal y figuradamente, “El Colombian Dream”, de Felipe Aljure, tira a la basura a todo el cine colombiano; o mejor dicho, lo lanza a una llamarada. Al menos al cine colombiano que se ha intentado hacer en los últimos años, con escasas excepciones que salen libradas pero con quemaduras de menor grado por haber querido hacer lo mismo quedándose en algún tramo del camino: o la candelada no tenía suficiente fuerza para deshacerse de toneladas de desperdicio o la luz que ardía era apenas un punto brillante al final de un túnel largo, tedioso y demasiado oscuro.


En cambio, “El Colombian Dream” sí que es un punto luminoso, y además multidimensional. Porque tiene tantos lados como un poliedro que se puede comer o guardar en el bolsillo. Puede mirarse desde ángulos de diferentes matices: el cinematográfico, el literario, el poético, el moral, el humorístico, el cínico, el sádico, el masoquista, el altruista, el optimista, por supuesto el pesimista, e incluso, puede mirarse desde el ángulo de un misántropo que de un momento a otro empieza a confiar (no a querer, que es bien distinto) en la raza humana, o en la raza, tan pintoresca a los ojos del mundo -¿cuál no?-, colombiana.


Desde el principio, y este es el temor que asalta a cualquier espectador que se arriesga a pagar una boleta para una película nacional, “El Colombian Dream” dice, o más bien grita: “¡ey!, yo no soy una película con argumento de telenovela”. Y lo grita con la luz, con la música y con la voz del narrador que definitivamente es conmovedora. Pero hay que advertir desde ya que en esta película no hay lágrimas. Al contrario, hay de esas muecas que suelta alguien que no sabe si reírse de un chiste o reírse de sí mismo o reírse de su vecino.


Porque “El Colombian Dream” es como las películas norteamericanas que sacan a relucir la gran estafa que es el mundialmente famoso sueño americano: a partir de un elenco coral de personajes disímiles, auténticos y descabellados le quita la máscara a la pantomima de la realidad.


La diferencia de Aljure, digamos que con Todd Solondz (Happiness), Gus Van Sant (Elefant, Last days) o Paul Thomas Anderson (Magnolia), es que tuvo la fortuna y también la mala suerte de haber nacido en un país donde, sin lugar a dudas, los sueños son bien distintos aunque parezcan iguales: la gente sueña con amor y con felicidad, aunque ésta no exista y aquel sea imposible, y entre el no existir y la imposibilidad, entonces la gente mejor sueña con algo que da sensaciones muy parecidas: el dinero. Aquí es donde está la diferencia del sueño americano y el apenas descubierto colombian dream. Cuando Solondz, Van Sant o Anderson le quitan la máscara a la realidad, el rostro que resulta raya entre lo horroroso y lo grotesco. En cambio la realidad que queda semidesnuda con el gesto incendiario de Aljure no tiene nada de horripilante y sí mucho de esclarecedora: en Colombia las personas se queman tratando de alcanzar sus sueños, pero si no terminan muertos, presos, solos o varados en una carretera, son capaces de renacer entre sus propias cenizas que para la gran población es su propia mierda.


En el caso del sueño americano es preferible volver a poner la máscara en su sitio y olvidar de golpe el olor que se había levantado. En nuestro caso es preferible seguir respirando el hedor porque al final, sin remedio, la realidad es capaz de tejerse otro rostro de fantasía.
¡Vaya enseñanza la que ha dejado esta película! Y eso que también es una película sobre drogas, traquetos, putas, pervertidos, asesinos y poetas.


Su ventaja, sobre todas aquellas que ha hecho arder (excluyendo a unas cuantas, sólo unas cuantas, que sí merecen viajar por el país en la maleta del Ministerio de Cultura), es la valentía. Por un lado, explora y explota, como toda obra cinematográfica debe hacerlo, todo lo que puede hacerse con una cámara y una película: está llena de luz y de sombras, aprovecha los colores y las texturas, juega con los sonidos y la música (una banda sonora inigualable) también cuenta la historia, hace malabares con los puntos de vista y trastoca con el movimiento. Esto es una cachetada para los cientos de Dagos García que se forman a la sombra de las lamentables productoras que creen que hacer cine es lo mismo que hacer televisión.


Por otro lado, otra cachetada que arroja “El Colombian Dream” cae en la cara de los que no creían en el cine colombiano y en la de aquellos que, sabrá Dios o el Sagrado Corazón por qué, creían demasiado. En ambos casos sólo queda una cosa por decir: “¡Cómo pega de rico este man!”.

El pie que quería ser manzana

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Para los realizadores de Medellín y otras ciudades del país, el Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia es una oportunidad para sacar a la luz sus trabajos, uno de los más llamativos en el 2005 muestra las obsesiones del realizador por el tiempo que transcurre y el que permanece.


Jacobo Cardona es Antropólogo de la Universidad de Antioquia, ese es el título oficial pero él sabe moverse con más pericia en terrenos donde la oficialidad es una promesa del purgatorio. Alrededor de su vida ha tejido una especie de mitología clásica que incluye desde incestos hasta viajes fantásticos por el sur de América.


De la vida prefiere unas cuantas buenas películas, unos cuantos buenos libros, unas cuantas buenas canciones, hacer pocas (pero incisivas) anotaciones en el diario y ladrar algunos comentarios misántropos pero humanistas. Escribe con la energía de un adicto a las anfetas pero en sus obras aún nadie se ha fijado, ni en su volumen de cuentos “Las pistolas de John Wayne” donde niños vietnamitas bailan como Elvis para crear remolinos de arroz, ni en su colección de poemas “La esquiva sombra del Colióptero” que muchos jurados han leído sin percatarse que están frente a una poética distinta que amalgama sin equilibrio, es decir, en contradicción, la filosofía (del absurdo) y el cine, el sexo y la fatalidad, el viaje y la muerte, el tedio y la celebración etílica. Esta obra temprana, perfila la sombra de un creador cuyas obsesiones son el trastorno, la subversión, esa obsesión universal que es el tiempo, la memoria y la muerte como espera divertida: una mezcla de ironía y desdicha que se adivina en sus anotaciones accidentales desperdigadas en papelitos arrancados de cuadernos extraños.

Bailando en el abismo
El mundo de Jacobo es el mundo de cualquier joven contemporáneo que elige lanzarse al abismo por cuenta propia, sin esperar a que lo empuje el que aguarda su turno en la fila de jóvenes contemporáneos que quieren hacer cine, escribir novelas, viajar por el mundo, pero que sobre todo quieren, sin ofrecer toda su sangre, la gloria y el éxito. Como dijo Bolaño de Elroy, Jacobo mira al abismo con los ojos abiertos y encima de todo le baila el chachachá con una sonrisa de dientes amarillos y aliento de humo. Jacobo lo sabe por obligación, que primero hay que reventarse la crisma día con día, sin dejar de parir ideas, sin dejarse vencer por el anonimato. Por eso trabaja cada vez que puede, para ganar unos pesos y perderse después, durante días, con la extrañeza de sus amigos, en uno de sus viajes, algunos de los cuales no lo llevan más allá del baño de su apartamento, para regresar con un nuevo hijo entre los brazos (hijos que por otra parte tienen la condena, afortunada algunas veces, de dormir para siempre en una carpeta deshilachada que se perderá cualquier día de mudanza). El último de ellos, sin embargo (y quien sabe si por desgracia), se resistió al archivo y ahora ronda entre los seleccionados para la muestra Caja de Pandora del Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia. Es un cortometraje de 20 minutos realizado en 24 horas (6 de rodaje, 12 de edición, otras 6 de anotar ideas). Aunque sin contar las horas que gastó viajando hasta el Tolima –donde vive su familia-, y las invertidas en convencer –quería que saliera barato- a su padre y a su primo para que debutaran como actores naturales.

El transcurso del tiempo
Teoría de Catástrofes es una metáfora sentimental sobre el transcurso del tiempo, sobre la pérdida y también sobre lo que permanece, aquello que regularmente son ruinas o escombros. Los tres epígrafes que la encabezan, uno de Bolaño, otro de Thomas Bernhard y otro que parece de Drácula pero pertenece a la magnifica lucidez de Ingmar Bergman (“Nada es más terrorífico que la luz blanca del sol”), ya dejan adivinar que los 20 minutos subsiguientes serán ambiguos pero significativos, desolados y silenciosos, vivos y al mismo tiempo agónicos.


El paisaje es Armero y la historia es la de dos hombres que perdieron algo el día de la avalancha. Está la carretera como guest star, y los ruidos de los bichos y los pájaros y las tracto mulas que pasan a toda velocidad le ganan en protagonismo a los ademanes del hombre joven que recoge muestras en frascos de vidrio, como si estuviera armando un puzzle.


Por pura coincidencia, o quizás no, los planos son largos y lentos y la cámara permanece estática, dándole preponderancia a unas locaciones que dejan la clara intuición de la tragedia, una alegoría de la ausencia, tal y como sucede con el cine oriental de hace 50 años en el que los directores conservaban su propio sabor y no estaban manchados con los cánones que Hollywood y la tecnología imponen.


