Posted: viernes, abril 25, 2008 by Godeloz in
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Lecturas del asombro
(Asombra Sonic Youth con Stones, la mejor canción del grupo)

Tengo una memoria fangosa. Es sorprendente la cantidad de cosas que puedo llegar a olvidar; todos los detalles que se esfuman de repente dejando en blanco algunas de las noches más importantes de mi vida. He llegado al punto de inventar desenlaces fantásticos para mis aventuras nocturnas, haciéndolo tan bien que termino por convencerme de que parte de esa vida ficticia que he inventado para compensar mis pequeños olvidos es cierta. A veces, simplemente, me resigno con olvidar rostros, palabras, placenteras conversaciones con mis mejores amigos, nombres de canciones, fiestas acaloradas en pisos altos de hoteles mala muerte, recorridos en la madrugada, bromas ingeniosas y puntiagudas, frases geniales que brotan como un estallido… Pienso que esos momentos que mi memoria fangosa no puede retener surgirán después como un fogonazo inesperado, ocasionándome un inmenso placer, y es cierto, a veces vuelven, y entonces me regocijo con ese pequeño instante que pudo desenmarañarse de mi amnesia, siendo lo mejor de todo que una vez recordado sin intención, una vez que esos recuerdos repentinos me toman por sorpresa, mi memoria fangosa compensa todo el mal que me ha hecho quedándose para siempre con ese recuerdo. Solo que con el tiempo ya no me conformo, porque me asalta la sensación de tener guardados recuerdos desconectados unos de otros, sin una historia que les dé unidad, imágenes independientes, no, mejor imágenes solitarias que se solidifican y se vuelven pesadas y, de hecho, poco creíbles, dejándome en una tierra de nadie donde no sé si lo que recuerdo de mi vida es porque me lo he inventado o porque he unido los retazos, creándome una vida que no es la mía pero que a la vez es con la que me siento cómodo. Esto no sucede con todo. Como todos los animales, estoy dotado por ejemplo para recordar rutas, si voy a un lugar determinado y debo volver después, soy perfectamente capaz de hacerlo sin perderme. Estoy facultado para recordar rostros pero no los nombres que les corresponden y por eso creo que he perdido posibles amigos y hasta posibles amantes. Recuerdo fechas, recuerdo libros, recuerdo autores, nunca llego tarde a mis citas. Recuerdo el nombre de las películas y recuerdo los sentimientos que despertaron en mí cuando las vi por primera vez, hasta recuerdo si las vi en cine o las compré piratas para después verlas en casa, pero a veces no recuerdo nombres de algunos personajes, se me pierden las mejores escenas, el recuerdo de la banda sonora se me borra por completo y hay días en los que despierto sin acordarme de los mejores finales, es insoportable y me ha convertido en una persona de las que ven una y otra vez la misma película. Me pasa también con los viejos amigos, con los besos de mis amantes y con los libros. Ojalá pudiera encontrar un método para conservar el recuerdo intacto de todo aquello que me ha aportado un grano de felicidad pero son precisamente esas cosas las más propensas a desvanecerse porque es en lo más trivial, intrascendente y aparentemente frívolo que encuentro el placer y la alegría.

En los últimos años, me he acostumbrado. Me he conformado por ejemplo con apenas conservar una parte de mis lecturas anotando los párrafos, frases y fragmentos que me han asombrado en una agenda negra que para colmo de la ironía ya está totalmente descuadernada. Antes de tener esta agenda anotaba las frases en pedazos de papel que de una u otra forma extraviaba y entonces venía a ser lo mismo. Ya cuando llegó la agenda a mis manos -un souvenir de Exxon Mobil enviado al ensayo de periodista económico que era- decidí transcribir las anotaciones que aún conservaba en los papeles sueltos. Entre las primeras frases que hay en mi agenda están las que me cautivaron cuando leí “Las mil y una noches”, una edición ilustrada del Circulo de Lectores, traducida por Vicente Blasco Ibáñez, quien no censuró ni un párrafo de las noches de Arabia. Si leo esas primeras frases en mi agenda puedo recordar entonces que con “Las mil y una noches” descubrí las suculencias de la lujuria y la sutileza del amor, también su amargura:

“!El corazón enamorado no disfrutará la alegría del reposo mientras lo posea el amor! ¡El enamorado no tendrá segura su razón mientras viva la belleza en la mujer! Me han preguntado ¿Qué es el amor? Y yo he dicho: ¡El amor es un dulce y sabroso jugo, pero de pasta amarga!”

Pero tuve poca fortuna recopilando los pedazos de papel en los que había quedado registrada mi propia antología de lo mejor de Scheherazada y sólo en mi agenda pueden encontrarse dos frases de este maravilloso libro. Como un mal presagio, la segunda frase anotada no es lasciva, ni recupera las formas femeninas que pueblan el libro sino que describe lo que posiblemente le esté ocurriendo progresivamente a mi memoria:

“!El tiempo y el destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir a la fuerza y a la violencia del tiempo? ¡Hace años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañera es la enfermedad y la inmovilidad mi amada!”

Para hablar justamente de las primeras frases registradas en mi agenda en la página que corresponde al 3 de enero, debería hablar entonces de dos escritores que siempre me han inquietado y que me generan un sentimiento parecido a la envidia –debería existir un nombre para estas sensaciones que no se definen del todo y sugieren algunas otras sin afirmarse como si fuesen clones o espectros-. Se trata de Alberto Manguel y Fernando del Paso.

El primero carece de una nacionalidad precisa: nació en Canadá pero desde siempre se movió por el mundo gracias a que su padre era un diplomático de esos que vienen a ser como los marinos errantes de estos tiempos: hombres que no echan raíces en ninguna ciudad y logran asimilar tantos conocimientos, tantas lenguas, tantos mapas urbanos, tantos nombres de avenidas, tantas aventuras en tantas calles del mundo que acumulan algo así como una erudición viajera que los vuelve elocuentes pero tristes y siempre ajenos: adquieren una mundología oscura y melancólica.
Pero Manguel no me causa un sentimiento cercano a la envidia por su dominio del ancho mundo sino por su insuperable fortuna: cuando era un adolescente trabajaba en una librería en Buenos Aires. Una librería que sólo vendía libros en inglés, que vendía muchos libros raros y que era frecuentada por los extraños intelectuales que pululaban en argentina en aquella época; hablo de los años 50. Cierto día de esos años 50 llegó a la librería donde trabajaba Manguel un señor ciego, misterioso y amigable. Era, sino el mejor cliente, por lo menos el que exigía más rarezas. No recuerdo muy bien cuáles fueron las circunstancias en las que sucedieron las cosas pero la verdad es que el joven Manguel terminó convertido en el lector del hombre ciego. Lo visitaba en su casa por las tardes y éste le indicaba cuál libro debía tomar de una manera tan prodigiosa que el hombre ciego, misterioso y amigable recordaba en cuál estantería de la enorme biblioteca se encontraba el volumen solicitado y hasta podía recordar la página en la que estaba lo que quería escuchar. Este trabajo –porque era un trabajo, con todo y salario- hizo del joven Manguel un hombre culto, un escritor, un lector de primera, de esos que dan la impresión de haberlo leído todo y de esos que realmente serán más recordados por los libros que han leído que por los que han escrito. Cuando Manguel confiesa con una modestia engreída que el hombre ciego era Jorge Luis Borges es cuando nace ese sentimiento que se parece a la envidia pero que sin duda alguna no se trata de envidia pura pues me imagino leyendo los libros de Borges y pienso que sería renunciar a la razón y abrazar sin pudor a la locura.

La frase de Manguel anotada en mi agenda corresponde a su libro “Una historia de la lectura”. Recuerdo como un descubrimiento magnifico el pasaje en el que explica cómo en la edad media las personas no solían leer mentalmente. Eran incapaces, y los primeros que lo hicieron, fueron tildados de locos. Pues se les veía embelesados mirando fijamente los libros. ¡Ni siquiera movían los labios! Quizá eran considerados lectores endemoniados. Poseídos por aquello que leían sin parar durante horas, locos sin remedio cuya enfermedad los conducía a un abismo de silencio pues no pronunciaban palabra cuando leían y, sin embargo, leían; pues después lo recordaban todo y alcanzaban la sabiduría.

“Un texto leído y recordado, llega a ser en esa relectura redentora como aquel lago helado en el poema que aprendí hace tiempo: sólido como la tierra firme y capaz de sostener al lector mientras lo cruza y, sin embargo, su existencia sólo es en la mente, y precaria y efímera como si sus letras estuvieran escritas en el agua”.

Este libro de Manguel no alcancé a terminarlo, como tantos otros que no he terminado por distintas razones. Pero lo que leí de él alcanzó a sembrar bastantes dudas en mí y bastantes certezas. Por ejemplo hay una duda que todavía no he podido despejar: ¿De verdad me gusta la lectura por el mero goce o es sólo mi manera de descifrar las costuras de lo escrito para después hacer mis propias réplicas? Cuando leí los primeros libros solamente me gustaban las historias, lo que hacían los personajes, los acontecimientos fantásticos que me aguardaban tras cada página. Pero después -no sé a qué horas, no sé cómo, no estoy seguro de cuál fue el giro- noté que leía sin fijarme tanto en la historia como en la forma en la que estaba escrita. Descubrí el estilo. Descubrí algo que se llama voz propia. Descubrí casi involuntariamente el tono y la estructura. Era un infierno. Porque al descubrir todo aquello, también descubrí que para hacerlo realmente bien –y es que lo peor o lo mejor de esto (aún no lo decido), fue que yo también quería hacerlo, yo también quería escribir- había que tener algo cuya obtención es incierta, azarosa y, la verdad, poco deseable, había que tener demonio. Y aunque suena absurdo, me atormenta no tener ese demonio necesario para escribir bien y al mismo tiempo me atormenta llegar a tenerlo. Porque, siendo sincero, los escritores con demonio, por muy ilustres y talentosos que fueran, no se la pasaban en grande. Hay muchos Kafkas, Dicks y Rimbauds que lo demuestran. Entonces, aunque sigo sin descubrir cuál es la verdadera razón que me empuja a leer cuanto libro seduce mi atención y mi obsesión –porque a veces leer se me convierte en una obsesión-, aunque sigo sin definir si leo porque quiero procurarme placer o porque quiero aprender a escribir, lo sigo haciendo por una certeza que Robertico Bolaño me dijo una de las noches asombrosas en las que he dialogado con él: soy más feliz leyendo que escribiendo. Puntualmente soy más feliz leyendo que escribiendo por las habilidades mágicas que tienen los lectores y que Manguel describe muy bien en la segunda frase que me decidí a consignar en la agenda:

“El rol de los lectores es hacer visible aquello que la escritura sugiere mediante indicios y sombras”.

