Barrio Triste Films: una historia a lomo de camello

Posted: lunes, noviembre 28, 2011 by Godeloz in Etiquetas: , , ,
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Foto: Diana Giraldo
Si los pasillos y habitaciones de la casa se extendieran en orden como una sábana, el área ocupada sería tan extensa como una cancha callejera de microfútbol, pero el azar quiso que los distintos espacios se enredaran entre sí con el orden que sólo saben dar los albañiles que trafican los secretos de su oficio entre un excepcional clan de maestros del remiendo y la improvisación.

Así que el zigzag de un corredor puede conectar todas las habitaciones del lugar y sin embargo dejar la impresión de que fluye a través de universos paralelos y opuestos. La misma impresión se robustece cuando las tinieblas del patio trasero son espantadas por el cañonazo de luz del proyector y al mismo tiempo alguien comenta que afuera debe estar lloviendo porque desde el otro patio llega el leve sonido de una llovizna repentina. Así, mientras en un patio llueve, en el otro transcurre una función secreta de cine y en el trayecto que los conecta a los dos pueden estar sucediendo escenas tan corrientes como la de un hombre que come arroz frente a las imágenes de la telenovela más burda o acontecimientos que serán recordados en la historia del cine local como la discusión entre un director y el protagonista de su ópera prima frente a una pared tapizada con el plan de rodaje que los mantendrá ocupados durante las próximas semanas.

Cada rincón de la casa donde Barrio Triste Films tiene su sede despierta la necesidad de someterlo a una paciente observación, pero cada quien encontrará su punto de enfoque. Por ejemplo, la pared que recibe al visitante: la primera imagen es la de un fondo blanco sobre el que crece un tupido matorral de garabatos que gradualmente, a medida que el visitante se acerca unos pasos, se convierte en una multitudinaria formación castrense de números y caracteres, para finalmente, cuando la cercanía permite tocar el papel cuadriculado sobre el que alguien derramó su escritura, tener la configuración de un plano cartesiano infinito sobre el que se ordenan historias encriptadas en escenas y secuencias.
Se leen nombres como Yulay y alias como Tatuaje. En una de las escenas mencionan hordas de cucarachitas, en otra es patente el predomino de lo sexual sobre lo violento. Líneas más abajo se menciona una cárcel y en el siguiente cuadrante del plano el escenario cambia por la habitación de un hotel o por la trastienda de un taller mecánico: universos paralelos de una misma historia en la que se cruzan las anécdotas brutales de personajes que en la habitación contigua comparten tranquilamente un trago.  

Las secuencias allí exhibidas sólo son una pequeña muestra de un guión que en su desglose original de 140 secuencias ocupa 265 cuartillas firmadas por Giovanny Patiño. Es el mismo Papá Giovanny que más de diez años atrás figuró en algunas escenas de La vendedora de rosas y que ahora está metido en la piel de guionista-director-productor del primer largometraje nacido directamente de las calles de Barrio Triste: Lola… drones.

Tras el documental Madres invisibles y el cortometraje Al rojo vivo, Papá Giovanny se embarcó en este proyecto de largo aliento impulsado por el ansia de contar las historias de las que ha sido testigo a lo largo de toda una vida en la calle. Ansia contagiada en parte por los directores de cine que en los últimos años han estado cerca de él como Víctor Gaviria o Barbet Schroeder. Cada experiencia acumulada en las inmediaciones de ese cine que se rodaba en las calles de Medellín fue almacenada por Giovanny: guardaba cada papelito que le entregaba algún director, leía al derecho y al revés los guiones de las películas y siempre, al ver la familiaridad de esas historias, se decía que él tenía mejores cuentos qué contar. No demoró en desahogar una de sus historias sobre el papel.

La historia de este guión es un relato de viajes. Con la historia de Lola picándole en las manos Giovanny se embarcaba en su motocicleta para salir de la ciudad. En Marinilla, El Peñol, Santa Fe de Antioquia o cualquier otro pueblo cercano buscaba lugares tranquilos para sentarse a escribir a mano el guión de su primer largometraje.