Se adivinan entonces las influencias, algo de cine iraní, de Atom Egoyan de Wong Kar Wai. Esa tendencia a la reconstrucción improbable, por lo tanto inexacta, del pasado. Los personajes transitan a través de los planos generales y los primeros planos, estrechos en el mundo del campo visual. Aparecen cortados. La fragmentación del cuerpo como declaración de inconformidad. Contraplanos que desorientan porque de lo general se pasa al detalle minucioso sin que se presente un exabrupto. Pero sin entrar al territorio de lo irreconocible. Para Jacobo, el sentido de la obra de arte debe ser ambiguo, que el espectador sienta una exigencia, que irrumpa en él una cefalea si no merece ser parte de un público que debe preguntar, cuestionar, desajustar, desbaratar y volver a armar, criticar por encima de todo.


Aunque la historia tampoco pretende ser indescifrable. “Un hombre viaja al lugar donde 20 años atrás una avalancha sepultó a su hijo, los muertos no descansan, crecen y clasifican sus rastros, y quien regresa, nunca se ha marchado”, definición que deja adivinar la arquitectura de la historia en forma de pregunta ¿Es el hombre que recoge muestras el espectro del niño sepultado? O ¿es la imagen del padre 20 años atrás, cuando era joven, feliz y no había perdido aún nada? La lectura puede hacerse a voluntad e incluso, pueden generarse nuevas interpretaciones, darle otros sentidos a una historia que aun a Jacobo se le aparece distinta cada vez que la mira.


Esta exploración de indicios que es Teoría de Catástrofes (una variante más del mito del eterno retorno) finaliza con un momento emotivo que hacen sentir los 20 minutos como la exégesis abreviada de los 20 años que han transcurrido desde la avalancha. El automóvil se aleja y uno de los hombres se queda. Luego, aunque debió ser un poema musicalizado de Neruda que habla sobre un pie que quería ser manzana, aparece una melodía que también es perfecta. Una canción de El Colectivo, grupo de música electrónica paisa, le da un clímax intenso al final, compuesto por las imágenes del Armero que quedó borrado del mapa, un pueblo que para nosotros tiene nombre porque la tragedia fue demasiado cercana pero que en el planteamiento del cortometraje puede ser cualquiera porque la desaparición es una promesa garantizada desde que la historia se desbocó en su camino de insospechadas ramificaciones.



El crepúsculo de la pornografía

Posted: miércoles, noviembre 01, 2006 by Godeloz in
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Las viejas salas de cine de la ciudad son ahora templos de oración llamados Centros de Ayuda Espiritual. Lo que exhibían algunas de estas salas, como el teatro Capitol, el Odeón o el Capri; contrasta con lo que se puede ver hoy en día. El espasmo fue reemplazado por la liturgia.

Sobre esta pared, donde antes se proyectaban las sombras y siluetas de las divas más voluptuosas, sensuales, arrojadas, estridentes, de la pornografía italiana, pende hoy una enorme cruz de madera y una sentencia: "Jesús es mi señor".

Las sombras que envolvían pantalla, escenario y silletería fueron reemplazadas. La penumbra ya no existe, no existen más esas sombras cargadas de humores íntimos y gemidos entrecortados que se hacían más rápidos y constantes a medida que los planos generales se convertían en el primer plano del coito y los actores de las películas se acercaban al estallido del orgasmo.

El público que asiste hoy al Capitol es muy diferente, no es el rebaño de mujeres y hombres solos que derrochaban el día en las funciones continuas de la sala x buscando la convulsión placentera del amor momentáneo. Ni el proxeneta o el dealer que, enmascarado en una oscuridad intermitente de 24 cuadros por segundo, movía en secreto los hilos clandestinos de su negocio. Tampoco entran ya los hombres metamorfoseados en voluptuosas mujeres para amancebarse con los anónimos espectadores ni los niños de la vida real que sufrían las vejaciones proyectadas desde la vida imaginaria. Quienes ocupan ahora las butacas no son los correligionarios del hedonismo ni los seguidores epicúreos de la libertad del cuerpo sino los miembros de otro culto que en sus inicios se reunía en lóbregas catacumbas y perdía adeptos en las mandíbulas de los leones: los cristianos. Ese discreto encanto de la pornografía, cargado también de una sincera crueldad, desapareció hace meses del Cine Capitol, hoy convertida en templo de oración o Centro de Ayuda Espiritual.

Las antiguas salas de cine de la ciudad, algunas de ellas por años especializadas en pornografía, están siendo ocupadas por estas iglesias cristianas que encuentran en los amplios locales un lugar propicio para congregar a los fieles. Sucedió con el teatro Odeón y con el Capri, también con el Capitol. Cuando el cine dejó de ser buen negocio, los viejos proyectores tuvieron que ser vendidos o archivados. Era común ver a la entrada de los teatros las butacas menos deterioradas, las menos rotas, las menos trajinadas, disponibles para la venta. Los afiches más clásicos del cine (El Mártir del Calvario, Marcelino Pan y Vino, La Profesora Sado, Tarzan de las Monas, la versión nudista de Por Siempre Cenicienta) fueron igualmente puestos en el cadalso de la compra venta. Cuando no hubo más que vender ni rifar ni cambiar, la única forma de sacarle partido a las salas en decadencia fue alquilándolas a los nuevos evangelizadores, pastores errabundos que viajan de país en país erigiendo templos y divulgando su mensaje en periódicos, programas radiales y series de televisión donde los devotos rinden testimonio de los innumerables milagros acaecidos por obra y gracia de la oración rigurosa y la devoción ciega.

Tocados por Dios

Pare de sufrir es el mensaje de la iglesia y es como si se prolongara en un pare de llorar, de estar desempleado, de padecer el dolor del cuerpo, el dolor del alma, de padecer cualquier dolor. Como si extendiera una invitación que dice venga, escuche esta historia, presencie esta otra, ponga el dedo en la llaga para que compruebe que no es burla. Vea que esta señora de Barranquilla iba a perder su casa pero después de llegar al Centro de Ayuda Espiritual su revolcada vida volvió a revolcarse, esta vez para bien. Sus acreedores le devolvieron el inmueble perdido y de la nada se vio con casa, carro y moto. Vea que a esta mujer, que sufrió toda la vida de nerviosismo, miedo, pesadillas, que fue atormentada por visiones extrañas y voces que la hostigaban en soledad, que se desmayaba constantemente, que era propensa a un soplo del corazón, que estuvo a punto de verse obligada a tomar drogas de por vida, a esta mujer el Centro de Ayuda Espiritual le cambió la vida, participó en una cadena de liberación y su semblante cambió, una sola palabra la hizo entender –por fin— que no estaba predestinada para el sufrimiento. Y vea que a este otro hombre que sufría de picadas en el corazón, este otro que navegaba en el alcoholismo, esta mujer, este niño, este anciano, todos fueron sanados, redimidos, regocijados en el Centro de Ayuda Espiritual.

Y entonces, ante esa aglomeración de voces, de historias reales, cómo no creerlo si tantos lo han vivido, si tantos dicen que realmente una mano divina les acarició la cabeza, cómo no acercarse al Capitol o al Odeón o al Capri para comprobarlo.

Oración fuerte

Es martes, son las 5 de la tarde y el primer encuentro del día acaba de finalizar. El antiguo teatro Odeón está desocupado a excepción de algunos cuantos fieles que perseveran en su fe y leen las escrituras desperdigados aquí y allá. Unos, de rodillas, con los ojos cerrados, fruncen el seño como tratando de liberarse de un gran dolor. Otros anidan en las sillas buscando una posición cómoda para esperar la última ceremonia a las 7 de la noche. Los empleados del lugar, vestidos con uniformes oscuros asean el altar, los pasillos, el vestíbulo. Antes de entrar una mujer me pregunta si voy a participar. Le digo sí y pregunto por el pastor. Señala a un hombre que habla con una mujer en las primeras bancas y me dice bien pueda, entre y espere al pastor G. Entonces, tomo asiento cerca de los dos interlocutores para escuchar la conversación. Por lo que puedo oír, ella acaba de participar en la sesión de oración y está muy inquieta. Es la primera vez que viene y no entiende por qué la gente gritaba y lloraba y se retorcía y se desplomaba. Me impresiona que la gente grite y diga que salga el diablo, dice. El pastor G dice que hay espíritus que quieren hacer sufrir. Sabemos que hay un espíritu adentro cuando las personas se sienten mal al orar fuerte, dice. Es una guerra espiritual entre ángeles y demonios, dice. La mujer empieza a decir que no cree en los líderes de las iglesias. Para mí son más malos que el resto de la gente y como la ignorancia puede más entonces la gente cree, sentencia. Sí, dice el pastor G, hay iglesias que buscan la plata pero aquí cuando la gente da es porque ha recibido. La conversación se prolonga durante varios minutos, la mujer interroga al pastor G y éste le da las respuestas, dice lo que Dios pide, lo que da, lo que quita. La mujer, al despedirse, promete que regresará. Pero es tan difícil cumplir tantas cosas que Dios nos pide ¡es tan difícil! Suspira.

Miro alrededor y fuera de ver la nueva iglesia, intento ver el viejo teatro donde tantas veces vine en mi niñez a ver las películas de karatekas que llegaban en ese entonces. Siempre venía con papá y luego empecé a venir solo hasta un día en que una niña de doce años se sentó a mi lado y me ofreció su cuerpo o su boca por unos cuantos pesos. Indignado salí del teatro y no volví de nuevo hasta hoy que espero al pastor G para someterlo al interrogatorio de rigor. Sin embargo, cuando sabe que soy periodista hace todo lo posible por no contestar. Bueno, debo prepararme para la oración, dice y me acompaña a la puerta donde una mujer le da un apretón de manos. Pastor, hoy vengo con tanta fe, yo creo que hoy sí se me va a cumplir. La mujer, con su blanca cabellera casi a ras del suelo, dispara una sonrisa cuando le habla al pastor y continúa caminando. Me pregunto qué enfermedad la aqueja, cuánto dolor han soportado estas personas para encontrar sosiego en el ritual de la oración.
6:30, salgo del Odeón, son las 6:30 de la noche y me dirijo al Capitol donde una particular ceremonia está a punto de empezar.