Pero a veces no es suficiente con leer. A veces uno se llena de valor porque la conciencia se despierta de su modorra constante para proclamar que falta mucho por decir y mucho por escribir y que hay poco tiempo y que hay que escribirlo. Y no tardan en llegar los intentos que con los años son intentos fallidos y menospreciados. Cuentos, ensayos de cuentos, poemas, ideas anotadas en cuadernos, estructuras de novelas, incluso argumentos para películas. Ensayos inacabados de lo que tal vez sea una carrera literaria frustrada que amenaza con volverme en un escritor que no escribe. Ojalá yo pudiera ser como ese otro escritor que me despierta un sentimiento parecido a la envidia pero que no es la envidia.

El libro con el que Fernando del Paso me cautivó tampoco pude terminarlo. Leer Palinuro de México, o al menos su primera parte, también me puso frente a frente con mi idea del futuro: yo, como Palinuro, quería un lugar aparte del mundo para mí y mis posibles Estefanías. Pero al paso de esta ambición aparece una frase de la novela que es la hermana gemela de las zancadillas:

“¡Dios mío, en cuanto se nace, el tiempo se le echa encima a uno, y ya nunca lo deja en paz a ninguna hora del día.”

Y todavía no me aparto del mundo. Ni podría hacerlo. Tengo la sensación que esa atribución sólo me la puede dar si veo de primera mano los asuntos que en mi juicio se convertirán en los asuntos más poéticos del mundo. Fernando del Paso dice en su mejor novela que “La muerte de una mujer hermosa es el asunto más poético del mundo”, y yo digo que es el asunto más escalofriante. Ahí está la prueba de que no es envidia lo que me inspira este escritor mexicano. Sé que es pura admiración, pero, cómo me gustaría llegar a escribir de un tirón frases como esta:

“¿Y de que sirve un mundo único y personal, Palinuro, cuando se supone que hemos nacido para compartir nuestra vida y apacentar juntos nuestros sueños, cuando se supone que estamos aquí no sólo para compartir los caracoles y la cerveza, sino también nuestras risotadas, nuestras guerras de colores, y nuestras filosofías huecas?”

De hecho la escribí. Con ella llené la primera página de la agenda con la cual intento drenar mis lagunas. Pero sigue siendo incómodo ver que mis intentos son derrumbados por el soplo que produce la marcha apresurada del tiempo.

La maldad cojea con estilo

Posted: lunes, marzo 03, 2008 by Godeloz in
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(Ladytron se encarga de este soundtrack con "Destroy everything you touch)



‘No country for old men’ no es una película para débiles, eso es lo primero que se debe saber antes de ingresar a la oscura sala de cine, donde tampoco sabes si las personas que te rodean traman algo siniestro.

La primera frase que se va hilando en la cabeza cuando arranca el film es que Cormac McCarthy, el autor de esta novela y de muchas otras donde la moral más abyecta es la que se alza con el triunfo, está completamente loco. Bardem, por ejemplo, con el look freak que tiene en la película, es espeluznante; por su actuación merece el Oscar, pero su personaje desquiciado merece varias veces la silla eléctrica y que además su horrendo nombre sea borrado de todos los libros, que de él no quede memoria. Aunque inevitablemente queda y es de esos recuerdos que resurgen adheridos a las peores pesadillas…

Todo lo que sucede en ‘No country for old men” (¡Cuidado! Tal vez empiece a revelar muchos detalles) se confabula para que, tras la última línea de los créditos, sientas que te han arrebatado algo importante o que sabes algo que no deberías o que estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado: ese azar extraño que hace coincidir, por ejemplo, la trayectoria de una bala con la cabeza sin culpas de un niño; o para ser más claro, esa suerte de coincidencias infortunadas que se dan solo para recordarnos que somos menos que el polvo.

Sí, todo lo que vi en la película de los hermanos Coen me dejó con la sensación de que una parte muy importante de mi se quedó sentada en la butaca reclinable del teatro temblando de terror y no sé a ciencia cierta si fue la voracidad metódica de Bardem, la triste aceptación de la derrota de Tomee Lee Jones, la muerte repentina y salvaje de Josh Brolin (les dije que iba a empezar a revelar detalles), o las escenas finales donde la demencia reclama como suyo el territorio de la muerte y la ingenuidad de unos niños le dan la mano al que debería ser –bien merecido que lo tiene- el jinete más terrible del Apocalipsis.

Bardem se aleja por la calle de un suburbio normal de los Estados Unidos, lleva un brazo roto, un ojo inyectado de sangre, un peinado de mosca muerta y cojea con estilo: es la maldad que ronda el vecindario. McCarthy vuelve a poner el dedo en la yaga creando un personaje que, en el film, colma todos los espacios con una tensión que congela los nervios. Por eso fue inevitable que al salir del cine pensara que esa frontera donde la realidad baila con la ficción estaba deshecha –aplauso para Vila-Matas-; que de algún modo, una caja de Pandora había sido abierta y escaparon de ella los delirios más oscuros del alma humana. También pensé que podía aprovechar todo aquello para anotar mi propio hit creando una ficción de personajes macabros que en el futuro puedan ser interpretados por estupendos actores. Pero francamente me siento incapaz de trasladar tan si quiera la bitácora de esa maldad que ronda en los vecindarios de mi ciudad. Tendría que engendrar una obra coral gigantesca, unas memorias de ultratumba al estilo Chateaubriand, darle nombre a un sórdido Tristram Shandy del siglo XXI engendrado por la locura, que nace porque no quiere verse morir, como el original, pero que quiere vernos morir a todos de las peores formas posibles, así como uno quisiera ver morir a Anton Chigurg (Bardem) en ‘No country for old Men”.

Tanto en la película, como en la realidad, los héroes no ganan y entonces en esa obra, donde la maldad de mi vecindario también cojeará con el estilo inconfundible de un destripador obeso –sosias del hombre malvavisco de los Cazafantasmas- que se dirige a un juicio del que probablemente salga declarado inocente, tal vez deba hacer aparecer también a una bandada de oscuras aves rapaces que se posan en los cables de la noche esperando a los jóvenes noctámbulos para abalearlos con sus picos de AK 47; y a un Padrino leproso de la mafia con tal sed de venganza que la sangre de 100 mujeres asesinadas y desmembradas no calma; y a una pandilla de niñas temerosas de ser desolladas vivas por ejercer el elegante oficio de la prostitución; y a rufianes de rostro amordazado y sin nombre que, a bordo de lujosos automóviles de vidrios impenetrables, recorren la ciudad repartiendo tiros de gracia a los perros callejeros y a toda criatura viva que se les parezca… y puedo seguir enumerando personajes tan abominables como aquellos que habitan los libros de McCarthy y ahora también la filmografía de los Coen, pero sería una labor agotadora, quedaría asfixiado, y sencillamente no lo hago porque tengo pánico y cuando el pánico hace parte del reparto, el único epílogo deseable es que la persona que está teniendo este lúgubre sueño despierte y se lleve todos sus monstruos consigo.

Pronóstico del callejón sin salida

Posted: viernes, febrero 08, 2008 by Godeloz in
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(Los trabajos que Hércules tendría que superar en una sociedad supercivilizada)



*Television man suena de fondo*
Si el destino hace que el candidato demócrata Barak Obama llegue a manejar las llaves de la Casa Blanca, la humanidad podría estar a un paso de ver, antes de que los gusanos se den un festín con sus ojos, el cumplimiento de los vaticinios que Hollywood se ha encargado de llevar a la pantalla.
Se acercaría un armaguedón y tal vez no habría escapatoria. Los que han recibido una educación de tubos catódicos y celuloide desde la década de los noventa saben de qué estoy hablando. Casi siempre, cuando, en el cine, un negro es el hombre más poderoso del planeta, está en un callejón sin salida. Enfrentando la amenaza de un gigantesco asteroide, una encarnizada ola terrorista o el fin definitivo de la vida conocida y desconocida.
Aunque casi en todos los casos el desafortunado presidente es salvado en el último minuto por un héroe rubio, carismático y de buena puntería.
En 1998 Morgan Freeman interpretó el papel del presidente Tom Beck en Impacto Profundo. Era justo (como casi todos los presidentes de Estados Unidos – ¡JA!-), amado por los contribuyentes, respetado por los señores cara de palo del estado mayor y preocupado por el futuro de los 198 países de la tierra. Pero ni su cara partida por la congoja ni sus brazos entrelazados y suplicantes, y mucho menos el sudor que convirtió su camisa blanca en una cátedra de geografía bizarra, pudieron evitar que el gigantesco asteroide que vagabundeaba por el espacio se hundiera con todo el descaro de que es capaz una roca inocente en la mitad del océano, provocando un tsunami al que sobrevivieron muy pocos, entre ellos el nada convencional presidente afroamericano que estaba pálido del susto y maldiciendo el azar cósmico que había derrocado su imperio dejándole apenas un dominio sobre escombros, ciénagas y mierda.
Obama podría aprender mucho del talento de Freeman: la compostura en semejante desgracia, las palabras que enaltecen y la determinación de hierro para tratar de frenar el cataclismo con una bomba atómica. No es improbable que esto suceda. Los científicos enclaustrados en los observatorios han encontrado cientos de asteroides que podrían colisionar en algún lugar del mundo –por lo general ese lugar es el mar o un país de nombre impronunciable, poco habitado y muy pobre-. Uno de los más cercanos y amenazantes es Apophis, un asteroide que se encuentra a tan sólo 16 mil kilómetros de la tierra y podría llegar al vecindario solar apenas en 30 años. Los científicos dicen que la probabilidad de una colisión es de 45 mil a uno pero tal vez sean paños de agua tibia para evitar que la raza humana –y sobre todo el Presidente de los Estados Unidos- enloquezca de pánico, pues el impacto sería igual a veinte mil Hiroshimas. Ya decía yo que una roca con semejante nombre era de la peor calaña.
Claro que el cuento podría ser diferente. Obama podría despertar un día y ponerse sin querer los zapatos que el actor Dennis Haysbert ocupó en la ultraexitosa serie de televisión 24. ¡Que se tengan los que puedan tenerse! Su majestad el presidente tendría que atrapar a los malos, desactivar las bombas, erradicar el virus, evitar la tercera guerra mundial y arreglarse con su esposa en apenas 24 horas o, lo que es lo mismo, mil cuatrocientos cuarenta minutos - cada uno de ellos cuenta-. Pero la tarea sería fácil, casi la misma que en el ejemplo anterior: ser tenaz, íntegro, comprensivo, super justo y mantener la compostura mientras el mono de infalible puntería atrapa a los malos, desactiva las bombas, erradica el virus, detiene la guerra y se arregla con cuanta esposa se le atraviesa.
Obama, con zapatos o sin zapatos, se está metiendo en camisa de once varas. Primero tendría que arreglar el desastre que Mister Bush ha causado en oriente medio (si es que semejante embarrada tiene arreglo), luego tiene que fruncir muy bien sus posaderas para que se desvanezca el nuevo eje malvado que le endilgan a Latinoamérica y si está de suerte hacer una magnifica jugada para cantarle el jaque mate a Al Qaeda. Muy entretenido sería el asunto si en lugar de la osadía de Jack Bauer este presidente afroamericano se valiera del desparpajo con el que Maxwell Smart vence en cada capítulo el recontraespionaje de Kaos.
Si los adversarios de Barak Obama hicieran caso de estas conspiraciones cinéfilas abandonarían sin pensarlo la carrera presidencial más televisada; temiendo que en este año 2008, año de la rata china, los planetas se alinearan para engendrar la peor de todas las calamidades: un planeta oscuro con cell phone igualito al del Quinto Elemento. El mandatario gringo se vería avocado a peripecias sobrehumanas y ya se sabe hace rato que los super héroes no existen y mucho menos quintos elementos tan despampanantes como la refinada lánguida Mila Jovovich. La única esperanza es saber que los rubios guapos y matones sí abundan en la tierra, tienen sed de sangre –tanto terrestre como alienígena- y prestan sus servicios a cambio de muy poco: algunos acres de tierra tercermundista.
En la película, el Presidente Lindberg era un cero muy a la izquierda del imperio planetario a pesar de su tenebroso ojo de vidrio, pero en la vida real un presidente Obama enfrentado a estos crueles desafíos tendría que jugarse toda su carne viva, tal y como lo está haciendo ahora en una carrera que bien podría costarle más de un ojo de la cara.
Ojalá la gane para ver qué es lo que nos espera y poner a prueba el dicho de que la realidad supera todas las ficciones.