En ocasiones las escenas se negaban a fluir y debía regresar con el papel en blanco pero otras veces aparecían en el papel como si se hubieran escrito automáticamente o alguien más se las hubiera dictado al oído. Además de reconocer que tiene mala ortografía –“Yo soy un personaje que escribo mamá con hache”- y que es Aurora la que pule los errores del guión, Giovanny confiesa que tiene una segunda persona, un Giovanny distinto que lo acompaña cuando se encierra a escribir. “Es difícil, es escaso y de pronto no lo encuentro siempre pero yo a ese man lo amo porque me ayuda con el cine, y siento el eco y me pongo hiperactivo.” 

Según Giovanny, a la hora de armar una secuencia vive una intensa película en la que se emociona, ríe, llora, grita. “Gozo, me emborracho y se la leo a todo el mundo y me dicen: este marica está loco”. Pero es como si dijeran que todos comparten la misma locura porque los personajes, las situaciones y los escenarios son vínculos que los enlazan a todos. Unos actúan las historias que otros vivieron.

En el guión de Lola… drones  también existe la violencia natural en la que se resguarda cualquier persona enfrentada a la calle pero prevalece el amor como el punto de encuentro de todas las historias. Desde sus primeras líneas hay una intención explícita de sensualidad e inocencia. Lola aparece como una mujer frágil pero fatal, infaliblemente bella como la Lola real que inspiró esta historia. Giovanny no recuerda exactamente cómo se le clavó la espina pero si tuviera que elegir una primera imagen no duda en recordar el día en que apareció Maria Dolores en uno de los bares del barrio, más eufórica que nunca. “¡Muchachos, hoy estoy cumpliendo años!”, gritó y se quitó la blusa mostrándole a todos las tetas. “Hijueputa, yo me quedé hipnotizado: ‘Pero por Dios, esas no son tetas, son una obra de arte de Dios, el que las toque es un hijo de puta’. Y ella vuelve y se tapa y se sienta con nosotros a beber y a reírse y a llorar por la vida. Desde ahí empecé a escribir sobre ella”.

Y escribir sobre Lola era escribir sobre todos al mismo tiempo: sobre hombres que todos los días van como funámbulos sobre una vida de últimos minutos y mujeres que en un juego invariable de seducción tientan al diablo y engañan a la muerte; lo que arma al final un relato intenso que Giovanny compara con el lomo de un camello: “Tiene subidas y bajadas. Vos en mi guión no vas a ver que el atraco del banco, que las balas, el efecto especial, que le volaron la cabeza a alguien. Vos ves una historia de amor divina que maneja la jerga pero no la palabrería. De pronto ves niñas que dicen suripanta, paplemosa, changonera; o en la escena de la cárcel ves hombres que son muy delincuentes pero que hablan es pura poesía.”

Giovanny calcula que el zigzag de esta historia mantendrá a los espectadores atados en las butacas, pero no es una estrategia preconcebida. Como los pasillos de esa casa en la que todos los días se planean, ensayan o reescriben las escenas, la estructura de la película tiene una forma que obedece los caprichos de la suerte. Según el ánimo del día, Papá Giovanny la ve como el lomo del camello pero también asocia esas subidas y bajadas al clímax orgásmico de una mujer: se nota que está enamorado.  

Páginas descaradas y otros males complementarios

Posted: sábado, mayo 28, 2011 by Godeloz in Etiquetas:
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"También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, pero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente."
Roberto Bolaño. Entre paréntesis
Foto: Burcumbaygut
El miedo o terror o más bien horror que algunos escritores manifiestan ante la página en blanco es un lugar común de la literatura además de ser, en no pocos casos, un motivo para volarse la tapa de los sesos. La página en blanco es el monstruo que sale del armario para resplandecer ante los niños que eligieron crecer con su imaginación intacta y convertirla en una manera más o menos decente de ganarse la vida. Estar ante ella es afrontar la posibilidad de la locura, encarar el vacío y la nada, jugar a la ruleta rusa, retar a la suerte y estar en riesgo de perder por completo la elocuencia. Es un juego tan carente de reglas como las riñas callejeras en las que el primer golpe tiene el grado más alto de dificultad.

En la ruleta rusa que es la escritura, la página en blanco es el revólver cargado hasta la última bala. Por lo menos los escritores de hace veinte o treinta años se daban el lujo de presumir un millón de victorias en esta apuesta letal. De una u otra forma, la página en blanco llevaba las de perder porque regularmente las escritas eran las conservadas, las que se apilaban una tras otra hasta el punto final; las que permanecían en blanco como los huesos eran arrancadas con violencia de la máquina, eran estrujadas, rasgadas, rotas, desterradas y disparadas, a veces con escasa puntería, a la papelera.