Algarabía de fe

Cuando estaba en el Odeón y vi la piscina inflable, pensé que allí se hacían bautizos pero en el Capitol, al preguntar por la piscina inflable del altar, el pastor K me dijo que era agua del estanque de Sinoé. La trajo el Obispo que estuvo en un viaje por Tierra Santa. Quédese en la ceremonia y participa. Hoy es martes de sanación pero también puede venir los sábados de casos imposibles, la gente va a poder tocar el manto que el Obispo consagró en la tumba del señor, dice el pastor K.

Las personas empiezan a llegar, puntuales. Vienen con sus pequeños hijos que apenas sueltan las manos de los mayores inician ese eterno recreo en el que viven. Gritan y ríen, apabullantes, sin hacer caso de las amonestaciones adultas. Cada vez son más numerosos los feligreses y cuando el pastor toma el micrófono para dar inició a la ceremonia, todos, como anonadados, se ponen atentos. Entonces, después de las primeras palabras, el pastor invita a hacer una fila para tocar el agua sagrada de Sinoé y empezar con la sanación. Se acerca al primer feligrés. Introduce sus manos en la piscina inflable, sujeta a su segador de la cabeza y ¡sal demonio del dolor! Dice, grita, ruge: ¡sal demonio de la inflamación! ¡Sal enfermedad! Y el devoto con su frente abrazada por las manos y el ímpetu del pastor se sumerge sin remedio en un trance de convulsiones.

El pastor, deposita al obnubilado feligrés en las manos de sus ayudantes para que éstos terminen con el rito y así, cada uno, va pasando por un tipo de exorcismo. Sal demonio de todos los demonios es lo único que se escucha en la antigua sala x donde la convulsión persiste, una convulsión hipnótica que hace a aquella mujer agitar sus manos y aquel hombre desmayarse sostenido por tres y hasta por cuatro ayudantes mientras el pastor sigue ordenándole al demonio del dolor, de la inflamación, de la purulencia, de la deformidad, de la terquedad, del vicio, que abandoné los cuerpos de los que ya decidieron dejar de sufrir y para hacerlo gritan, oran, se convulsionan. Estremecidos, toman asiento los ya exorcizados y algunos sosteniendo su cabeza con el pilar de sus brazos rezan en un bisbiseo apurado mientras el pastor continúa con su invocación y las personas que faltan chapotean en el agua de Sinoé de la piscina inflable.

En la entrada lateral del teatro, algunos curiosos se han aglomerado para ver el ritual. En sus rostros veo los rasgos de la curiosidad, el gesto de la burla, ese ademán inconfundible de la envidia, veo incrédulos, escépticos, creyentes con aprensión de dejarse zarandear de esa forma y otros creyentes que definitivamente prefieren la misa de los domingos. Cuando el ensordecedor ritual finaliza hay un silencio que parece el primer silencio de la tierra. Pausadamente el rumor de la calle se toma el interior del Capitol, un rumor que no ha cambiado en los últimos años. El traqueteo de las carretas de los vendedores ambulantes, un tac tac de tacones altos, de notas musicales manando de los bares de salsa, de automóviles a toda velocidad y a toda lentitud, los afanados y los que pasean con paciencia de astrónomo escogiendo las estrellas para su noche enloquecida. En la fachada del capitol ya no están escrito el nombre de Eva Henyer, el de Stephanía Sartori, el de Nikita Doll, esas divas del libertinaje, sino que un enorme letrero: Cine Capitol Centro de Ayuda Espiritual es el encabezado que gobierna esta calle Barbacoas en la que avanza una noche inexorable de algarabía y sexualidades ambiguas que se ofrecen recostadas en las puertas cerradas del templo.

Los marcianos

Posted: martes, octubre 31, 2006 by Godeloz in
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"¿Es posible que un hombre tenga razón aunque el resto del mundo crea que está equivocado? No pensemos en eso, sometámonos, animémonos y apretemos el gatillo."
Ray Bradbury. Crónicas marcianas.



Sonaba la estática en la radio y la señora K. no podía encontrar la música cotidiana que calmaba el aire enrarecido de Marte. Casi al borde de la desesperación, la Señoara K. lanzó un grito al vacío de cristal que la rodeaba y golpeó el aparato. Un corto circuito. La voz frenética de un marciano anunciaba el acontecimiento del día: habían llegado los vecinos del tercer planeta en sus naves plateadas de titanio, disparaban rayos láser contra los monolitos ancestrales de los valles, descargaban miles de huevos atómicos sobre las ciudades, las explosiones aniquilaban la población y pronto, muy pronto, llegarían al pueblo de la Señora K. Era el fin. 

Enloquecida, la señora K. corrió a despertar a su esposo. El señor K. descansaba tranquilamente en el sillón. El sol se derramaba en su boca viscosa. "Qué demonios pasa, mujer. ¿No ves que soñaba con marcianitas voluptuosas de electrizantes antenas?" La Señora K. conectó el cable de la radio a una de las antenas del Señor K. y este enmudeció de pánico. Tomó a su esposa de la mano y saltó por la ventana. Descalzo, casi sin aliento, el Señor K. recordó que no se había puesto los pantalones y regresó a la casa por ellos. "¿Qué pasa?", gritó la mujer." "Si he de morir a manos de los terrícolas, que no sea mostrándoles el culo", respondió el Señor K.  

La señora K. esperaba a su marido mientras centenares de personas la estrujaban. Las calles estaban llenas de esposas enloquecidas. Esposos semidesnudos que corrían con sus traseros al viento. Los niños perdidos lloraban por sus madres hasta cambiar a un color ambarino. Las ratas se deslizaban por los callejones  y se adentraban en las catacumbas marcianas. Los vehículos arrollaban a las personas. Los más radicales se hacían un hara-kiri marciano pues se indignaban de que sus científicos no hubieran podido prever la invasión terrestre. ¿No decían que había demasiado oxígeno en la tierra? ¿que tanta agua hacía la vida imposible? Se preguntaban los marcianos antes de abrirse el estómago con un cuchillo.

El pueblo era un caos. Cuerpos aplastados saturando el aire. Marcianos aplastados por los cuerpos que caían. Científicos lanzándose de los edificios más altos. Un ejército preparándose para la guerra. Templos repletos de creyentes le suplicaban a los dioses misericordia. Las tiendas de abarrotes destruidas y saqueadas. La señora K. aún esperaba a su esposo. Esquivando la horda conglomerada en las calles, entró a su casa y lo vio cagado de la risa. Todavía con el trasero al viento y el cable de la radio conectado a su antena. "Era ficticio. La invasión, la guerra, todo era ficción. No ha ocurrido nada. No han llegado los del tercer planeta. El locutor acaba de decir que ni siquiera existen", dijo el Señor K. La señora K. también sonrió. Cerró la ventana. El sol ya no se derramaba. 

Muchos marcianos muertos, muchos niños perdidos. Suficientes líos por un día. En la noche, mientras las lunas iluminaban los áridos valles de Marte, alguien pensaba, antes de irse a la cama, que tal vez en algún lugar del vasto espacio, otro mortal miraba al infinito pidiendo a los dioses ser el único en el universo.                 

Últimos días de arrabal

Posted: martes, septiembre 26, 2006 by Godeloz in
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En Medellín, el tango es una fiebre que aumentó con la muerte de Carlos Gardel, el hombre que todos los días canta mejor. A 70 años del accidente que consumió la vida del Zorzal Criollo en el Aeródromo Las Playas, la pasión por la música del arrabal empieza a salir de un prolongado letargo.

En aquellos días, muy lejanos ya, Gardel había muerto envuelto en una llamarada como sólo los grandes saben morir. Buenos Aires quedó conmocionada, el fuego que se llevó al Zorzal Criollo se extendió como una mancha de aceite en los corazones de los porteños y, enfebrecidos, empezaron a llorar para siempre la partida del más grande. Pasaban los años y era como si no hubiera transcurrido un día, el tiempo se congeló para los tangueros de alma. Se volvió ingrávido, como la secuencia de una pareja que baila tango congelada en una gota de ámbar, trazando los firuletes propicios y necesarios para una seducción sin palabras: sólo la pierna de la mina rasgando el aire en forma de látigo, azotando la entrepierna del guapo enjailaifado. Buenos Aires era un móvil daguerrotipo de músicas y azares y luces que parpadean: un rincón arrabalero bajo un toldo de estrellas.

Luis Pérez no tenía ni idea de lo que era un tango, una milonga, un bandoneón. Pero por coincidencia o predestinación, le llegó a sus manos la música adorada de obreros y ferroviarios, de matarifes y malandrines, esa melodía de los orilleros, marinos y cuarteadores del Río de la Plata. Le llegó la música en forma de bandoneón. A su madre se le ocurrió la idea de comprarle ese instrumento que más parecía la elefantiasis de una oruga.