100 tequilas consecutivos

Posted: martes, noviembre 20, 2007 by Godeloz in
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(Joy Division vuelve de ultratumba y reta a She Wants Revenge)



Dicen de este grupo que es una pésima copia de Joy Division. ¿Cómo podría? Primero, falta la infinita angustia que Ian Curtis se llevó a la tumba colgándose en la cocina de su pequeña casa de Manchester, mientras los tremendos decibeles de “The Iditot” de Iggy Pop competían con la banda sonora que Werner Herzog había escogido para su película Stroszeck.

Y también falta el apuro de las guitarras, el ocultismo del sintetizador, la batería pagana y el acento profundamente gótico de las gargantas de Salford, en cuyas calles y bares, más de una vez, Curtis retorció las extremidades presa de su danza epiléptica y encantadora.

She Wants Revenge, definitivamente, es otra cosa. Sí, hay en el conjunto de su música frenetismo, un llamado a la enfermedad, se intuyen las deudas: new wave, post-punk, tecno, industrial… y resucitan nombres que quisieramos ver reunidos en el escenario de algún festival orgiástico del underground: Bauhaus, Ministry, New Order, Depeche Mode, David Bowie el básico, Lou Reed el joven.


El primer trabajo discográfico de She Wants Revenge causó un revuelo similar al que produce una catástrofe climática. Los melómanos se estaban congelando porque a sus oídos sólo llegaba más de lo mismo y de pronto una vuelta inesperada los puso frente grupos de la talla de TV on the radio, Yeah yeah yeahs, Le Tigre, Blonde Redhead, Interpol y She Wants Revenge, que barrió como el Katrina pero dejó, tras el lanzamiento de su segundo trabajo, escombros y polvo.

Uno escucha un trabajo completo de Joy División y siempre hay sorpresas. Cada ritmo es la bestia de un zoológico donde no se repiten las especies, cada tonada es un aullido de apareamiento o de batalla y cada palabra tiene el poder de proyectar la presencia en carne viva de Ian Curtis, Bernard Summer, Peter Hook y Stephen Morris tocando en destartalados escenarios y siendo captados por lentes mal enfocados que les otorgaron una inmortalidad borrosa.

En cambio, las sorpresas que She Wants Revenge reserva a su público logran ovaciones pero se deslizan fácilmente a las lagunas de la memoria. Canciones como "Red Flags And Long Nights" tienen la fuerza de ganar adeptos, pero otras como “Someone Must Get Hurt” hacen que esos adeptos consideren la traición sin remordimiento. En la primera, hay sonidos innovadores (con la guitarra no vendría mal un poco de LSD y la batería, definitivamente, provoca el antojo de 100 tequilas consecutivos), y sin embargo, cuando el trabajo ya va por la décima canción la resaca ya ha instalado su señorío porque los sonidos electrónicos se vuelven monótonos y la sensación es de sobredosis.

De cualquier forma, She Wants Revenge no carece de méritos. Empezando por el nombre, que tiene belleza y deja muchas preguntas. Así como el nombre del cuarteto de Manchester también dejaba muchas preguntas (¿Qué pasó con esas mujeres que hacían parte de las brigadas que durante la Segunda Guerra Mundial recorrieron los campamentos de soldados buscando la raza perfecta?) y tenía una belleza que inspiró el punk de los 70 y sigue provocando cambios en la música, algo que ni siquiera la muerte del atormentado líder ha podido disolver.

Otro crepúsculo de los dioses

Posted: jueves, octubre 04, 2007 by Godeloz in
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(Banda sonora de Cat Power -Moonshiner-)



El sentimiento que provocan en mí los mimos ronda la repulsión, pero algunos han sabido vencer mi resistencia. Lo hizo Penélope Cruz en su papel de mimo mimetizado, emparamado, triste y perturbado por la mirada de un transeúnte mutante en “Abre los ojos”; lo hizo el mimo gordiflón, extravagante y surrealista que aparece en el popurrí de cortos “Paris, Je T’aime” y también lo hicieron esos mimos del celuloide que durante más de un siglo han hecho reventar de risa a quienes los buscan en los cine clubes subterráneos: Chaplin por encima de Lloyd y el cara de palo Keaton por encima de mil clones de Chaplin.

A los hechiceros, científicos y exploradores de los delirios de prestidigitador que Méliès llevó a la pantalla grande también los considero exentos de esa especie de repulsión que me provocan esos prototipos de cómicos que son como el punto muerto que hay entre un zombi y un payaso.

Y también, como no, excluyo de mi lista negra de personajes odiados –donde figuran los cuenteros, los poetas con currículum vitae, los locutores de radio y los mochileros sudamericanos que recorren el continente a pie fascinando a las mujeres y tirándoselas sólo por el hecho de tener acento exótico, barba descuidada y pelo cochino (mochileros ¡Go home!)- a Marcel Marceau, el mimo legendario que murió el 22 de septiembre.

Nunca lo vi en una de sus actuaciones. Tampoco quise. La indumentaria que utilizaba y la cara escurrida en mil pliegues pintados de blanco espectral me recordaban a los personajes de Querel, la película de Fassbinder donde todos son marinos, locos, violentos y homosexuales. Pero me los recordaba como una visión del futuro donde la decadencia de los años se vuelve grandilocuente como ocurre con las mansiones que nadie habita. Al Marcel Marceau pintarrajeado lo veo como a la diva de Sunset Bulevar, o a esa otra diva envejecida de Tenesse Williams, Blanche Dubois, que también seducía pero tras una máscara de sombras: un glamour que se descascara y muestra una piel de herrumbre.

Pero hay otro Marcel Marceau que no participaba de ese crepúsculo de dioses y a ese sí lo vi en persona. Es curioso: fue en una sala de cine y viendo las obras completas de Méliès.

Marceau se sentó a mi lado, tenía un atuendo mediterráneo y una estatura lunática –encorvado pero de un modo que nada tenía que ver con la gravedad-, aunque no lo noté de inmediato. Toda mi atención estaba en las imágenes del “Viaje a la luna” y en la música del pianista que tocaba en vivo, improvisando las notas al ritmo esquizo que imponía la acción de los personajes. Era mágico porque ese pianista era el bisnieto del cineasta. Viajaba con su madre por todo el mundo buscando los films perdidos de Méliès y proyectándolos hasta en aldeas y caseríos. La nieta –no recuerdo su nombre- había contado esta historia antes de empezar la función. Hablaba un español perfecto, almibarado por el acento francés: las erres repercutiendo en las demás consonantes y las vocales pronunciadas como si llevaran tildes extrañas.

A mi lado, Marceau estaba tan abstraído como yo. De vez en cuando, en los silencios que había entre las películas, hacía comentarios a la mujer que estaba a su lado izquierdo. Yo, en el lado derecho, escuchaba sólo un murmullo. Todavía no sabía de quien se trataba, pero ya empezaba a notar la increíble fascinación que le estaba produciendo la maratón cinematográfica de la que éramos testigos. Los ojos le brillaban y los dientes también lanzaban destellos en la sala oscura. La función duró más de dos horas y cuando las luces se encendieron, el pianista se detuvo y los aplausos colmaron el auditorio, vi al viejo que estaba junto a mí, aplaudir con la euforia propia de los bárbaros. En ese momento lo reconocí. La mujer que estaba a su lado le dijo algo en francés, él asintió y empezaron a esquivar a la demás gente para salir del auditorio. Insisto: su atuendo mediterráneo y su figura encorvada lo hacían parecer un inmigrante selenita. Al día siguiente Marcel Marceau estaría en un teatro de la ciudad ofreciendo una presentación exclusiva. Sé de mucha gente que invirtió todos sus ahorros para ir a verlo maquillado, actuando desde un silencio cómico, postizo y antagonista del silencio introspectivo en el que yo lo vi actuar en aquella sala de cine.

Marcel Marceau se llevó todos sus silencios consigo y su tumba ahora hace parte del vecindario donde descansan los ilustres restos de Wilde, Balzac, Nerval, Proust, Morrison y los huesos extraterrestres de Méliès.

¿Sabrá mamá lo que es un falo?

Posted: jueves, julio 26, 2007 by Godeloz in
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(Notas jurásicas a partir de un viaje a Villa de Leyva)



Cuando le mostré a mamá el cronosaurio de Villa de Leyva, ella dijo no saber lo que era un fósil. No le expliqué el proceso mediante el cual el mineral reemplaza al hueso a lo largo de miles de años porque francamente yo tampoco entiendo como puede llegar a pasar semejante cosa. Solamente le dije que era el esqueleto de un reptil marino que se la pasaba nadando en el jurásico hace 180 millones de años.

“Porque, mami, Villa de Leyva era un mar hace 180 millones de años”, le dije sin tener muy en cuenta que me estaba metiendo en la grande. Mientras mamá hacía sus cálculos y trataba de adivinar cuál era la cabeza y cual la cola de ese animal prehistórico que yo le mostraba en el computador, fue diciendo con la certeza sagrada que siempre han tenido sus palabras: “¿180 millones? Oiga, si apenas estamos en el 2007”. Tengo que reconocer que con esa frase pronunciada al amparo de su mucha sabiduría, me sembró una duda tremenda. Dejó en tela de juicio todos los años que antecedieron la llegada de su amadísimo señor Jesucristo – que en paz descanse-, y de paso puso a rodar un flashback que me llevó por todos los acontecimientos insólitos que sólo pueden ocurrir en la cabeza de una madre y que auguraba gritando con el rasgo de una desbocada furia: “Grosero con la mamá, se lo va a tragar la tierra”, “Llorarás lágrimas de sangre”, “Cuidaito con esa mano que se le queda levantada”. Hasta ese momento había dejado pasar de largo el mundo de misterio y fábula en el que viven nuestras mamis. Bueno, García Márquez se inventó su realismo mágico gracias a la loca de su abuela y quien sabe cuántos más le han pegado al gordo plagiando el fabulario de sus progenitoras, pero esa no es excusa para que no se hable una vez más de ello.