Si la frase inicial no era la correcta ni poseía la suficiente fuerza de atracción, si carecía de ritmo, si no contenía un ápice de estilo, una acción tan sencilla como valerosa lo resolvía todo: tachonar con pulso firme y empezar de nuevo en la siguiente línea. La cuenta del escritor se mantenía en ceros pero la página en blanco dejaba de serlo: la coronaba una mancha de tinta a manera de tumba. El resultado final era casi siempre un manuscrito fragmentado, con abundancia de tachones, palabras que reemplazaban otras, notas al margen, comentarios sueltos, quemaduras de cigarrillo, huellas de grasa y gotas de vino. Un puzzle que el escritor armaba, pulía, pasaba en limpio y ponía en el correo para recibir, a la vuelta de unos meses, ejemplares con la tinta fresca junto a un cheque firmado por el editor; o recibir en todo caso, cuando no llegan los cheques e incluso tampoco los ejemplares, notas de rechazo cuya acumulación puede constituirse en una variable poderosa para estimular en el ignorado autor el deseo de oprimir el gatillo.

Para los escritores de ahora la trama de la película tiene un giro emparentado con la ciencia ficción. Ellos deben enfrentarse a una white page reloaded, algo así como el horror elevado a la décima potencia, una página en blanco tan ubicua como etérea: la pantalla del ordenador.

El blanco de la pantalla es aún más escalofriante. No hay modo humano que permita curtirlo de polvo y mucho menos volverlo un zurullo. Además, cuenta con un ayudante implacable: el cursor que titila a la espera de la primera frase. Aparece y desaparece con la constancia de una gota de agua, perforando, si se lo deja, la paciencia, hasta tocar la fibra dolorosa que hace preferir horas inertes de zapping a unos cuantos minutos dedicados a ensartar las ideas en el papel. Ya no hay posibilidad de disfrazar la ausencia de inspiración con frases tachadas. Puede ensayarse el ejercicio peligroso de escribir repetidamente un mismo enunciado hasta que surja el arranque propicio, como quiso hacer Jack Torrance en El Resplandor al completar un voluminoso manuscrito jugando a poner la misma frase perturbadora en diferentes formas de la prosa y del verso mientras amainaba su bloqueo de escritor, alcanzando solo el efecto contraproducente de enloquecer, alucinar y querer hacer picadillo a su progenie. Si esto le pasó manejando una Olivetti, el punto hasta el que pudo llegar tripulando las facilidades supersónicas de una laptop es poco menos que escabroso: sin acarrear los enredos mecánicos, prescindiendo de economizar tinta y papel, y contando además con las infinitas alternativas de escribir su “All work and no play…” en todas las fuentes, todos los formatos y todos los tamaños, hubiera superado por mucho la extensión de la enciclopedia británica y tal vez su grado de locura hubiera cruzado el umbral en el que todas las iniquidades concebidas alcanzan felizmente el éxito.

La principal desventaja consiste en saber que nunca antes fue tan sencillo hacer desaparecer una palabra. Si al final del primer párrafo las cosas no funcionan, mantener el dedo sobre la tecla backspace hace renacer en cuestión de segundos a la misma página descarada y otros males complementarios.

Por ejemplo, este avance tecnológico es el responsable de que en la escritura moderna queden pocas madrigueras para las palabras mutantes. Un error de dedo, tan exquisito para los cazadores de gazapos, tiene poco chance de salir impreso gracias a los correctores ortográficos automatizados, cuyas numerosas equivocaciones sí suelen quedar impunes.

Las palabras son como los hijos, elegir traerlas al mundo implica el temor gratuito de recibir una aberración de la naturaleza: pueden nacer jorobaditas o enanas, con vejez prematura o autistas, pueden llegar con un dedo de más, ciegas, sordas o, para colmo, mudas; pueden padecer de elefantiasis, sufrir de incontinencia, carecer de corazón o salir descerebradas; pueden, en todo caso, ser engendros más aterradores que una página en blanco a los que uno se resiste a querer sabiéndose de todos modos el padre y contradiciendo el postulado de que los más amados son los hijos bobos. Pero también pueden nacer perfectas, con cuatro paticas en plena regla de equilibrio y el llanto histérico pero adorable que hace a los recién nacidos valer la pena.