De improviso, aunque al parecer fue un evento premeditado, se vio sumido en un aprendizaje solitario idéntico al aprendizaje del amante. Aprendió a estirar el fuelle y a comprimirlo para arrancarle gemidos que eran tango, que eran calle y arrabal. Sobre sus piernas, el instrumento se arqueaba como un cuerpo de mujer, aunque definitivamente las lengüetas y botones nunca podrían superar las curvaturas enajenantes de las garúas de los boliches de San Telmo.

Así llegó el bandoneón a su vida, de una manera similar a como llegó a Buenos Aires o como dicen que llegó a Buenos Aires: Muchos años antes de mil ocho ochenta, en un barco alemán con un marinero que bajó a los bares del puerto buscando una borrachera y tal vez un amor. Cuentan que lo primero sí que lo encontró, se embriagó en cualquier peringundín de Palermo o La Recoleta, tal vez en uno de tantos sitios prostibularios de La Boca, y a la hora de salir, se encontró sin dinero para pagar la cuenta, sólo tenía una cosa en la qué caerse muerto: su bandoneón. "Total", puede que se haya dicho (aunque en Alemán), "más vale regresar a bordo, solo como he desembarcado, que perder la vida en un lupanar". Y dejó el bandoneón en prenda. Si hizo la promesa de regresar después por él, quizá regresó muy tarde cuando el instrumento ya había desplazado a la flauta de los conjuntos, cuando ya había pasado por muchas manos, cuando ya era un árbol en medio del bosque porque otros bandoneones llegaron al puerto para llenarlo no sólo de polkas, habaneras, valses y mazurcas sino de la música del hombre de ciudad, aunque una ciudad que era tal en las orillas: tango, palabra que designaba en un comienzo a los lugares donde los negros se reunían para bailar y hacer llorar sus tambores.


El tango a cuestas

A la par que crecía la leyenda de Gardel, creció Luis con el tango a cuestas. Primero tocando en una orquestita del barrio, después en el centro y después, a los 24 años, en el mundo entero. Salió de Buenos Aires para recorrer América. Faltarían dedos para contar sus viajes pero sobrarían bastantes para hacer un recuento de sus regresos.

Su gira, enrolado en la orquesta de una estrella, duró casi 15 años. Cantando en todas las ciudades desde La Patagonia hasta las Rocallosas, la orquesta del cantor Raúl Iriarte fue y volvió tres veces. Cada gira les llevaba 5 años, un viaje que arribaba a todos los puertos: Santiago, Lima, Quito, Caracas, Bogotá. Asunción, La Paz, Río, Medellín. La Habana, Panamá, México, Managua. Cada viaje, ya sea en tren, barco, bus, los demoraba una eternidad, más tiempo del que cualquier marino pasara en el mar sin volver a casa. Hasta que ya no había ciudad donde no los hubiesen escuchado y quisieron, Raúl y Luis, anclar por fin, volver a tierra firme. La Itaca de ellos fue Bogotá. Entre los dos, pues los demás músicos regresaron al Buenos Aires querido, montaron el “Restaurante y salón de té Raúl Iriarte”. En ese año muere el némesis de Al Capone, Elliot Ness; se estrena la película de James Bond Desde Rusia con Amor, se crea en Viena la Agencia Internacional de Energía Atómica y Silvia Plath conoce a su mejor amiga, es 1957. El Restaurante es todo un éxito, el tango es el delirio de los solitarios, que en ese entonces eran muchos (como ahora, como siempre), otros artistas reconocidos como Iriarte debutan en el escenario y los discos de Gardel son reclamados por alicorados seguidores.

Llegaron a Colombia pero el tango ya había llegado desde muchos antes aunque su aparición no quedó registrada en ningún documento de aduana. Su llegada a Colombia es, como todo lo que suene a tango, rodeada por un hálito ambiguo de fluctuación. Las versiones van de una anécdota a otra sin que se compruebe ninguna. Tan fácil como pudo llegar con el cine mudo, acompañando los impresionantes bailes de Rodolfo Valentino, pudo llegar con alguna orquesta venida a menos: músicos trashumantes buscando fortuna en las ciudades provincianas de la América del Sur. Sin embargo, la versión más aceptada es la que embarca una carga de discos de 78 revoluciones desde Argentina hasta Colombia. Por una de las caras los discos tenían las canciones de los músicos locales y por la otra los tangos que para aquella época eran desconocidos. Así fue expandiéndose el tango en Colombia, cargas de discos transportadas a lomo de mula y luego en barcos de vapor, que subían de puerto en puerto por el Río Magdalena y de estación en estación en la panza del ferrocarril.

En todas las ciudades que encontraban a su paso el tango ya era el dueño y el señor. En Medellín no fue distinto. Los trescientos mil habitantes que encontró el tango a su llegada, para la década del 50, se habían más que duplicado. Igual que Buenos Aires creció por los inmigrantes italianos y portugueses y sajones y judíos, Medellín se había poblado por los inmigrantes del campo que llegaban en el tren, así como llegaron a Buenos Aires, encerrados en el vientre de los buques, los primeros hablantes del lunfardo esa lengua de chachavaces, poligriyos, rantifusos, chamuyadores y escrushantes.

Los alrededores de la Estación Medellín estaban invadidos por un sarpullido de boliches y cafetines que rodeaban la plaza de mercado El Pedrero, donde Luis y sus compañeros músicos encontraron esos hombres de vida peligrosa que también se deslizaban en su ciudad natal: Compadritos, Guapos y Varones, aunque aquí se les llamaba diferente, se movían, con un contoneo de alacrán, de bar en bar por Guayaquil.

La orquesta de Raúl Iriarte, dirigida por Luis, tocó en la mayoría de los bares de guayaco, pero a ellos nunca les pasó nada porque eran los tangueros. Con sus trajes elegantes y sus instrumentos afinados, pasaron por los escenarios más importantes: Los bares Armenonville, La Bayadera, el Málaga, el Triana, La Gayola. En todos ellos tocaron revestidos de una gloria que no los dejó cuando la orquesta se fragmentó, ni siquiera cuando el Restaurante que abrieron en Bogotá cerró sus puertas y Luis se quiso ir para Caracas a trabajar de hotelero durante 15 años, dejando el Bandoneón para sus horas de vigilia, para sus horas solitarias. Pero el tango se lleva en las venas como una fiebre, una lengua de llamas, y con la convicción de que el tango nunca muere y nunca morirá, Luis volvió a su instrumento, tocando de nuevo en todas las ciudades. Viviendo en Bogotá sin regresar a Buenos Aires regresó a su bandoneón como se vuelve al primer amor.

A la sombra de la ciudad desaparecida

Posted: lunes, septiembre 25, 2006 by Godeloz in
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Buena parte de los sobrevivientes de Armero se establecieron en Guayabal, Tolima, una población que creció a raíz de la tragedia y que ahora lucha por sobrevivir a una crisis económica con un doloroso recuerdo a cuestas.

Todavía, cuando pasa por las ruinas de la antigua ciudad, que ahora no es más que muros envejeciendo sin remedio entre una maraña de monte, José Rubio siente una terrible depresión que lo hace llorar. Piensa en los hijos que desaparecieron en Armero y el cansancio de los primeros meses vuelve a cernirse en su cuerpo como si nunca hubiese dejado de buscar, como si hubiera pasado cada día de estos 20 años caminando por las ciudades, en los asentamientos de damnificados, tocando en cada puerta y escrutando cada rostro con el afán de reconocer a la familia perdida una noche en la que él estaba lejos.

Aún guarda las fotografías de sus hijos en la billetera, junto a su carné de damnificado. Viejas fotografías de hace 20 años que ahora están amarillentas, roídas en los bordes, borrosas, veladas con luces y sombras que recubren los rostros de un aire irreparable de mortandad. Incluso, su propia fotografía tiene esa especie de velo de tristeza. Veinte años atrás José Rubio envejeció de golpe. Desde que escuchó por radio la noticia de la avalancha, entró en un decaimiento que se reflejó en los surcos que aparecían en su cara, en las canas que se multiplicaban en su cabeza, en las ojeras que crecían bajo sus tristes ojos. La piel se pegó más a los huesos. La espalda se curvó hacia delante. La mirada cayó en picada hacia una opacidad que lo aisló del mundo, confinándolo en una realidad de ilusiones donde él permanecía al lado de los suyos, acompañándolos en el último momento, muriendo con ellos. Aunque no perdió la esperanza de encontrar un día a alguno de sus 4 hijos con vida.

Desde que salió de Barranquilla, ese jueves 14 de noviembre de 1985, la única idea que tenía en la cabeza era la de buscar sin dar tregua.

Llegó a Honda, Tolima, después de viajar durante 18 horas. El caos vial que produjo la avalancha hacía imposible transportarse hasta Guayabal y tuvo que recorrer los últimos kilómetros caminando junto a una masa de peregrinos cuya esperanza común era la de encontrar sobrevivientes. Llegaron a Guayabal al atardecer, desesperados, sedientos. José no estaba preparado para encontrar las montañas de cadáveres que los cuerpos de socorro arrumaron en el parque central, que para ese entonces era apenas un pedazo de tierra amarilla donde los fines de semana peleaban los gallos.

Haciendo de tripas corazón, José Rubio inició su búsqueda entre los muertos. Intentaba reconocer a su familia entre los cuerpos, que uno tras otro, sin parar, descargaban los helicópteros. Hasta que la necesidad de ir al sitio del desastre se le hizo inaplazable y abordó uno de esos enormes moscardones que sobrevolaron la ciudad desaparecida. Tampoco estaba preparado para ver a su pueblo convertido en una mancha gris, en una playa. Una imagen que nunca, en lo que le queda de vida, se apartará de su memoria aunque con todas sus fuerzas sí quisiera olvidar.