Para las mamás no sólo existe un Dios en el cielo y un Satanás debajo de la tierra sino que la mano peluda puede dejarte sin cobija por la noche, la tierra puede abrirse para aplastar a los niños malcriados y los árboles de naranja pueden crecer en tu estómago si te tragas las semillas. Con esa mitología cualquiera escribe un best-seller. ¡Y tanto que se esfuerzan algunos artistas buscando temas para sus cuadros, películas o libros! Bastaría con que echaran leña al fuego hablando con sus mamás y dejaran que expliquen las cosas sin hacerlas caer en la cuenta de sus absurdas y fantásticas conclusiones. Lástima que ellas no puedan llevarse el crédito de sus obras. ¿A quién no le gustaría saber el nombre de la mamá que atinó a decir por vez primera que los niños llegan engarzados en el pico de una cigüeña en lugar de explicar paso a paso las complejidades del apareamiento? ¿De cuál boca de cuál madre salió la sentencia que arruinó muchos noviazgos al hacer creer que dar un beso es correr el riesgo de quedarse pegado y que andar cogidos de la mano equivale a preñar a la novia? A mí por lo menos sí me gustaría saber el nombre de la primera mamá que resucitó un pollo metiéndolo en una olla y pegándole golpes. Si se les diera la oportunidad, estoy seguro que idearían la forma casera de revivir a un dinosaurio. Es irónico que sea tan complicado explicarles ciertas cosas. No quiero imaginar lo que hubiera dicho o preguntado mi madre de mostrarle fotos del observatorio Muisca de tótem con forma de falos. ¿Sabrá mamá lo que es un falo? Si casi no me cree cuando le dije que en Villa de Leyva estaban filmando El Zorro y que por eso las fachadas de las casas coloniales tenían esos colores turbios y descascarados cuando deberían ser blancas como el Espíritu Santo. Aunque en eso yo también me armo un embrollo. ¿Cómo es posible pretender que un pueblo del altiplano cundiboyacense se parezca a la seca California y además hacer que el héroe enmascarado lo encarne Christian Meyer, un peruano que tiene nombre de sicópata del cine, muy a la altura del Michael Mayers de Halloween o del Jason Voorhees de Viernes 13?

Crónicas de pequeños desastres

Posted: lunes, abril 02, 2007 by Godeloz in
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Esto es estar en un relato de John Cheever: vas en el tren de la mañana que te lleva desde tu imperio suburbano de falsa calma hacia la ciudad donde los sueños están rotos. Nada se mueve y hay silencio y en el periódico los desastres de la tierra son tan lejanos que parecen un cuento de hadas siniestras pero ilusorias. Pero la vibración interna del relato te dice que el tren va a descarrilarse y que toda belleza perece sin remedio. Lo que no sabes es cuándo, si de ida o de vuelta. Lo importante es que te das cuenta, adviertes el punto exacto en el que el equilibrio se rompe: de pronto a la vida se le cae la mampostería y sólo se reponen los tocados por la suerte. ¿Y quienes tienen esa suerte? Los honestos, los brillantes, los que pueden amar, es decir pocos, realmente muy pocos, lo que implica a muchos que van a incinerarse.

Leer un libro de John Cheever en español es casi una rareza. No abundan en las librerías, no hace parte de los más vendidos y es un clásico norteamericano opacado por figuras con más brillo. Hay que decirlo: Cheever es un autor secreto, exquisito, apreciado por aquellos que tienen buena puntería a la hora de cazar trofeos para los anaqueles de sus bibliotecas. A mis manos llegó el primero de sus libros gracias a un amigo que ha sobrevivido a varios descarrilamientos. Le dije una tarde: “necesito leer algo que me ponga el mundo al revés”. Y él, con un gesto de burla que sólo quería decir “te entiendo”, respondió: “Busca a Cheever, ‘La Geometría del Amor’, está disponible, nadie lo presta”. Lo leí en pocos días, cada uno de sus cuentos, mi mundo no volvió a ser igual. Después, trabajando como redactor de noticias económicas en un periódico venido a menos, desempolvé del centro de documentación una selección de sus primeros cuentos. Fue maravilloso encontrar una historia como “Saratoga”, donde un par de jugadores son reunidos por el azar y se convierten en amantes sólo para hacer despacio una cosa: perder y perderse. Todavía conservo esta edición en mi biblioteca sin remordimiento de haberla hurtado.
Y seguí buscando libros del buen Cheever. Sabía de sus novelas (de las cuáles no he leído ninguna hasta el momento) y era consciente de que había un centenar de cuentos más por leer. En la mejor biblioteca de esta ciudad hallé otra antología titulada “El Nadador”, ese cuento inquietante en el que te ahogas y sales salpicado, con tu estómago repleto de fríos cócteles para que no te afecte demasiado ese asunto de no comprender del todo el transcurso del tiempo.

Para que ninguna historia se me olvidara, o al menos para que no se perdieran de mí sus esencias, leí este libro tres veces, cada uno de sus cuentos: creo que soñé algunas noches con “El ángel del puente” y estuve profundamente conmovido por las aventuras del pobre “Brigadier y la viuda del golf”. Empecé a anhelar un peregrinaje europeo como el que hizo “Una mujer sin país” y espero también, desde entonces, un romance tranquilo en una casa junto al mar. Después de dudarlo mucho devolví el libro a la biblioteca (nunca podría quedarme con un libro de esta biblioteca insomne). Hasta aquí, por un tiempo, llegó mi historia con Cheever. Otras lecturas llegaron a mis manos: Schwob, Fante, Bolaño, navegué un buen tiempo en “Los Miserables” (un viaje que sigue inconcluso), volví a historias ferroviarias con Juan José Arreola, Philip K. Dick me acompañó en un paseo por la esquizofrenia, Ribeyro me hizo recordar lo importante que sería hundir a Europa para hundirse con ella, y en el Diario de Lecturas de Manguel me volví a encontrar con Cheever, en esta ocasión con algunos fragmentos de sus diarios. El hombre escribió cada maldito día de su vida. Imagino sus diarios como una colección de volúmenes superior a la enciclopedia británica, con la ventaja adicional e insuperable de estar escritos a la luz de un permanente delirio etílico.

Cheever es uno de mis escritores favoritos: nació en 1912, tres años después que John Fante, ocho antes que Charles Bukowski, Hemingway tenía apenas trece años y cuando Kerouac salía desnudo del vientre de su madre, él ya contaba con una década de andares. Fue una de las voces más poderosas de esta generación de la decadencia, criada en los extramuros, en la escasez y en la infelicidad. Murió en 1982, yo estaba por cumplir mi primer año de vida. Empecé a leerlo cuando tenía 20. Iba en el tren, estaba sereno, y apareció Cheever a decirme: “Hey, hombre, disfruta el viaje todo lo que puedas y reza por que el maquinista acelere la marcha, para que más adelante sólo encuentres rayos de luz que se posan en los hombros de las mujeres, pruebes la felicidad por un minuto y no te duela mucho cuando el vagón de vueltas y se desmantele”.

Hace un año, este vagón empezó a girar por primera vez y fue como un azar que en días previos alguien me obsequiara una edición de 1972 con 49 de sus cuentos. En la contraportada aparece una foto de Cheever, un hombre con medio siglo de vida que sonríe. Las páginas están amarillas. La letra es pequeña, difícil de leer. Huele a polvo y siempre que intento leerlo me aborda la sensación de estar creando oscuridad. Por más luz que haya en la habitación se cansan mis ojos y las líneas se confunden y no avanzo. Pero es un libro hermoso porque cuando fue editado Cheever estaba vivo y más de 30 años después llegó a mis manos. Ahora, celebro una nueva aparición de sus cuentos. La editorial Emecé publicó dos tomos con sus mejores relatos y otra vez me importó un comino saber que este tren en el que vamos va a estrellarse, y le agradezco a Cheever la valentía, así como le agradezco a otros escritores que me enseñaron ser cobarde, así como le agradezco a todos el único aprendizaje que sirve para algo: saber descubrir como ninguno el cuerpo de una mujer, al menos mientras se presenta uno de esos pequeños desastres que te dicen: “la vida vale mierda porque la soledad pierde muchas batallas pero siempre gana la guerra”.

Nada más miren los títulos de los cuentos para que se antojen y corran a buscar a Cheever, algunos de ellos me han hecho llorar:

Tomo 1

-Adiós, hermano mío
-Un día cualquiera
-La monstruosa radio
-Oh, ciudad de sueños rotos
-Los Hartley
-La historia de Sutton Place
-Granjero de verano
-Canción de amor no correspondido
-La olla repleta de oro
-Clancy en la torre de Babel
-La Navidad es triste para los pobres
-Tiempo de divorcio
-La casta Clarissa
-La cura
-El superintendente
-Los chicos
-Las amarguras de la ginebra
-¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!
-El día que el cerdo se cayó al pozo
-El tren de las cinco cuarenta y ocho
-Sólo una vez más
-El ladrón de Shady Hill
-El autobús a St. James
-El gusano en la manzana
-La bella lingua
-Los Wryson
-El marido rural
-La duquesa

Tomo 2
-El camión de mudanzas escarlata
-Simplemente dime quién fue
-Brimmer
-La edad de oro
-La cómoda
-La profesora de música
-Una mujer sin país
-La muerte de Justina
-Clementina
-Un muchacho en Roma
-Miscelánea de personajes que no aparecerán
-La quimera
-Las casas junto al mar
-El ángel del puente
-El brigadier y la viuda del golf
-Una visión del mundo
-Reunión
-Una culta mujer norteamericana
-Metamorfosis
-Mene, Mene, Tekel, Upharsin
-Montraldo
-El océano
-Marito in cittá
-La geometría del amor
-El nadador
-El mundo de las manzanas
-Otra historia
-Percy
-La cuarta alarma
-Artemis, el honrado cavador de pozos
-Tres cuentos
-Las joyas de los cabot

Por último: sigo trastocado por las imágenes que adornan esta hermosa edición: una libélula, una jaula abierta con un pájaro que al parecer no quiere salir y sólo canta, y una maleta de viaje. También por la imagen de su novela Falconer: un ángel caído. Veo esas imágenes mientras este vagón en el que voy sigue dando vueltas y me hiere con sus esquirlas. Sonrío.

El cómic como una de las bellas artes

Posted: sábado, marzo 17, 2007 by Godeloz in
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Emparentado con el cine, la pintura y la literatura, el cómic ha estado presente en la historia de las bellas artes por más de cien años.