Si en la gramática tuviera lugar el estudio sobre la selección natural de las especies ¿sería posible dejar al descubierto una limpieza racial autoritaria que está fumigando las palabras surgidas precisamente de los descuidos y los pequeños errores?

En este escenario hipotético, los estudiosos, los que preparan con minucia las ediciones críticas, filólogos, lingüistas, académicos, en fin, quienes se dedican a esta clase de arqueología literaria deberán prescindir de un insumo que si bien no es la piedra Roseta de su trabajo constituye una fuente de la que vale sacar partido si se buscan anécdotas, muletillas, secretos o por lo menos curiosidades. Los aficionados a examinar con lupa los tachones tendrán cada vez menos la oportunidad de descifrar las  palabras descartadas por el autor, las que hubieran dado un giro notable a la obra si hubiesen prevalecido como adverbio en lugar de aparecer como adjetivo… ¿Quién someterá a los rayos x manuscritos originales para desenmascarar los demonios internos, las rabias y las bajas pasiones? Un intento similar en el imperio de Windows está en riesgo de ver un trastorno bipolar en la falta de tinta de una impresora.

En el mundo habrá un vacío. Una recesión. El millonario más millonario del mundo, pionero del procesador de texto más usado y, por lo tanto, precursor de estos males, es consciente del entuerto que causaba, pues, bajo la mascarada de filántropo, se ha dedicado a comprar cuanto manuscrito original sale en venta; por uno de Leonardo DaVinci pagó una suma que ni siquiera cabe en este renglón. Aquí tal vez haya una ventaja si los excéntricos adinerados que traerá el futuro se consagran a alimentar el hambriento mundo en lugar de vaciar sus cuentas a cambio de páginas centenarias que hasta se desintegran si las toca el aire.

Las obras escritas en esta plataforma de códigos binarios son más sencillas de incinerar, como si bajo cada palabra persistiera ilesa la misma página en blanco del comienzo y sólo bastara con pasar un trapo húmedo sobre ella para dejarla igual de lustrosa.

Gracias a esto los que confían en sus amigos tienen motivos para celebrar, pues dejará de repetirse la historia de Max Brod. Un testamento que imparta instrucciones precisas de borrar del mapa todo cuanto se haya escrito es hoy por hoy sencillo de ejecutar. Se sabe que Brod tuvo serias dudas sobre si debía incinerar la obra de Kafka, su amigo más raro. Finalmente lo traicionó; permitió publicar los manuscritos, no sin antes corregir unos detalles y disponer el orden de algunos capítulos. El mismo dilema padece Dimitri, el hijo de Nabokov, quien desde hace más de treinta años no sabe si hacer desaparecer la novela inconclusa que dejó su padre, como lo dictó su última voluntad, o entregarla a los editores para que, tras previa carnicería, hagan brotar oro de ella. El caso es la comidilla de la creme literaria y, mientras tanto, el pobre hijo del escritor ilustre de vez en cuando emite comunicados diciendo que sigue indeciso quizá para prolongar sus quince minutos de celebridad.

En una historia idéntica, estos tiempos modernos ofrecen caminos más gratos. Supóngase un encargo de estos: el escritor que muere, dejando en manos de un amigo cercano la misión autodestructiva de hacer desaparecer sus cuentos, novelas, ensayos, poemas y digresiones; facilitaría mucho las cosas si entrega en un mismo paquete su memoria portátil, las claves de acceso al Macintosh o al pc y la contraseña del Gmail. En menos de una hora, ciertos procedimientos básicos lograrían lo que algunos otros no han podido hacer en años, regresar el polvo al polvo, volver a la página en blanco: que la memoria portátil la deje olvidada en un café Internet, que suprima de inmediato el portafolio bloguero del finado y que simplemente se pasee por la pornografía en línea con el mac o el pc para que un virus o un troyano haga todo el trabajo y de paso le lave las manos.

Esta es la facilidad de ahora que permite a la pantalla volver inmune a un indivisible fantasma, lo que incrementa el mérito de quienes son kamikazes y buscan todos los días batirse en duelo con una página en blanco, así sea que un knock out o un repentino disparo los haga perder.