Ese día José no encontró a nadie y los días que siguieron tampoco. Buscó en todos los pueblos vecinos durante semanas y llegó a Bogotá para seguir buscando. Sabía que una gran cantidad de damnificados habían sido trasladados a la capital, donde se erigieron varios asentamientos, y los recorrió uno por uno, desplazándose a pie de un lugar a otro porque creía que si tomaba un bus perdía la oportunidad de toparse en la calle casualmente con un hijo. Visitó cada clínica de la ciudad. Si se enteraba que en determinado sitio la Cruz Roja repartía mercados o ropa a los damnificados, José aparecía preguntando por los suyos sin acordarse de que él también lo había perdido todo y necesitaba de las ayudas. No encontró a nadie en Bogotá ni en los demás pueblos adonde se habían desplazado los damnificados. Lérida, Líbano, Ibagué… En cada lugar la búsqueda era infructuosa y entre una decepción y otra José envejeció de golpe porque no le quedaba remedio, porque el tiempo transcurría para él con doble fuerza, sentía un día como un año en el que la nostalgia se aproximaba demasiado a la locura y después a la más horrible desesperanza. Y decidió que no era capaz de aguantar más, que no seguiría buscando, que ya era suficiente. Lo decidió a la media noche mientras el bus en el que viajaba descendía por la carretera en el cañón del Chicamocha. Se dirigía hacia la Costa en la vía que conduce de Bogotá a Bucaramanga. Contemplando por la ventanilla la absoluta oscuridad tomó la decisión inalterable de no buscar más y arrojarse para siempre en el abismo, donde las nubes que impedían divisar el fondo se le hicieron semejantes al desierto de lodo en el que quedó convertida Armero. Detuvo el bus e intentó bajarse pero tal vez la expresión de su cara era demasiado evidente como para alarmar al conductor.

-Aquí no hay nada que buscar, esto es solamente un abismo- , dijo entonces el conductor y cerró la puerta adivinando las intenciones nefastas de José, que siguió recorriendo todas las ciudades, buscando en los barrios de damnificados, aproximándose sólo una vez a lo que desde hacía tiempo esperaba.

Alguien le dijo que había visto con vida a uno de sus hijos: “Está muy grave en el hospital pero está vivo”. Más tardaron en decirlo que él en llegar a la clínica. Hasta ese momento no sabía lo que significaba la alegría. En efecto, en la clínica había un paciente llamado José William Rubio, como su hijo de 23 años. No volvió a sentir desde ese día una emoción tan grande. Encontrar un hijo que creía perdido en una avalancha, que consumió la vida de 26 mil personas, era para José una gracia divina. Pero del mismo tamaño de su alegría fue el tamaño de su desencanto cuando supo que el paciente hospitalizado era un homónimo al que le faltaba el segundo apellido para ser su hijo sin discusión. Así le ocurrió muchas veces, se topaba con personas que decían haber visto a uno de sus hijos en una clínica, en un asentamiento o en un barrio y a todos los lugares llegaba José ignorando de todas formas las sospechas de nuevas decepciones.

Le costó mucho trabajo hacerse a la realidad y empezar a reconstruir su vida. El tiempo dedicado a buscar no le dio espacio para anotarse en los planes de vivienda que se desarrollaron en Armero-Guayabal y en los municipios circundantes. Así que por su propia cuenta, trabajando en lo que podía, José sobrellevó todos estos años al lado de su nueva familia.

Borrados del mapa

A sus 74 años José siente que es mucho más joven que en esa época de caminar sin rumbo, solo, sin que el azar lo premiara. Ahora trabaja, desde las 6 de la mañana, en una pequeña caseta situada en el parque de Armero-Guayabal frente a la iglesia, viendo transcurrir los días monótonos y calurosos de esta región del Tolima, y extrañando un mejor tiempo que, igual que Armero, quedó borrado del mapa.
“En Armero sí había trabajo, era una ciudad de tanto ambiente que a lo que uno se dedicara eso le daba de comer. Ahora este pueblo parece el cumplimiento de una profecía que dice que en los últimos tiempos la gente correrá de aquí para allá buscando un sitio mejor sin encontrarlo, volviendo siempre al mismo punto”.

La caseta donde vende refrescos y comida la cierra a las 6 de la tarde, cuando empieza a oscurecer. Aunque a esa hora, la luz y el calor parecen resistirse al ocaso. Incluso los pájaros, desde las ramas de los árboles, irrumpen con un canto de muchedumbre que hace parecer como si apenas amaneciera.

Armero-Guayabal, entonces, se puebla de motos y bicicletas que suben y bajan por las calles pavimentadas elevando sin embargo una muy leve nube de polvo.
El pueblo tiene la forma de un caparazón irregular de armadillo: ovalado con puntas que sobresalen en una perfección geométrica determinada por los nuevos barrios que se construyeron después del desastre.

Antes, cuando su nombre era uno sólo, Guayabal hacía parte de Armero, era la antigua Inspección de Policía y su vida giraba en torno a la ciudad blanca y en torno a la carretera. Los fines de semana los armeritas visitaban el pequeño caserío buscando el placer del trago, los gallos y las prostitutas.

Desenterrando a los vivos

Después de la erupción del Nevado del Ruiz, cuando la segunda ciudad del Tolima quedó sepultada bajo 6 metros de lodo, lava, escombros y cenizas, Guayabal se convirtió en uno de los principales centros de operaciones donde se ubicaban campamentos y se arrumaban los cadáveres como leña. Así lo recuerda José Rubio y lo comenta desde su caseta mientras los esposos Hernando Prada y Amanda Santos de Prada, quienes cada noviembre viajan desde Bogotá a Armero-Guayabal, recuerdan cómo vivieron el desastre.

“Estábamos en Bogotá y sabíamos que algo había pasado, no alcanzábamos a imaginarnos qué. Empezamos a llamar a todo el mundo a las 6 de la mañana de ese jueves y nadie contestaba, cuando escuchamos por radio al capitán Rivera, el piloto del avión de fumigación, diciendo que Armero había desaparecido, que no se veía ni la cúpula de la iglesia. Fue terrible imaginarse así al pueblo. También recordamos que pasaron una grabación del alcalde Ramón Rodríguez diciendo que se había entrado el agua al pueblo. A él se lo llevó la avalancha mientras alertaba con un megáfono a la gente, pero ya era demasiado tarde.

“En las noticias advertían que nadie podía viajar, que las carreteras estaban cerradas, pero se nos presentó la posibilidad de viajar en un helicóptero de la Presidencia. Viajamos el viernes hasta Honda. Cuando llegamos a Guayabal vimos que el tren salía con sobrevivientes, gente cubierta de lodo, como figuritas de cerámica. Fue la última vez que vimos el tren, después se llevaron los rieles.

“Era impresionante ver en el parque los cadáveres acostados, todos desnudos. La avalancha les arrancaba la ropa y después la piel, era horrible. Hasta los sobrevivientes quedaban desnudos. Los socorristas limpiaban los cadáveres con una manguera y otro grupo de hombres les tomaban la carta dental. Les abrían la boca, les sacaban las piezas de oro y las metían en una bolsa. En ese momento no había luz ni autoridad.
Nosotros elegimos un grupo de hombres para que fuera caminando hasta Armero a buscar familiares sobrevivientes. Como la carretera estaba invadida de lodo, nos fuimos por el campo y llegamos por la parte alta del pueblo. ¡Era verdad lo que había dicho el piloto! No se veía ni la cúpula de la iglesia, todo estaba arrasado, Armero era un playón. Se escuchaban los lamentos de la gente y en el sector del cementerio se escuchaban perros y gatos ladrando y maullando. Encontramos a un señor embarrado que nos dijo: ‘Caminen me ayudan a sacar a mi papá’. Era un señor que estaba atrapado como Omaira y los hijos intentaban sacarlo cavando a los lados. Es que Omaira fue un símbolo pero mucha gente quedó atrapada como ella.

“Mi tía, Lucía Fernández, (dice Hernando Prada) también quedó atrapada hasta el cuello. Unas varillas le aprisionaron las piernas. Ella sobrevivió y nos contaba que cuando estaba enterrada en el lodo veía gente caminando en el lodo y arrancando las joyas a los cadáveres. Eran saqueadores que se aprovecharon de la situación. Sin embargo ella, tratando de ocultar las orejas para que no le arrancaran los aretes de oro, los llamó para que la auxiliaran.

“Después de ayudar a rescatar al señor atrapado caminamos por el cementerio donde había gente refugiada porque hasta ese lugar no alcanzó a llegar la avalancha. Se escuchaban lamentos por todos lados. Nos causó mucha curiosidad un hombre extendido en medio del cementerio, como si estuviera dormido. Estaba muerto pero limpio. No se sabe de qué murió. Cuando llegamos al barrio donde vivíamos, todo estaba destrozado, las puertas de las casas abiertas y las calles vacías. Ya habían rescatado a mi mamá y a una sobrina y entonces regresamos. Ellas estaban ya en Bogotá y salimos de Guayabal, lo más triste de todo era ver la cantidad de sobrevivientes saliendo de Armero con sus cositas al hombro sin tener un lugar dónde llegar”.