Con superpoderes o sin ellos, los personajes de los cómics o historietas batallan a brazo partido para ganarse un lugar en la historia. Y muchos de ellos sí que lo han logrado.
Llega a la mente el rostro de Mafalda arrugado por el asco a la sopa, o la cabellera siempre despelucada de Calvin, al lado de su inseparable y feroz amigo de felpa, Hobbes. Y retrocediendo más en la línea temporal de las Cómic-strip o tiras cómicas, se recuerdan los nombres de Águila Solitaria, El Santo, Kaliman o Condorito.
Personajes tan sencillos como increíbles protagonizan estas aventuras místicas, ridículas o peligrosas, que durante todo el siglo XX y parte del XIX se vienen imprimiendo en páginas de periódicos o cuadernillos coleccionables que llegan a convertirse en verdaderas reliquias para los más aficionados.
Nada de extraño tiene que detrás de los cómics haya toda una comunidad que los lee y estudia con tanto rigor como divertimento. Al tiempo que se dilapida el tiempo libre, aumenta una erudición tan respetable como la del científico. Porque no es sencillo hacer el seguimiento de una historia que cumple ya más de un siglo.

Puro amarillismo

La fecunda proliferación de las tiras cómicas se la debemos sin duda a dos magnates norteamericanos que se dieron la pelea a finales del siglo XIX y principios del XX, Pulitzer y Hearst.
El emblema de esta encarnizada lucha de poderes fue un pequeño niño lampiño y orejón del bajo fondo norteamericano. Yellow Kid o El Chico Amarillo, es considerado como el primer cómic de la historia; apareció por primera vez en las páginas del New York World en 1893. Este periódico, propiedad de Joseph Pulitzer, fue el primer medio impreso en incursionar con las tiras cómicas y al mismo tiempo, uno de los primeros periódicos en incluir color en sus páginas. Gracias al Chico Amarillo, el diario se vendió como pan caliente y al periodismo escandaloso empezó a llamársele amarillismo.
Dibujado por Richard F. Outcault, Yellow Kid marca el inicio de la historia de los cómics que no tardaron en aparecer en otros medios. El mismo Outcault fue uno de los precursores más importantes. Para 1897 otro periódico ya poseía la patria potestad de una de sus creaciones, Búster Brown, que contrario a lo que hacía Yellow Kid, reflejaba la clase alta norteamericana.
Por su parte, el archimagnate de los medios de comunicación, William R. Hearst hizo lo propio introduciendo, además de noticias mentirosas, tiras cómicas en sus diarios sensacionalistas

Las bellas artes

Sin temor a exagerar o mentir, puede asegurarse que los cómics hacen parte de las bellas artes. El sustrato narrativo es obvio, proviene de la literatura y en especial de novelas como Los Miserables, que se editaban por capítulos en publicaciones de difusión masiva. Y aunque la esencia gráfica puede rastrearse hasta las pinturas rupestres de la prehistoria o los jeroglíficos egipcios, su antecedente más directo, según los estudiosos, son publicaciones educativas que circularon en Francia a principios del siglo XIX. Llamadas Aucas o Aleluyas, estos grabados representaban breves historias para niños con textos explicativos en la parte inferior de la página.
Pero la evolución de las tiras cómicas también está emparentada con el desarrollo del periodismo y la aparición del cine.
Los caricaturistas y dibujantes se han valido de ellas para hacer una parodia de la realidad, o para crear mundos paralelos en los cuales las injusticias sociales son combatidas por enmascarados alienígenas de habilidades sobrehumanas. De la mano de sus personajes, y éstos de la mano de sus creadores, se han ganado un lugar en la lista de los inmortales.
Mafalda, Batman, Olafo, Charlie Brown, Superman, son nombres tan reconocidos como Quino, Kane, Browne, Schulz, Siegel y Shuster, sus respectivos creadores.
Hoy, es evidente el desarrollo que han alcanzado los cómics. Cada país, cada región, cada continente, en fin, cada cultura, tiene su propia historia y su propio estilo en lo que al cómic se refiere. Aunque con elementos comunes que hacen universal esta forma del arte. Las historias llegan ahora en volúmenes de lujo de papel laminado y policromo. Las viñetas ya no son uniformes, monótonas, planas; al contrario, cada vez son más arriesgados los ángulos desde los cuales el dibujante expone su punto de vista; y conforme crece la camada de ilustradores, narradores y caricaturistas aparecen nuevas formas de expresar el erotismo, la burla, la acción, el drama, la tragedia y el humor que están contenidos en esa Caja de Pandora que es el ser humano.

El deporte rey por el arte supremo

Posted: miércoles, marzo 07, 2007 by Godeloz in
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El minuto cero de cualquier contienda futbolística es como la página en blanco que precede al primer capítulo de una obra literaria. Se sabe de ante mano que al darle vuelta aparecerán personajes fatales o cómicos, tristes o vengativos, generosos o desquiciados…


La primera frase de un libro es tan importante como el pitazo inicial de un clásico del fútbol. Si el inicio es bueno, el hincha o el lector no perderán detalle de lo que sucede en el terreno de juego o en el campo de batalla. En esos lugares se cocinan, ante nuestros ojos, todas las pasiones humanas. Porque así como a Otello lo destrozaban los celos, a un portero abatido mil veces por los goles lo carcome la angustia de ver que su equipo no descuenta el marcador.


La venganza estalla en los empates desde los doce pasos, el amor se desnuda en la alegría del jugador que le dedica el primer tanto a una mujer y la envidia anega los rostros del aficionado que está cansado de ver a su equipo del alma sufrir una derrota cada domingo.


Sí, un partido de fútbol es una novela con 22 personajes principales (los jugadores), un villano imbatible (el árbitro) y miles de personajes secundarios (los hinchas) que en momentos inesperados se convierten en los héroes de la historia. Como ese hincha impúdico de Europa que aprovecha los encuentros de balompié para saltar a la grama y perseguir a los jugadores como Dios lo trajo al mundo.


Y este hecho no ha pasado desapercibido para los maestros de la pluma.
La lista de escritores que han dedicado sus obras al deporte rey es tan grande como la de los astros que han hecho historia en cada estadio que pisan.


Juan Villoro, el escritor mexicano que estuvo hace poco en Colombia, recuerda algunos en su ensayo “Los once de la tribu”. Habla del Beckett que poca atención le prestaba a “los desastres de la tierra” para escrutar con sus ojos de pájaro la tabla de goleo. Camus también aparece en el texto. Lo que no queda claro es si lo hace con su uniforme de portero o envuelto, con el rostro ya descompuesto por el desasosiego, en una gabardina de invierno. Y Oscar Wilde irrumpe con la frase que usaba para rechazarlo: “El fútbol es un deporte muy apropiado para niñas rudas, pero no para jóvenes delicados”.


A lo largo de este ensayo y de muchas crónicas y de algunos cuentos, Villoro convierte la pasión del fútbol y el amor por la literatura en una sola cosa. Dos fuerzas que compiten en el corazón del hombre, anulándose y también complementándose. Para él, no es tan importante haber ganado el Premio Herralde de Novela como lo fue estar de cuerpo presente en el Mundial de Italia 90.
Y como este escritor mexicano, otros autores no han podido desligar de su vida intelectual, personal y creativa el fútbol y las palabras.


Puede ser que los argentinos lleven la delantera. En este país de escritores geniales e hinchas furibundos han nacido obras que amalgaman fútbol y literatura y seguramente pasaran a los anales de la historia como las más grandes.


Uno de los escritores vivos que más demuestra esta afición por el balón y por las letras es Fontanarrosa. Ha escrito cuentos, crónicas, ensayos y novelas con el fútbol y sus protagonistas como tema central. Su novela, “El área 18”, muestra al fútbol como una metáfora más afortunada de la guerra, en la cual los habitantes de un país llamado Congodia, juegan fútbol en lugar de librar infinitas carnicerías para dirimir las diferencias.


Osvaldo Soriano, Julio Cortázar y hasta Jorge Luis Borges, por mencionar a los más conocidos, igualmente gastaron tinta para hablar, aunque fuera un poco, del deporte mundial.


Y si salimos de Argentina para hablar de los latinoamericanos, o mejor, para hablar del resto del mundo, nos encontramos con nombres como el de Eduardo Galeano, Mempo Gardinelli, Julio Ramón Ribeyro, Daniel Samper, Roberto Arlt, Javier Marías, Peter Handke, Ryszard Kapucinski y muchos otros que escapan de esta pesquisa… Autores que en algún momento de sus vidas se han ocupado de transcribir al papel lo que sienten por el fútbol en lo más hondo de su corazón.


Y aunque está demostrado que hay más escritores locos por el fútbol que jugadores delirantes por la literatura, poco importa este hecho cuando se acerca el pitazo final. En ese momento, vale más un gol marcado en el último minuto que todas las páginas escritas de la historia.

Poética incendiaria del Colombian Dream

Posted: martes, marzo 06, 2007 by Godeloz in
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Literal y figuradamente, “El Colombian Dream”, de Felipe Aljure, tira a la basura a todo el cine colombiano; o mejor dicho, lo lanza a una llamarada. Al menos al cine colombiano que se ha intentado hacer en los últimos años, con escasas excepciones que salen libradas pero con quemaduras de menor grado por haber querido hacer lo mismo quedándose en algún tramo del camino: o la candelada no tenía suficiente fuerza para deshacerse de toneladas de desperdicio o la luz que ardía era apenas un punto brillante al final de un túnel largo, tedioso y demasiado oscuro.


En cambio, “El Colombian Dream” sí que es un punto luminoso, y además multidimensional. Porque tiene tantos lados como un poliedro que se puede comer o guardar en el bolsillo. Puede mirarse desde ángulos de diferentes matices: el cinematográfico, el literario, el poético, el moral, el humorístico, el cínico, el sádico, el masoquista, el altruista, el optimista, por supuesto el pesimista, e incluso, puede mirarse desde el ángulo de un misántropo que de un momento a otro empieza a confiar (no a querer, que es bien distinto) en la raza humana, o en la raza, tan pintoresca a los ojos del mundo -¿cuál no?-, colombiana.


Desde el principio, y este es el temor que asalta a cualquier espectador que se arriesga a pagar una boleta para una película nacional, “El Colombian Dream” dice, o más bien grita: “¡ey!, yo no soy una película con argumento de telenovela”. Y lo grita con la luz, con la música y con la voz del narrador que definitivamente es conmovedora. Pero hay que advertir desde ya que en esta película no hay lágrimas. Al contrario, hay de esas muecas que suelta alguien que no sabe si reírse de un chiste o reírse de sí mismo o reírse de su vecino.


Porque “El Colombian Dream” es como las películas norteamericanas que sacan a relucir la gran estafa que es el mundialmente famoso sueño americano: a partir de un elenco coral de personajes disímiles, auténticos y descabellados le quita la máscara a la pantomima de la realidad.