La virtud del escapista

Posted: viernes, mayo 06, 2011 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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"Los sueños atraviesan muros de piedra, iluminan habitaciones oscuras, u oscurecen las luminosas. Y los personajes que en ellos toman parte entran y salen a placer, riéndose de los cerrojos".
Joseph Sheridan Le Fanu

Hay tres películas de fugas que me han dejado al borde de un colapso nervioso. Las tres las he visto en el Cineclub Eafit y después de cada una he salido expulsado a la noche fría de la ciudad con la sensación de ser un sobreviviente. Son Crónica de una fuga (Adrián Caetano, 2006), Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956) y La evasión (Jaques Becker, 1960). 


En cada una el punto de vista de los cautivos es avasallador. Nunca he experimentado la sensación real de cautiverio pero esas películas me han llevado bastante cerca y además realzan un hecho básico de la vida: los planes de fuga tienen un trasfondo precioso. Las peripecias de los prisioneros por escapar de sus captores, superar los muros que asfixian su existencia contenida y vencer las artimañas del laberinto, derrumban cualquier consideración moral sobre la justicia. Un plan de fuga perfectamente confeccionado diluye las diferencias entre el bien y el mal y plantea posiciones morales que nos hacen ignorar los crímenes de quienes estén involucrados en el ardid que burlará las rejas. No importa si son asesinos, ladrones o estafadores; si el azar, la inteligencia y la astucia permiten que la fuga llegue a buen término, habrán redimido todas sus culpas. Esto especialmente se cumple en La evasión, pues tanto en Crónica de una fuga como en Un condenado a muerte se ha escapado, la inocencia de los protagonistas es indiscutible, ya que sus captores son hijos bastardos de la infamia. La evasión, por lo tanto, se acerca más a la perfección del género. Esta película fue considerada en su momento la mejor película carcelaria jamás filmada, y con toda razón. Durante 125 minutos experimentamos un proceso de transmigración de almas que nos lleva a sufrir lo mismo que sufren los cinco personajes. Hay cansancio, ansiedad infinita, un vaivén insoportable de dudas, hambre, sed, por momentos hay alegría y una desazón permanente porque todo marcha tan bien, el plan es tan perfecto y la suerte sonríe de una manera tan deslumbrante que todo da para pensar que el final será el peor de los finales. Y en parte es así si uno dejara que la película se detuviera en la última secuencia, cuando toda la guardia de la prisión se echa encima de los ilusionados escapistas. Pero la historia sigue más allá de las imágenes rodadas, más allá del guión… más allá de la vida del propio director existe la historia de una fuga exitosa.   


Becker es el responsable del plan perfecto de esa evasión. Los hechos son simples: en 1947 cinco internos de la cárcel de la Santé intentaron escapar. Su plan fue descubierto y la filigrana con que fue tejido fascinó a la prensa, a los franceses y al director que doce años más tarde recordó la historia, buscó las notas de prensa y releyó la novela escrita por uno de los presos involucrados, José Giovanni, para luego mover cielo y tierra en busca de productor, presupuesto, locaciones, protagonistas , la estocada final del guión por parte del ex presidiario novelista y la actuación del verdadero cerebro que tramó la estrategia de escape, Jean Keraudy, a quien vemos en el preludio del filme diciéndole a su fascinado público de 1960 y a su fascinado público de 2011, que la historia contada por su amigo Jaques Becker es real, real porque le ocurrió a él. 


Keraudy purgó por lo menos diez años de cárcel y quizá algunos de sus compañeros sucumbieron a la pena capital, pero finalmente obtuvieron la llave maestra que los arrojó a la libertad y a la inmortalidad: un cine que premia la inteligencia de estos hombres cuyo duro corazón se ablanda por la camaradería.


La evasión, como todas las obras maestras, repele cualquier intento de encasillarla en un solo género. Por ejemplo, algunas decisiones de Becker la acercan al documental como prescindir por completo de música -reemplazándola por una banda sonora natural que amplifica la ansiedad por la huída-, o detener encarnizadamente los planos en las acciones mecánicas del escape: cavar túneles, cortar barrotes, reptar por cloacas, construir de la nada un artefacto para abrir todas las puertas son actos en los que la cámara abre su párpado con mayor encomio, lo que hace operar sobre los minutos un efecto de relatividad que en ocasiones los vuelve caliginosos y simultáneamente los transforma en una ráfaga de velocidad cósmica que en un pestañeo nos lleva hasta el temido desenlace. Uno quisiera acompañar un poco más a Roland (Keraudy), Manu, “Monseñor”, Geo e incluso a Gaspard, el delator; darles más tiempo para que en una segunda oportunidad puedan cumplir la meta de esfumarse permanentemente. Por eso es una lástima que los productores de la época, temiendo que la película fuera demasiado larga, mutilaran 20 minutos que continúan perdidos y en los que con toda seguridad, Becker, quien murió antes de que su última obra pudiera estrenarse, registró detalles fundamentales para acercarnos al secreto implícito en cualquier plan de huída.