Una sombra de 20 años

Pero sí tenían dónde llegar: Guayabal, uno de los lugares donde más concentración de sobrevivientes hubo. Aunque es como si no hubieran llegado a ningún lado. Esa es la sensación general de los sobrevivientes que se establecieron en este municipio, que después de la tragedia adquirió un doble nombre, una doble identidad caracterizada por la dificultad económica predominante y el recuerdo de una ciudad que ya no existe pero que todavía ejerce una presencia evidente en la añoranza de quienes la conocieron calle por calle.

En Armero el comercio y la actividad agrícola eran una fuente de empleo para los pocos habitantes del viejo Guayabal. Tabernas, supermercados, joyerías, ferreterías, entidades bancarias, cooperativas, y otros establecimientos la convertían en la segunda población más importante del Tolima después de Ibagué. Aunque como en todas las poblaciones había problemas de pobreza, su prosperidad se extendía en la región haciendo llegar esquirlas de ese progreso a los pueblos más cercanos.

Marina Ospina vivía en Guayabal y trabajaba en la Tesorería del Municipio de Armero. El 13 de noviembre de 1985 estaba descansando en su casa cuando desapareció el pueblo que le daba sustento a su familia. Se quedó sin trabajo. “Armero era hasta una bendición para las familias pobres. Los sábados las calles se llenaban de niños de Guayabal que madrugaban desde las 4 de la mañana para vender tamales de puerta en puerta. Trabajaban todo el día y casi siempre lo vendían todo, yo me quedé sin trabajo pero me he sostenido gracias a Dios, ahora estoy dizque censando”.

La sombra trágica que cubrió a Colombia hace 20 años parece oprimir con más intensidad a personas como Marina, porque 1985 fue el año de un cataclismo imposible de olvidar, más aún cuando el crecimiento de Guayabal ha sido a medias. Su población se triplicó después del desastre. Su nombre cambió a Armero-Guayabal. Su división territorial pasó de Inspección de Policía a Municipio. El número de barrios aumentó por esa oleada de caridad extranjera que le brindó techo y cobijo a los sobrevivientes.

Alrededor del viejo Guayabal creció uno nuevo, paralelo, simétrico. Conjuntos de casas agrupadas bajo los nombres de las fundaciones que los construyeron. Barrio Cruz Roja Bavara, Barrio Suizo, Barrio Minuto de Dios, Barrio Pastoral Social, Barrio Visión Mundial, Barrio Ayudémonos, etc. Tantos nombres de organizaciones extranjeras parecen el testimonio innegable de la torpeza de las entidades nacionales, que no estaban preparadas para distribuir las donaciones que llegaban del exterior, y de la corrupción que se tragó una buena parte de las ayudas.

Alto riesgo

Luego de la erupción del Nevado del Ruiz, los sobrevivientes buscaron un sitio para erigir de nuevo el municipio. Algunas haciendas de la región fueron candidatas pero se encontraban en una zona donde podían ocurrir calamidades si se presentaba otra erupción. Cuando parte de la población empezó a trasladarse a Guayabal, Ingeominas determinó que no se encontraba en zona de alto riesgo y nació el municipio. Aunque no como el antiguo, pues la población se dispersó por ciudades como Ibagué, Bogotá, Armenia, Líbano y Lérida.

El actual secretario de Planeción de Armero-Guayabal, Octavio García Barón, un sobreviviente de Armero, dice que el municipio se ha desarrollado en la parte física pero el estigma de la tragedia ahuyenta a los inversionistas. “Antes, el agua se cargaba en burro, ahora hay acueducto, sin embargo la economía está frenada, hay mucho desempleo”.

Y esta situación se hace evidente dando un paseo por las calles del Pueblo. Sobre la calle principal, una larga avenida de dos carriles por donde niños, adultos y ancianos se movilizan en bicicleta, se ven personas que esperan a que pase el día sentados en sus sillas mecedores, viendo la televisión desde el zaguán de sus casas, intentando recibir aire fresco, que es un aire inmóvil y seco.

Los pocos locales comerciales son restaurantes, panaderías o tiendas, alguna farmacia, algún hospedaje adonde nunca van a parar los viajeros porque en el pueblo no hay nada que ver, ni siquiera el lugar del desastre que ahora pretenden convertir en atracción turística. La economía familiar, en muchos casos, tiene que completarse con rifas que casi nadie compra porque el premio, la mayoría de las veces, es un celular que ya nadie necesita.
Sobre esta avenida está el único semáforo del pueblo, colgado de cables como un condenado a muerte. No funciona y es otro fantasma porque es un semáforo rescatado de entre los escombros de Armero.

La gente, además, se está yendo para mejores parajes. A pesar de que la actividad agraria de Armero-Guayabal es una fuente de empleo, la mano de obra que se necesita no basta para la cantidad de desempleados, la maquinaria hace casi todo el trabajo y pueblos como Mariquita, Honda o Lérida, ofrecen más oportunidades. El riesgo está entonces en que la cantidad de habitantes no sea suficiente para conservar la condición de Municipio. Los funcionarios del Dane, que actualmente adelantan el censo nacional, estiman que la población de Armero-Guayabal es de 16 mil habitantes, cifra que haría entrar al municipio en ley 550, convirtiéndolo en corregimiento.

La dejadez se hace notar a pesar de los esfuerzos de la Administración Municipal. Hasta el cementerio es una faceta del abandono que habla de cierto sino trágico que, como una mancha de alquitrán, no se despega de la vida del pueblo: la maleza borra los senderos, el agua de los floreros acumula legiones de mosquitos y las tumbas desaparecen tras un maquillaje de musgo, moho y telarañas. Casi no hay flores para los muertos y las fosas comunes donde fueron enterrados los armeritas que no pudieron ser identificados permanecen olvidadas en la parte posterior del cementerio. Algunos epitafios hacen el intento de recordar el desastre, tratan de rendir un homenaje a los miles de desaparecidos sin nombre que yacen todavía bajo el lodo endurecido, pero el tiempo fue borrándolos con la misma furia de la naturaleza que anuló al pueblo de un tajo definitivo sin dejar un solo chance para la reconstrucción.

Intento de una ciudad invisible

Posted: viernes, septiembre 22, 2006 by Godeloz in
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La ampliación de una congestionada avenida en Medellín generó la demolición de algunas viviendas, pero sobre las ruinas han aparecido algunas presencias inquietantes y conmovedoras.

Así son las cosas, tras 42 años de habitar la misma casa, todo resultó inútil a la hora de intentar frenarle el paso a esa fuerza de la naturaleza humana llamada progreso. Francisco Bedoya, con sus hijos, tuvo que recoger sus cosas y marcharse. Dice que sin tristeza. Dice que al final lo único importante es la familia. Dice que sólo lamenta esa especie de sentimiento desolado que se le incrusta entre pecho y espalda de vez en cuando. Tal vez cuando camina sobre las ruinas de lo que era su viejo vecindario.

Extinción masiva

Testigos de la demolición que aconteció sobre la carrera 65, en el barrio Castilla, fuimos todos. Un proceso tan parecido a la descomposición de un cadáver, que asusta. Primero, el éxodo humano que abandonaba los hogares, como cuando escapa del cuerpo el último aliento. Después sobrevino un deterioro consecutivo que, conforme iban pasando los días con sus noches, se transformaba: Habitaciones vacías expulsando sombras a través de las ventanas, fachadas cayéndose a pedazos, vidrios rotos, puertas arrancadas de sus bisagras, muros que iban sucumbiendo a la depredación, suelos desmantelados, azulejos finamente extirpados de las paredes, grifos hurtados en medio de la noche, paredes que finalmente fueron reducidas a escombros por hombres que madrugaban a martillar y cincelar las junturas de cemento… Como aquello que se supone debe pasar en las guerras o en una explosión nuclear o en una extinción masiva.

Esos esqueletos de viviendas no tuvieron chance de persistir en el tiempo, así no son las cosas en las ciudades. En las ciudades todo cambia, siempre, sin pausas, sin nostalgia; ninguna esquina, edificio, calle, permanece sin alteraciones. Cada estructura aguarda sobre sus cimientos el momento de la demolición y también el de la reconstrucción. Quizás la memoria sea el único lugar del tiempo y el espacio donde persistan los lugares, aunque ya sabemos que allí las sombras también urden el cambio.

Escena de fantasmas

Donde antes habitaba la familia de Francisco, pasarán a toda marcha, muy pronto, automóviles, buses, motocicletas, enormes camiones.

Sólo queda una pared con el rastro de la presencia humana. Al ser demolida toda esta cuadra, sobre las paredes laterales de las casas contiguas sobreviven las huellas de lo que antes era un baño, una sala, una cocina, las escaleras para subir a una habitación o el zaguán que conducía a un patio. Esos lugares alguna vez habitados son hoy apenas un reducido escenario para los fantasmas.

Los artistas secretos


Cuenta Francisco que una tarde, cuando los obreros que trabajan en darle forma a la gran avenida ya no estaba, llegaron dos jóvenes artistas. Cazadores en esta selva urbana de presencias, de espectros. Llegaron para librar la batalla que de antemano todos llevamos perdida, esa que es contra el olvido. Aunque ellos, de nombres desconocidos hasta ahora, pueden cantar una breve victoria porque recuperaron la presencia (al menos la forma) de los antiguos moradores del lugar.