La diferencia de Aljure, digamos que con Todd Solondz (Happiness), Gus Van Sant (Elefant, Last days) o Paul Thomas Anderson (Magnolia), es que tuvo la fortuna y también la mala suerte de haber nacido en un país donde, sin lugar a dudas, los sueños son bien distintos aunque parezcan iguales: la gente sueña con amor y con felicidad, aunque ésta no exista y aquel sea imposible, y entre el no existir y la imposibilidad, entonces la gente mejor sueña con algo que da sensaciones muy parecidas: el dinero. Aquí es donde está la diferencia del sueño americano y el apenas descubierto colombian dream. Cuando Solondz, Van Sant o Anderson le quitan la máscara a la realidad, el rostro que resulta raya entre lo horroroso y lo grotesco. En cambio la realidad que queda semidesnuda con el gesto incendiario de Aljure no tiene nada de horripilante y sí mucho de esclarecedora: en Colombia las personas se queman tratando de alcanzar sus sueños, pero si no terminan muertos, presos, solos o varados en una carretera, son capaces de renacer entre sus propias cenizas que para la gran población es su propia mierda.


En el caso del sueño americano es preferible volver a poner la máscara en su sitio y olvidar de golpe el olor que se había levantado. En nuestro caso es preferible seguir respirando el hedor porque al final, sin remedio, la realidad es capaz de tejerse otro rostro de fantasía.
¡Vaya enseñanza la que ha dejado esta película! Y eso que también es una película sobre drogas, traquetos, putas, pervertidos, asesinos y poetas.


Su ventaja, sobre todas aquellas que ha hecho arder (excluyendo a unas cuantas, sólo unas cuantas, que sí merecen viajar por el país en la maleta del Ministerio de Cultura), es la valentía. Por un lado, explora y explota, como toda obra cinematográfica debe hacerlo, todo lo que puede hacerse con una cámara y una película: está llena de luz y de sombras, aprovecha los colores y las texturas, juega con los sonidos y la música (una banda sonora inigualable) también cuenta la historia, hace malabares con los puntos de vista y trastoca con el movimiento. Esto es una cachetada para los cientos de Dagos García que se forman a la sombra de las lamentables productoras que creen que hacer cine es lo mismo que hacer televisión.


Por otro lado, otra cachetada que arroja “El Colombian Dream” cae en la cara de los que no creían en el cine colombiano y en la de aquellos que, sabrá Dios o el Sagrado Corazón por qué, creían demasiado. En ambos casos sólo queda una cosa por decir: “¡Cómo pega de rico este man!”.

El pie que quería ser manzana

Posted: by Godeloz in
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Para los realizadores de Medellín y otras ciudades del país, el Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia es una oportunidad para sacar a la luz sus trabajos, uno de los más llamativos en el 2005 muestra las obsesiones del realizador por el tiempo que transcurre y el que permanece.


Jacobo Cardona es Antropólogo de la Universidad de Antioquia, ese es el título oficial pero él sabe moverse con más pericia en terrenos donde la oficialidad es una promesa del purgatorio. Alrededor de su vida ha tejido una especie de mitología clásica que incluye desde incestos hasta viajes fantásticos por el sur de América.


De la vida prefiere unas cuantas buenas películas, unos cuantos buenos libros, unas cuantas buenas canciones, hacer pocas (pero incisivas) anotaciones en el diario y ladrar algunos comentarios misántropos pero humanistas. Escribe con la energía de un adicto a las anfetas pero en sus obras aún nadie se ha fijado, ni en su volumen de cuentos “Las pistolas de John Wayne” donde niños vietnamitas bailan como Elvis para crear remolinos de arroz, ni en su colección de poemas “La esquiva sombra del Colióptero” que muchos jurados han leído sin percatarse que están frente a una poética distinta que amalgama sin equilibrio, es decir, en contradicción, la filosofía (del absurdo) y el cine, el sexo y la fatalidad, el viaje y la muerte, el tedio y la celebración etílica. Esta obra temprana, perfila la sombra de un creador cuyas obsesiones son el trastorno, la subversión, esa obsesión universal que es el tiempo, la memoria y la muerte como espera divertida: una mezcla de ironía y desdicha que se adivina en sus anotaciones accidentales desperdigadas en papelitos arrancados de cuadernos extraños.

Bailando en el abismo
El mundo de Jacobo es el mundo de cualquier joven contemporáneo que elige lanzarse al abismo por cuenta propia, sin esperar a que lo empuje el que aguarda su turno en la fila de jóvenes contemporáneos que quieren hacer cine, escribir novelas, viajar por el mundo, pero que sobre todo quieren, sin ofrecer toda su sangre, la gloria y el éxito. Como dijo Bolaño de Elroy, Jacobo mira al abismo con los ojos abiertos y encima de todo le baila el chachachá con una sonrisa de dientes amarillos y aliento de humo. Jacobo lo sabe por obligación, que primero hay que reventarse la crisma día con día, sin dejar de parir ideas, sin dejarse vencer por el anonimato. Por eso trabaja cada vez que puede, para ganar unos pesos y perderse después, durante días, con la extrañeza de sus amigos, en uno de sus viajes, algunos de los cuales no lo llevan más allá del baño de su apartamento, para regresar con un nuevo hijo entre los brazos (hijos que por otra parte tienen la condena, afortunada algunas veces, de dormir para siempre en una carpeta deshilachada que se perderá cualquier día de mudanza). El último de ellos, sin embargo (y quien sabe si por desgracia), se resistió al archivo y ahora ronda entre los seleccionados para la muestra Caja de Pandora del Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia. Es un cortometraje de 20 minutos realizado en 24 horas (6 de rodaje, 12 de edición, otras 6 de anotar ideas). Aunque sin contar las horas que gastó viajando hasta el Tolima –donde vive su familia-, y las invertidas en convencer –quería que saliera barato- a su padre y a su primo para que debutaran como actores naturales.

El transcurso del tiempo
Teoría de Catástrofes es una metáfora sentimental sobre el transcurso del tiempo, sobre la pérdida y también sobre lo que permanece, aquello que regularmente son ruinas o escombros. Los tres epígrafes que la encabezan, uno de Bolaño, otro de Thomas Bernhard y otro que parece de Drácula pero pertenece a la magnifica lucidez de Ingmar Bergman (“Nada es más terrorífico que la luz blanca del sol”), ya dejan adivinar que los 20 minutos subsiguientes serán ambiguos pero significativos, desolados y silenciosos, vivos y al mismo tiempo agónicos.


El paisaje es Armero y la historia es la de dos hombres que perdieron algo el día de la avalancha. Está la carretera como guest star, y los ruidos de los bichos y los pájaros y las tracto mulas que pasan a toda velocidad le ganan en protagonismo a los ademanes del hombre joven que recoge muestras en frascos de vidrio, como si estuviera armando un puzzle.


Por pura coincidencia, o quizás no, los planos son largos y lentos y la cámara permanece estática, dándole preponderancia a unas locaciones que dejan la clara intuición de la tragedia, una alegoría de la ausencia, tal y como sucede con el cine oriental de hace 50 años en el que los directores conservaban su propio sabor y no estaban manchados con los cánones que Hollywood y la tecnología imponen.


Se adivinan entonces las influencias, algo de cine iraní, de Atom Egoyan de Wong Kar Wai. Esa tendencia a la reconstrucción improbable, por lo tanto inexacta, del pasado. Los personajes transitan a través de los planos generales y los primeros planos, estrechos en el mundo del campo visual. Aparecen cortados. La fragmentación del cuerpo como declaración de inconformidad. Contraplanos que desorientan porque de lo general se pasa al detalle minucioso sin que se presente un exabrupto. Pero sin entrar al territorio de lo irreconocible. Para Jacobo, el sentido de la obra de arte debe ser ambiguo, que el espectador sienta una exigencia, que irrumpa en él una cefalea si no merece ser parte de un público que debe preguntar, cuestionar, desajustar, desbaratar y volver a armar, criticar por encima de todo.


Aunque la historia tampoco pretende ser indescifrable. “Un hombre viaja al lugar donde 20 años atrás una avalancha sepultó a su hijo, los muertos no descansan, crecen y clasifican sus rastros, y quien regresa, nunca se ha marchado”, definición que deja adivinar la arquitectura de la historia en forma de pregunta ¿Es el hombre que recoge muestras el espectro del niño sepultado? O ¿es la imagen del padre 20 años atrás, cuando era joven, feliz y no había perdido aún nada? La lectura puede hacerse a voluntad e incluso, pueden generarse nuevas interpretaciones, darle otros sentidos a una historia que aun a Jacobo se le aparece distinta cada vez que la mira.


Esta exploración de indicios que es Teoría de Catástrofes (una variante más del mito del eterno retorno) finaliza con un momento emotivo que hacen sentir los 20 minutos como la exégesis abreviada de los 20 años que han transcurrido desde la avalancha. El automóvil se aleja y uno de los hombres se queda. Luego, aunque debió ser un poema musicalizado de Neruda que habla sobre un pie que quería ser manzana, aparece una melodía que también es perfecta. Una canción de El Colectivo, grupo de música electrónica paisa, le da un clímax intenso al final, compuesto por las imágenes del Armero que quedó borrado del mapa, un pueblo que para nosotros tiene nombre porque la tragedia fue demasiado cercana pero que en el planteamiento del cortometraje puede ser cualquiera porque la desaparición es una promesa garantizada desde que la historia se desbocó en su camino de insospechadas ramificaciones.



El crepúsculo de la pornografía

Posted: miércoles, noviembre 01, 2006 by Godeloz in
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Las viejas salas de cine de la ciudad son ahora templos de oración llamados Centros de Ayuda Espiritual. Lo que exhibían algunas de estas salas, como el teatro Capitol, el Odeón o el Capri; contrasta con lo que se puede ver hoy en día. El espasmo fue reemplazado por la liturgia.

Sobre esta pared, donde antes se proyectaban las sombras y siluetas de las divas más voluptuosas, sensuales, arrojadas, estridentes, de la pornografía italiana, pende hoy una enorme cruz de madera y una sentencia: "Jesús es mi señor".

Las sombras que envolvían pantalla, escenario y silletería fueron reemplazadas. La penumbra ya no existe, no existen más esas sombras cargadas de humores íntimos y gemidos entrecortados que se hacían más rápidos y constantes a medida que los planos generales se convertían en el primer plano del coito y los actores de las películas se acercaban al estallido del orgasmo.