Plagaron la pared de dibujos que inquietan. La silueta de una mujer lava la ropa (de su marido). Una sombra del tamaño de un niño toma una ducha para toda la eternidad. Un perro persigue a su amo, no mueve la cola, no ladra, no jadea. Otro perro –¿tal vez el mismo?- espera acurrucado, su posición refleja una tristeza infinita. Sobre un mueble, no se sabe a ciencia cierta si dando la espalda o mirando de frente, otra figura humana escucha una radio pintada sobre el mesón de una cocina. En un patio la ropa cuelga pero el viento es incapaz de mecerla. Una olla a presión permanece en silencio junto a una puerta (lo único real en la escena) que no conduce a ningún lado.

Todas estas figuras, rústicas, enigmáticas, conmovedoras, hacen parte de una intervención secreta. Desde el anonimato, los artistas dejaron entrever los rasgos de una ciudad que por lo general se oculta, la ciudad que ha sido, que fue, que no será: una ciudad invisible, siempre inacabada.

La reconstrucción de un pueblo fantasma

Posted: jueves, septiembre 21, 2006 by Godeloz in



Las heridas que dejó la tragedia de Armero siguen abiertas: familias separadas y destruidas, un pueblo que desapareció y el dolor de saber que miles de muertes pudieron evitarse.

Las fotografías de prensa, las imágenes de televisión y los relatos radiofónicos de los reporteros, mostraron a todos los colombianos el horror que se vivió en Armero. Era una de las mayores tragedias que se habían presentado en Colombia cuando el país todavía estaba conmocionado por el holocausto del Palacio de Justicia.

Sin embargo, ninguna imagen, ninguna crónica periodística, ningún cubrimiento especial, superó el drama que fue para los armeritas ser arrasados por miles de toneladas de lodo en medio de la oscuridad.

Todavía hoy se pueden ver las cicatrices del desastre. Después de atravesar el puente sobre el río Lagunilla, el curso de agua que dirigió la avalancha hasta la población, un tramo largo de la carretera no deja adivinar que en ese lugar alguna vez hubo un pueblo. Pero luego aparecen las ruinas tétricas del Hospital San Lorenzo sucedidas por las casas y edificaciones que no desaparecieron en el desastre.

El lodo las averió, las medio enterró, sacudió sus cimientos, derrumbó tejados y puertas, arrancó los azulejos de los baños, removió las tuberías y destruyó el pavimento de las calles. Convirtió el sector aledaño al cementerio en un pueblo fantasma, donde a lo largo de dos décadas la selva fue reclamando territorio. Entre las ruinas, donde todavía se distinguen los nombres de ferreterías y bares pintados en las fachadas, pululan las serpientes y los roedores.

Durante mucho tiempo, también, como si la violencia del país no respetara un lugar en el que ya murieron demasiados, el lugar fue un vaciadero de cadáveres. Por eso la gente de los pueblos cercanos todavía le teme a Armero. Lo sienten como un lugar peligroso donde asaltan buses y atracan turistas. Los años posteriores a la avalancha, los visitantes nacionales y extranjeros que buscaban el lugar donde había muerto la niña Omaira, eran guiados hasta lugares, monte adentro, donde eran despojados de sus pertenencias. Al viajero siempre le recomiendan no viajar muy tarde en la noche y cuando los habitantes de Armero-Guayabal se dan cuenta que alguien visitará las ruinas, le advierten que se cuide, que no vaya solo. Sin embargo, esta situación ha cambiado en los últimos años.

Con la construcción del Parque de la Vida la presencia del Municipio le ha dado seguridad al lugar. Alrededor de la cruz donde el Papa Juan Pablo II se arrodilló para rezar, se construyó un parque para recordar la antigua plaza central de Armero. La construcción del parque está por terminarse debido a la inminente visita del Presidente de la República, de manera que el lugar antes abandonado ahora no permanece solo. Jardineros cuidan de los senderos e intentan convertir los terrenos de maleza en zonas verdes.

El monumento central del parque consiste en 4 pilares unidos por un arco. En cada pilar hay una reproducción en alto relieve de Armero: los cuatro puntos cardinales del pueblo: cada una de las calles, cada esquina, cada lugar arrasado por la avalancha.

José Ramírez deja de vez en cuando el azadón y se detiene a explicarles a los turistas dónde quedaba el Bar Hawai, en cuál esquina estaba la Joyería Ónix, cómo se llegaba al restaurante Chino. Señala con el dedo la línea de las calles que desembocaban en el cementerio, en el barrio Santander, en uno de los 5 bancos que había en el pueblo. De pilar en pilar, contando lo que la gente hacía a diario en Armero, José va acercándose a su barrio que también desapareció por la avalancha. “Aquí en este cerro me salvé con mi señora y mis 2 hijos”, y se queda mirando la colina en la que pasó esa fría noche de noviembre, soportando el frío pero sobre todo soportando el miedo.

La reproducción en alto relieve está fabricada en un material ocre. Las casas pequeñitas se ven aglutinadas como si presintieran los 350 millones de milímetros cúbicos de agua, piedra y lodo que las sepultaron a 300 kilómetros por hora. Al fondo de una de las reproducciones se ve, amenazante, el Nevado del Ruiz, llamado “El León Dormido”.
Alrededor del parque hay amontonados monumentos conmemorativos que los sobrevivientes dejaron para recordar a los familiares desaparecidos. Al caminar de un lugar a otro, los calvarios marcan el lugar donde quedaba una casa o donde alguien desapareció bajo esa cortina oscura que cubrió el pueblo antes de la medianoche.

¡Pudo prevenirse!

Todos los caminos están rodeados de estos monumentos funerarios: el que conduce hacia la tumba de la niña Omaira, a diario recibe peregrinos devotos que la creen santa; el que termina en el cementerio cuyas tumbas guardan huesos, momias y huevos de aves enormes de plumas blancas y negras; el que lleva hacia el monumento erigido para no olvidar los nombres de los 33 policías muertos esa noche en la estación. Junto a este lugar, una piedra gigantesca de 200 toneladas fue arrastrada por la corriente 45 kilómetros desde el cañón del río Lagunilla. Todos la ven como la causante del represamiento que contribuyó a darle la magnitud colosal a la avalancha.

Hoy, la piedra también es un monumento que recuerda la negligencia de los gobernantes de entonces que pudieron prevenir la tragedia. Porque esa es la imagen más viva y recalcitrante que tienen los armeritas, que todo pudo evitarse con anticipación. Y la culpa cae a veces sobre el alcalde que advirtió demasiado tarde el peligro inminente, el gobernador del Tolima que no dinamitó la piedra, la defensa civil que distribuyó tranquilidad a través de volantes y megáfonos o el párroco que luego de advertir que no había de qué preocuparse, salió del pueblo.

Quizá por saber que por una vez sí pudo evitarse lo inevitable, quienes vivieron en Armero hablan del día de la tragedia con una enorme melancolía arremolinada en la garganta. Y en ocasiones, creen con fervor que la leyenda de la maldición era cierta, que de una u otra forma, en Armero, no iba a quedar piedra sobre piedra.

Maldición de cura…

Armero, para muchos, era un pueblo maldito. José Luis Rivera, actual párroco de Armero-Guayabal, estaba en el seminario cuando sus compañeros empezaron a llamarlo matacuras, un apodo inmerecido al que José Luis se acostumbró; hasta le causaba risa. Cada vez que lo llamaban matacuras volvía al día en que el apelativo y la maldición cayeron sobre el pueblo.

Fue el 10 de abril de 1948. Un día antes Gaitán había muerto en Bogotá, pero fue como si hubiera muerto en todos lados porque “El Bogotazo” se reprodujo instantáneamente en cada pueblo. En Armero, una turba de liberales se tomó las calles y los conservadores tuvieron que ocultarse. Julio Rivera, el padre de José Luis, fue uno de los más buscados.

“Nosotros teníamos una tienda en el centro de Armero y lo que tengo más claro de la película es cuado se entraron los liberales a la tienda y la saquearon. Recuerdo ver cómo volaba pan para todas partes, cucas, galletas, botellas. A mi mamá y a mí no nos hicieron nada porque alcanzamos a meternos para la casa. A mi papá lo tuvieron escondido y a mí me sacaron mis padrinos también para esconderme, porque yo era el hijo de Julio Rivera. Tenía 6 años y el pueblo era una turba aterradora que fue hasta la iglesia y sacó al padre. Él era un hombre muy recio que en unas elecciones fue de los pocos conservadores que votó. Lo mataron a machete y cayó a unos metros de donde ahora está la cruz del Papa. Yo lo único que recuerdo es una multitud y me parece verlo entre la gente”.

El cadáver del padre Pedro María Ramírez, fue llevado hasta la puerta del cementerio en una volqueta del Municipio. Lo dejaron tirado a la entrada del panteón, al lado de la carrilera del tren, y la osadía de recogerlo, limpiarlo, alumbrarlo con 4 velas y rezar por su alma, es crédito de las prostitutas. Días después, una comisión de La Plata, Huila, su pueblo natal, arribó para llevárselo.

Las represalias vinieron de parte del Obispo de Ibagué. Impuso una sanción llamada el entredicho que consistía en despojar a la población de cualquier servicio religioso. No se celebró misa en Armero durante mucho tiempo y ese fue el inicio de la leyenda de la maldición.

Algunos creen recordar que en la entrada del templo que desapareció tras la avalancha, como si se tratara de un sortilegio irrevocable, había una placa con la siguiente inscripción: “Aquí cayó el padre Pedro María Ramírez, víctima de los vituperios y atropellos del pueblo y aquí no quedará piedra sobre piedra”.

Recorriendo Pompeya

El padre José Luis Rivera no volvió a su pueblo desde que desapareció del mapa. No volvió a recorrer las ruinas ni la tierra desolada. Pero siempre vuelve en su memoria, aunque nunca de una forma tan vívida como lo hizo el día que recorrió la ciudad romana de Pompeya.

“No se parecía en nada a Armero pero yo pensé en mi pueblo todo el día mientras caminaba por esas hermosas casas de estilo romano que tenían piscinas a la entrada y dibujos de dioses en las paredes. Las casas estaban enteritas, como si las hubieran sepultado con cuidado. Me acuerdo de todo, del acueducto, de las panaderías, de la gente, todo quedó en su sitio. En Pompeya murieron, creo, por envenenamiento. Todos quedaron enteritos, como petrificados, se pueden ver esqueletos que por la posición dejan adivinar que estaban haciendo el amor en el momento de la erupción. En cambio Armero fue barrido por completo, no quedó nada”.

Las horas del terror

Para el 13 de noviembre de 1985, José Luis era párroco en Palo Cabildo, un pueblo de la cordillera cercano al río Gualí, afluente del Magdalena. Estaba de pie confesando a la gente, en una vereda cercana al río, cuando vio a lo lejos una nube oscura que se acercaba. Y escuchaba distantes los pecados de sus feligreses porque la nube negra le robó la atención. Eran alrededor de las 3 de la tarde. Por un momento, José Luis desvió su mirada y notó que el alba que lucía estaba minada de lunares grises que caían de algún lado. Después miró que las materas del piso estaban llenas de la misma materia, que no era otra cosa que ceniza que venía del nevado.

Luis Carlos Bravo ya estaba dominado por la embriaguez cuando la ceniza anegó a Armero, creyó que eran moscas que le atacaban los ojos. Ese día había recibido una jugosa propina de uno de sus clientes. Era uno de los chanceros del pueblo. Al llegar a su casa, su esposa, furibunda, extendiendo sábanas y ropa en el patio, se quejaba porque a alguien se le había ocurrido quemar basura en algún lado y ahora la ceniza le manchaba lo que había acabado de lavar. Luis Carlos ignoró también a su esposa y se fue a tomar aguardiente en el Café Colombia donde una multitud observaba el clásico entre Millonarios y Cali, que transmitían ese día.

A pesar de la lluvia de ceniza, la gente del pueblo ignoró la preocupación y asistió puntual a una misa que se celebraba por el descanso de los magistrados del Palacio de Justicia.

La misa finalizó a las 6:30 de la tarde y, al salir, el Juez Alfonso Reyes vio que el pueblo estaba gris, como en blanco y negro. La gente seguía en sus asuntos pero silenciosa, preocupada a pesar del mensaje que sonaba por el megáfono del Templo. Una voz recorría el pueblo diciendo que no había ninguna clase de peligro, que el remedio era taparse la cara con un pañuelo impregnado de agua o alcohol.

Una lluvia de agua se sumó a la lluvia de ceniza, diluyéndola, convirtiéndola en una pintura gris que bañó las fachadas y manchó la ropa.

Luego todo estuvo otra vez seco. Raúl Bocanegra no se había percatado del extraño fenómeno hasta que llegó a su casa a las 10 de la noche. Había trabajado todo el día y en lo único que pensaba era en descansar. Su esposa le contó de la ceniza, pero él sólo quería descansar cuando otra vez la lluvia repiqueteó con fuerza sobre las tejas de zinc. Al abrir la puerta para ver el aguacero se encontró con un pueblo convertido en un desierto. ¡Estaba lloviendo arena! Piedras diminutas que caían de una nube negra. La preocupación era ineludible.

Luis Carlos Bravo insistió en que le siguieran vendiendo más cerveza antes de que cerraran el Café Colombia. “¡Pero si está lloviendo arena!”, dijo don Alberto, el dueño. “Véndame otra cerveza o no le pago”, respondió Luis. Se la vendieron y la bebió presuroso. “Mire, está lloviendo arena”, dijo don Alberto, “nos vamos a morir esta noche”. “Ah, el cuento de que nos vamos a morir no me lo como”, Luis Carlos salió trastabillando del bar después de ayudar a cerrarlo.

El juez Alfonso Reyes viajaba cada miércoles al Líbano, a buscar ropa para el resto de la semana. Ese 13 de noviembre se le estaba haciendo tarde y cuando el aguacero de arena se desató sobre Armero buscó una salida a como diera lugar. No había transporte en Rápido Tolima, sólo un taxi negro estacionado en el parque. Le tocó la ventanilla al conductor que dormía tranquilo. “Lléveme al Líbano”, dijo. “¿Cuántos van?”, respondió el conductor. “Voy solo”. “Con menos de tres no lo llevo”. “Yo le pago el expreso”. “Siendo así, vámonos”. El taxi abandonó el pueblo y llegando a Padilla se escuchó el eco de un fragor lejano. No había energía eléctrica y la luz que se desprendía de las ventanas era luz de vela.

El padre José Luis Rivera estaba muy preocupado por lo que estaba pasando. Antes de acostarse escuchó en el noticiero que había estallado el Nevado del Ruiz. A las 10 de la noche lo despertaron unos golpes en su puerta. Eran los policías del pueblo que lo buscaban para que regresara a la vereda del río Gualí a darle la extremaunción a un viejo moribundo. Estaban los policías blancos del susto. No quisieron decirle que llovía arena. Ya no había luz en el pueblo. Salieron encapuchados para protegerse de la arena seca y al llegar a la vereda, el río traía un estruendo que lo hizo pensar en el diluvio. El viejo no estaba tan moribundo y lo único que quería era salir acompañado con su familia. “Nos va a llevar el río, padre”, dijo. “Pues caminen para la casa cural y ahí duermen en una salita, lleven cobijas”. Después de dejar a los viejos instalados salió a caminar por el pueblo, la gente se reunió a escuchar la radio y el padre caminó de un lado para otro buscando noticias, esa noche no pudo dormir.

Llevados por el lodo


Luis Carlos Bravo dejó de beber ante el peligro inminente. Subía por la calle 12 intentando llegar a su casa, torció por la 13 y una ambulancia pasó a su lado a toda marcha: “¿Me llevan?”, preguntó. El conductor lo ignoró. Media cuadra después se detuvo y la tripulación abandonó la ambulancia, despavorida. Luis corrió detrás de los paramédicos huyendo de la avalancha que ya estaba sobre el pueblo. Vio que el lodo llevaba carros, escombros, techos de casas, gritos de gente. Lo alcanzó pero no lo envolvió, lo empujó hasta un barrio que se salvó de milagro.

Raúl Bocanegra gritó a su esposa que huyeran. “Mi papá está dormido”, dijo ella. Raúl corrió a despertarlo. “Viejo, póngase pilas que se vino Lagunilla”. Todo el mundo esperaba una inundación como en los 40 cuando el río se llevó los puentes. “Ah”, respondió el viejo, “yo a esa muérgana no le corro”, y siguió dormido. Raúl lo dejó y salió con su esposa y su hija Luz Adela. Los nervios no lo dejaron ponerle los tenis a la niña. Quería correr hasta una colina ubicada a 300 metros de la casa pero apenas llevaban recorridos 100 la luz de su linterna se topó con una casa que estalló en mil pedazos.

La bola de lodo, una masa oscura, los envolvió. Raúl sintió que la mano de su hija ya no estaba en su mano. La avalancha lo arrastró zambulléndolo y llevándolo a flote, jugando con él, golpeándolo. A lo lejos escuchaba la voz de su hija que gritaba: “¡Papi, papi, ayúdeme!”. Ya no supo nada más, sólo de la masa ardiente que lo arrastraba. En ningún momento perdió el sentido. La avalancha dejó de arrastrarlo, estaba vivo. El susto no lo había dejado sentir su rodilla dislocada, se la acomodó como un experto pues su abuelo era sobandero. El silencio circundante era único. Se arrastraba hacia lo seco cuando otra arremetida de la avalancha se lo tragó para arrastrarlo y mostrarle la cara de la muerte, que era un incendio. Los cilindros de gas estallaban y el fulgor de la bomba de gasolina incendiada alumbraba una parte del cielo. Raúl estaba casi desnudo cuando por fin todo se detuvo. Sintió cerca de él a un hombre joven gritando, preguntando por su familia, llorando. Luego, escuchó el grito de muchos hombres, muchas mujeres y muchos niños. La oscuridad no lo dejaba ver ni sus propias manos hasta que amaneció y un aguacero torrencial limpió los cuerpos que había en la superficie. A lo lejos, distinguió el cuerpo sin vida de su esposa, los colores de su ropa.

Al día siguiente, el padre José Luis Rivera escuchó que un aviador decía “Armero ya no existe, no se ve ni la torre de la iglesia”. Tembló, se arrodilló, rezó y le contó a su madre, sin rodeos, la tragedia: “Mamá, andan diciendo en las noticias que se acabó Armero”. “Qué va, ésos son chismes”, dijo su madre.
Un año después, José Luis Rivera, llegó a ser el párroco de Armero-Guayabal. En su antiguo pueblo piensa mucho. Cuando vio la nueva ciudad de Pompeya, reconstruida a un lado de la vieja, pensó que no era tan vana la ilusión de reconstruir Armero, pero dice que ese no es su trabajo. “Me parece que el objetivo tiene que ser reconstruir a la gente, las heridas, muchos hogares quedaron partidos, la separación de esa noche fue muy violenta, todavía quedan vacíos brutales”.