El público que asiste hoy al Capitol es muy diferente, no es el rebaño de mujeres y hombres solos que derrochaban el día en las funciones continuas de la sala x buscando la convulsión placentera del amor momentáneo. Ni el proxeneta o el dealer que, enmascarado en una oscuridad intermitente de 24 cuadros por segundo, movía en secreto los hilos clandestinos de su negocio. Tampoco entran ya los hombres metamorfoseados en voluptuosas mujeres para amancebarse con los anónimos espectadores ni los niños de la vida real que sufrían las vejaciones proyectadas desde la vida imaginaria. Quienes ocupan ahora las butacas no son los correligionarios del hedonismo ni los seguidores epicúreos de la libertad del cuerpo sino los miembros de otro culto que en sus inicios se reunía en lóbregas catacumbas y perdía adeptos en las mandíbulas de los leones: los cristianos. Ese discreto encanto de la pornografía, cargado también de una sincera crueldad, desapareció hace meses del Cine Capitol, hoy convertida en templo de oración o Centro de Ayuda Espiritual.

Las antiguas salas de cine de la ciudad, algunas de ellas por años especializadas en pornografía, están siendo ocupadas por estas iglesias cristianas que encuentran en los amplios locales un lugar propicio para congregar a los fieles. Sucedió con el teatro Odeón y con el Capri, también con el Capitol. Cuando el cine dejó de ser buen negocio, los viejos proyectores tuvieron que ser vendidos o archivados. Era común ver a la entrada de los teatros las butacas menos deterioradas, las menos rotas, las menos trajinadas, disponibles para la venta. Los afiches más clásicos del cine (El Mártir del Calvario, Marcelino Pan y Vino, La Profesora Sado, Tarzan de las Monas, la versión nudista de Por Siempre Cenicienta) fueron igualmente puestos en el cadalso de la compra venta. Cuando no hubo más que vender ni rifar ni cambiar, la única forma de sacarle partido a las salas en decadencia fue alquilándolas a los nuevos evangelizadores, pastores errabundos que viajan de país en país erigiendo templos y divulgando su mensaje en periódicos, programas radiales y series de televisión donde los devotos rinden testimonio de los innumerables milagros acaecidos por obra y gracia de la oración rigurosa y la devoción ciega.

Tocados por Dios

Pare de sufrir es el mensaje de la iglesia y es como si se prolongara en un pare de llorar, de estar desempleado, de padecer el dolor del cuerpo, el dolor del alma, de padecer cualquier dolor. Como si extendiera una invitación que dice venga, escuche esta historia, presencie esta otra, ponga el dedo en la llaga para que compruebe que no es burla. Vea que esta señora de Barranquilla iba a perder su casa pero después de llegar al Centro de Ayuda Espiritual su revolcada vida volvió a revolcarse, esta vez para bien. Sus acreedores le devolvieron el inmueble perdido y de la nada se vio con casa, carro y moto. Vea que a esta mujer, que sufrió toda la vida de nerviosismo, miedo, pesadillas, que fue atormentada por visiones extrañas y voces que la hostigaban en soledad, que se desmayaba constantemente, que era propensa a un soplo del corazón, que estuvo a punto de verse obligada a tomar drogas de por vida, a esta mujer el Centro de Ayuda Espiritual le cambió la vida, participó en una cadena de liberación y su semblante cambió, una sola palabra la hizo entender –por fin— que no estaba predestinada para el sufrimiento. Y vea que a este otro hombre que sufría de picadas en el corazón, este otro que navegaba en el alcoholismo, esta mujer, este niño, este anciano, todos fueron sanados, redimidos, regocijados en el Centro de Ayuda Espiritual.

Y entonces, ante esa aglomeración de voces, de historias reales, cómo no creerlo si tantos lo han vivido, si tantos dicen que realmente una mano divina les acarició la cabeza, cómo no acercarse al Capitol o al Odeón o al Capri para comprobarlo.

Oración fuerte

Es martes, son las 5 de la tarde y el primer encuentro del día acaba de finalizar. El antiguo teatro Odeón está desocupado a excepción de algunos cuantos fieles que perseveran en su fe y leen las escrituras desperdigados aquí y allá. Unos, de rodillas, con los ojos cerrados, fruncen el seño como tratando de liberarse de un gran dolor. Otros anidan en las sillas buscando una posición cómoda para esperar la última ceremonia a las 7 de la noche. Los empleados del lugar, vestidos con uniformes oscuros asean el altar, los pasillos, el vestíbulo. Antes de entrar una mujer me pregunta si voy a participar. Le digo sí y pregunto por el pastor. Señala a un hombre que habla con una mujer en las primeras bancas y me dice bien pueda, entre y espere al pastor G. Entonces, tomo asiento cerca de los dos interlocutores para escuchar la conversación. Por lo que puedo oír, ella acaba de participar en la sesión de oración y está muy inquieta. Es la primera vez que viene y no entiende por qué la gente gritaba y lloraba y se retorcía y se desplomaba. Me impresiona que la gente grite y diga que salga el diablo, dice. El pastor G dice que hay espíritus que quieren hacer sufrir. Sabemos que hay un espíritu adentro cuando las personas se sienten mal al orar fuerte, dice. Es una guerra espiritual entre ángeles y demonios, dice. La mujer empieza a decir que no cree en los líderes de las iglesias. Para mí son más malos que el resto de la gente y como la ignorancia puede más entonces la gente cree, sentencia. Sí, dice el pastor G, hay iglesias que buscan la plata pero aquí cuando la gente da es porque ha recibido. La conversación se prolonga durante varios minutos, la mujer interroga al pastor G y éste le da las respuestas, dice lo que Dios pide, lo que da, lo que quita. La mujer, al despedirse, promete que regresará. Pero es tan difícil cumplir tantas cosas que Dios nos pide ¡es tan difícil! Suspira.

Miro alrededor y fuera de ver la nueva iglesia, intento ver el viejo teatro donde tantas veces vine en mi niñez a ver las películas de karatekas que llegaban en ese entonces. Siempre venía con papá y luego empecé a venir solo hasta un día en que una niña de doce años se sentó a mi lado y me ofreció su cuerpo o su boca por unos cuantos pesos. Indignado salí del teatro y no volví de nuevo hasta hoy que espero al pastor G para someterlo al interrogatorio de rigor. Sin embargo, cuando sabe que soy periodista hace todo lo posible por no contestar. Bueno, debo prepararme para la oración, dice y me acompaña a la puerta donde una mujer le da un apretón de manos. Pastor, hoy vengo con tanta fe, yo creo que hoy sí se me va a cumplir. La mujer, con su blanca cabellera casi a ras del suelo, dispara una sonrisa cuando le habla al pastor y continúa caminando. Me pregunto qué enfermedad la aqueja, cuánto dolor han soportado estas personas para encontrar sosiego en el ritual de la oración.
6:30, salgo del Odeón, son las 6:30 de la noche y me dirijo al Capitol donde una particular ceremonia está a punto de empezar.

Algarabía de fe

Cuando estaba en el Odeón y vi la piscina inflable, pensé que allí se hacían bautizos pero en el Capitol, al preguntar por la piscina inflable del altar, el pastor K me dijo que era agua del estanque de Sinoé. La trajo el Obispo que estuvo en un viaje por Tierra Santa. Quédese en la ceremonia y participa. Hoy es martes de sanación pero también puede venir los sábados de casos imposibles, la gente va a poder tocar el manto que el Obispo consagró en la tumba del señor, dice el pastor K.

Las personas empiezan a llegar, puntuales. Vienen con sus pequeños hijos que apenas sueltan las manos de los mayores inician ese eterno recreo en el que viven. Gritan y ríen, apabullantes, sin hacer caso de las amonestaciones adultas. Cada vez son más numerosos los feligreses y cuando el pastor toma el micrófono para dar inició a la ceremonia, todos, como anonadados, se ponen atentos. Entonces, después de las primeras palabras, el pastor invita a hacer una fila para tocar el agua sagrada de Sinoé y empezar con la sanación. Se acerca al primer feligrés. Introduce sus manos en la piscina inflable, sujeta a su segador de la cabeza y ¡sal demonio del dolor! Dice, grita, ruge: ¡sal demonio de la inflamación! ¡Sal enfermedad! Y el devoto con su frente abrazada por las manos y el ímpetu del pastor se sumerge sin remedio en un trance de convulsiones.

El pastor, deposita al obnubilado feligrés en las manos de sus ayudantes para que éstos terminen con el rito y así, cada uno, va pasando por un tipo de exorcismo. Sal demonio de todos los demonios es lo único que se escucha en la antigua sala x donde la convulsión persiste, una convulsión hipnótica que hace a aquella mujer agitar sus manos y aquel hombre desmayarse sostenido por tres y hasta por cuatro ayudantes mientras el pastor sigue ordenándole al demonio del dolor, de la inflamación, de la purulencia, de la deformidad, de la terquedad, del vicio, que abandoné los cuerpos de los que ya decidieron dejar de sufrir y para hacerlo gritan, oran, se convulsionan. Estremecidos, toman asiento los ya exorcizados y algunos sosteniendo su cabeza con el pilar de sus brazos rezan en un bisbiseo apurado mientras el pastor continúa con su invocación y las personas que faltan chapotean en el agua de Sinoé de la piscina inflable.

En la entrada lateral del teatro, algunos curiosos se han aglomerado para ver el ritual. En sus rostros veo los rasgos de la curiosidad, el gesto de la burla, ese ademán inconfundible de la envidia, veo incrédulos, escépticos, creyentes con aprensión de dejarse zarandear de esa forma y otros creyentes que definitivamente prefieren la misa de los domingos. Cuando el ensordecedor ritual finaliza hay un silencio que parece el primer silencio de la tierra. Pausadamente el rumor de la calle se toma el interior del Capitol, un rumor que no ha cambiado en los últimos años. El traqueteo de las carretas de los vendedores ambulantes, un tac tac de tacones altos, de notas musicales manando de los bares de salsa, de automóviles a toda velocidad y a toda lentitud, los afanados y los que pasean con paciencia de astrónomo escogiendo las estrellas para su noche enloquecida. En la fachada del capitol ya no están escrito el nombre de Eva Henyer, el de Stephanía Sartori, el de Nikita Doll, esas divas del libertinaje, sino que un enorme letrero: Cine Capitol Centro de Ayuda Espiritual es el encabezado que gobierna esta calle Barbacoas en la que avanza una noche inexorable de algarabía y sexualidades ambiguas que se ofrecen recostadas en las puertas cerradas del templo.

Los marcianos

Posted: martes, octubre 31, 2006 by Godeloz in
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"¿Es posible que un hombre tenga razón aunque el resto del mundo crea que está equivocado? No pensemos en eso, sometámonos, animémonos y apretemos el gatillo."
Ray Bradbury. Crónicas marcianas.



Sonaba la estática en la radio y la señora K. no podía encontrar la música cotidiana que calmaba el aire enrarecido de Marte. Casi al borde de la desesperación, la Señoara K. lanzó un grito al vacío de cristal que la rodeaba y golpeó el aparato. Un corto circuito. La voz frenética de un marciano anunciaba el acontecimiento del día: habían llegado los vecinos del tercer planeta en sus naves plateadas de titanio, disparaban rayos láser contra los monolitos ancestrales de los valles, descargaban miles de huevos atómicos sobre las ciudades, las explosiones aniquilaban la población y pronto, muy pronto, llegarían al pueblo de la Señora K. Era el fin. 

Enloquecida, la señora K. corrió a despertar a su esposo. El señor K. descansaba tranquilamente en el sillón. El sol se derramaba en su boca viscosa. "Qué demonios pasa, mujer. ¿No ves que soñaba con marcianitas voluptuosas de electrizantes antenas?" La Señora K. conectó el cable de la radio a una de las antenas del Señor K. y este enmudeció de pánico. Tomó a su esposa de la mano y saltó por la ventana. Descalzo, casi sin aliento, el Señor K. recordó que no se había puesto los pantalones y regresó a la casa por ellos. "¿Qué pasa?", gritó la mujer." "Si he de morir a manos de los terrícolas, que no sea mostrándoles el culo", respondió el Señor K.  

La señora K. esperaba a su marido mientras centenares de personas la estrujaban. Las calles estaban llenas de esposas enloquecidas. Esposos semidesnudos que corrían con sus traseros al viento. Los niños perdidos lloraban por sus madres hasta cambiar a un color ambarino. Las ratas se deslizaban por los callejones  y se adentraban en las catacumbas marcianas. Los vehículos arrollaban a las personas. Los más radicales se hacían un hara-kiri marciano pues se indignaban de que sus científicos no hubieran podido prever la invasión terrestre. ¿No decían que había demasiado oxígeno en la tierra? ¿que tanta agua hacía la vida imposible? Se preguntaban los marcianos antes de abrirse el estómago con un cuchillo.

El pueblo era un caos. Cuerpos aplastados saturando el aire. Marcianos aplastados por los cuerpos que caían. Científicos lanzándose de los edificios más altos. Un ejército preparándose para la guerra. Templos repletos de creyentes le suplicaban a los dioses misericordia. Las tiendas de abarrotes destruidas y saqueadas. La señora K. aún esperaba a su esposo. Esquivando la horda conglomerada en las calles, entró a su casa y lo vio cagado de la risa. Todavía con el trasero al viento y el cable de la radio conectado a su antena. "Era ficticio. La invasión, la guerra, todo era ficción. No ha ocurrido nada. No han llegado los del tercer planeta. El locutor acaba de decir que ni siquiera existen", dijo el Señor K. La señora K. también sonrió. Cerró la ventana. El sol ya no se derramaba. 

Muchos marcianos muertos, muchos niños perdidos. Suficientes líos por un día. En la noche, mientras las lunas iluminaban los áridos valles de Marte, alguien pensaba, antes de irse a la cama, que tal vez en algún lugar del vasto espacio, otro mortal miraba al infinito pidiendo a los dioses ser el único en el universo.                 

Últimos días de arrabal

Posted: martes, septiembre 26, 2006 by Godeloz in
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En Medellín, el tango es una fiebre que aumentó con la muerte de Carlos Gardel, el hombre que todos los días canta mejor. A 70 años del accidente que consumió la vida del Zorzal Criollo en el Aeródromo Las Playas, la pasión por la música del arrabal empieza a salir de un prolongado letargo.

En aquellos días, muy lejanos ya, Gardel había muerto envuelto en una llamarada como sólo los grandes saben morir. Buenos Aires quedó conmocionada, el fuego que se llevó al Zorzal Criollo se extendió como una mancha de aceite en los corazones de los porteños y, enfebrecidos, empezaron a llorar para siempre la partida del más grande. Pasaban los años y era como si no hubiera transcurrido un día, el tiempo se congeló para los tangueros de alma. Se volvió ingrávido, como la secuencia de una pareja que baila tango congelada en una gota de ámbar, trazando los firuletes propicios y necesarios para una seducción sin palabras: sólo la pierna de la mina rasgando el aire en forma de látigo, azotando la entrepierna del guapo enjailaifado. Buenos Aires era un móvil daguerrotipo de músicas y azares y luces que parpadean: un rincón arrabalero bajo un toldo de estrellas.

Luis Pérez no tenía ni idea de lo que era un tango, una milonga, un bandoneón. Pero por coincidencia o predestinación, le llegó a sus manos la música adorada de obreros y ferroviarios, de matarifes y malandrines, esa melodía de los orilleros, marinos y cuarteadores del Río de la Plata. Le llegó la música en forma de bandoneón. A su madre se le ocurrió la idea de comprarle ese instrumento que más parecía la elefantiasis de una oruga.

De improviso, aunque al parecer fue un evento premeditado, se vio sumido en un aprendizaje solitario idéntico al aprendizaje del amante. Aprendió a estirar el fuelle y a comprimirlo para arrancarle gemidos que eran tango, que eran calle y arrabal. Sobre sus piernas, el instrumento se arqueaba como un cuerpo de mujer, aunque definitivamente las lengüetas y botones nunca podrían superar las curvaturas enajenantes de las garúas de los boliches de San Telmo.

Así llegó el bandoneón a su vida, de una manera similar a como llegó a Buenos Aires o como dicen que llegó a Buenos Aires: Muchos años antes de mil ocho ochenta, en un barco alemán con un marinero que bajó a los bares del puerto buscando una borrachera y tal vez un amor. Cuentan que lo primero sí que lo encontró, se embriagó en cualquier peringundín de Palermo o La Recoleta, tal vez en uno de tantos sitios prostibularios de La Boca, y a la hora de salir, se encontró sin dinero para pagar la cuenta, sólo tenía una cosa en la qué caerse muerto: su bandoneón. "Total", puede que se haya dicho (aunque en Alemán), "más vale regresar a bordo, solo como he desembarcado, que perder la vida en un lupanar". Y dejó el bandoneón en prenda. Si hizo la promesa de regresar después por él, quizá regresó muy tarde cuando el instrumento ya había desplazado a la flauta de los conjuntos, cuando ya había pasado por muchas manos, cuando ya era un árbol en medio del bosque porque otros bandoneones llegaron al puerto para llenarlo no sólo de polkas, habaneras, valses y mazurcas sino de la música del hombre de ciudad, aunque una ciudad que era tal en las orillas: tango, palabra que designaba en un comienzo a los lugares donde los negros se reunían para bailar y hacer llorar sus tambores.


El tango a cuestas

A la par que crecía la leyenda de Gardel, creció Luis con el tango a cuestas. Primero tocando en una orquestita del barrio, después en el centro y después, a los 24 años, en el mundo entero. Salió de Buenos Aires para recorrer América. Faltarían dedos para contar sus viajes pero sobrarían bastantes para hacer un recuento de sus regresos.

Su gira, enrolado en la orquesta de una estrella, duró casi 15 años. Cantando en todas las ciudades desde La Patagonia hasta las Rocallosas, la orquesta del cantor Raúl Iriarte fue y volvió tres veces. Cada gira les llevaba 5 años, un viaje que arribaba a todos los puertos: Santiago, Lima, Quito, Caracas, Bogotá. Asunción, La Paz, Río, Medellín. La Habana, Panamá, México, Managua. Cada viaje, ya sea en tren, barco, bus, los demoraba una eternidad, más tiempo del que cualquier marino pasara en el mar sin volver a casa. Hasta que ya no había ciudad donde no los hubiesen escuchado y quisieron, Raúl y Luis, anclar por fin, volver a tierra firme. La Itaca de ellos fue Bogotá. Entre los dos, pues los demás músicos regresaron al Buenos Aires querido, montaron el “Restaurante y salón de té Raúl Iriarte”. En ese año muere el némesis de Al Capone, Elliot Ness; se estrena la película de James Bond Desde Rusia con Amor, se crea en Viena la Agencia Internacional de Energía Atómica y Silvia Plath conoce a su mejor amiga, es 1957. El Restaurante es todo un éxito, el tango es el delirio de los solitarios, que en ese entonces eran muchos (como ahora, como siempre), otros artistas reconocidos como Iriarte debutan en el escenario y los discos de Gardel son reclamados por alicorados seguidores.

Llegaron a Colombia pero el tango ya había llegado desde muchos antes aunque su aparición no quedó registrada en ningún documento de aduana. Su llegada a Colombia es, como todo lo que suene a tango, rodeada por un hálito ambiguo de fluctuación. Las versiones van de una anécdota a otra sin que se compruebe ninguna. Tan fácil como pudo llegar con el cine mudo, acompañando los impresionantes bailes de Rodolfo Valentino, pudo llegar con alguna orquesta venida a menos: músicos trashumantes buscando fortuna en las ciudades provincianas de la América del Sur. Sin embargo, la versión más aceptada es la que embarca una carga de discos de 78 revoluciones desde Argentina hasta Colombia. Por una de las caras los discos tenían las canciones de los músicos locales y por la otra los tangos que para aquella época eran desconocidos. Así fue expandiéndose el tango en Colombia, cargas de discos transportadas a lomo de mula y luego en barcos de vapor, que subían de puerto en puerto por el Río Magdalena y de estación en estación en la panza del ferrocarril.

En todas las ciudades que encontraban a su paso el tango ya era el dueño y el señor. En Medellín no fue distinto. Los trescientos mil habitantes que encontró el tango a su llegada, para la década del 50, se habían más que duplicado. Igual que Buenos Aires creció por los inmigrantes italianos y portugueses y sajones y judíos, Medellín se había poblado por los inmigrantes del campo que llegaban en el tren, así como llegaron a Buenos Aires, encerrados en el vientre de los buques, los primeros hablantes del lunfardo esa lengua de chachavaces, poligriyos, rantifusos, chamuyadores y escrushantes.

Los alrededores de la Estación Medellín estaban invadidos por un sarpullido de boliches y cafetines que rodeaban la plaza de mercado El Pedrero, donde Luis y sus compañeros músicos encontraron esos hombres de vida peligrosa que también se deslizaban en su ciudad natal: Compadritos, Guapos y Varones, aunque aquí se les llamaba diferente, se movían, con un contoneo de alacrán, de bar en bar por Guayaquil.

La orquesta de Raúl Iriarte, dirigida por Luis, tocó en la mayoría de los bares de guayaco, pero a ellos nunca les pasó nada porque eran los tangueros. Con sus trajes elegantes y sus instrumentos afinados, pasaron por los escenarios más importantes: Los bares Armenonville, La Bayadera, el Málaga, el Triana, La Gayola. En todos ellos tocaron revestidos de una gloria que no los dejó cuando la orquesta se fragmentó, ni siquiera cuando el Restaurante que abrieron en Bogotá cerró sus puertas y Luis se quiso ir para Caracas a trabajar de hotelero durante 15 años, dejando el Bandoneón para sus horas de vigilia, para sus horas solitarias. Pero el tango se lleva en las venas como una fiebre, una lengua de llamas, y con la convicción de que el tango nunca muere y nunca morirá, Luis volvió a su instrumento, tocando de nuevo en todas las ciudades. Viviendo en Bogotá sin regresar a Buenos Aires regresó a su bandoneón como se vuelve al primer amor.