La realidad desgarrada

Posted: domingo, abril 24, 2011 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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El misterioso Philip K. Dick es uno de los acontecimientos más grandes de la literatura y el cine. Es un genio que de algún modo se dejó conducir por su mente a un lugar privilegiado del tiempo y del espacio desde donde pudo columbrar la manera de crear su obra portentosa. Cuentos y novelas que causan admiración y terror, que dejan al espíritu o a la conciencia o a la suma de ambos, embotados de una desconfianza gelatinosa que nos acerca un poco al otro lado de la realidad, sin llegar a transportarnos completamente. No ha sido extraño que los argumentos de sus historias inspiren películas que bien manejadas se convierten en referentes para el cine de ciencia ficción pero que también corren el riesgo de volverse productos inertes a los que cabe desearles la peor de las suertes cuando atrofian los intrincados argumentos del escritor californiano. Intentar la adaptación de Philip K. Dick es deslizarse sobre una delgada capa de hielo; si llega a quebrarse, un negro abismo queda al descubierto y esto es lo que ocurre en la última película inspirada en uno de sus cuentos, The adjusment Bureau.

La historia original, titulada Adjusment team, fue escrita en febrero de 1953 y apareció publicada en la revista Orbit Science Fiction en septiembre de 1954. Con la historia de Ed Fletcher, el autor aborda temas bastante recurrentes en él, aunque no repetitivos: la incertidumbre de la realidad, la existencia de una fuerza poderosa que define y guía nuestra existencia, el enorme poder que el azar tiene por encima de cualquier designio divino y la confusión mental provocada tras una desgarradura de ese tejido de normalidad que interactúa directamente con los sentidos. En poco más de 20 páginas, Philip K. Dick recrea uno de sus mundos posibles y deja que se desmorone poco a poco ante los ojos de un héroe tan común como el mismo lector que recorre sus páginas. Lo que apenas se insinúa en este cuento, es vulgarmente explícito en la ópera prima de George Nolfi, responsable de los guiones de Ocean’s twelve, The sentinel, The bourne ultimatum, entre otros blockbuster que no le han dado penas pero que tampoco le han dejado ninguna gloria.

Mientras en el mundo paralelo de Philip K. Dick los funcionarios, convocadores y el anciano dirigente que los gobierna son descritos con una frialdad burocrática que ahuyenta cualquier interpretación religiosa, en la película esta interpretación es latente todo el tiempo a partir de pueriles comparaciones literales de los personajes: los agentes que vigilan que cada persona cumpla con su plan llegan a ser comparados con ángeles en más de una ocasión y a su jefe lo llaman El Presidente aunque dejan claro que en la tierra es llamado de muchas maneras. Pero esta obviedad no es la mayor falla de la película frente al cuento. La falla más grande es el desperdicio de belleza. Por el lado del cine, el protagonista es David Norris, un joven político destinado a ser Presidente de los Estados Unidos que accidentalmente se entera del entramado secreto que dirige el destino de los seres humanos y debe elegir entre el amor de su vida o el sueño de ser el hombre más poderoso del mundo. Por el lado de la literatura el protagonista es un don nadie quien, también por accidente, ingresa al lado oscuro de la realidad encontrando un mundo gris y frágil que se desmorona al contacto. Tanto en la película como en el cuento esta escena se repite: el hombre que llega al trabajo y lo encuentra todo trastocado por seres de extraño atuendo. Sin embargo, la película no logra la atmósfera lúgubre que Dick consigue en la descripción de un ambiente enrarecido, plagado de “una niebla espesa y siniestra que lo ocultaba todo”, carente de color y con la textura de la arena. Una atmósfera ante la que el personaje es recorrido por “escalofríos de inquietud” y queda “perdido en una bruma de confusión y terror”. Es difícil, pero no imposible, que la extrañeza de estos cuentos encuentre dignos traductores y ahí está Ridley Scott como el mejor ejemplo.

Es comprensible que un producto cinematográfico como este necesite de los esquemas fundidos de siempre para lograr un recaudo que llene los bolsillos de quienes tienen un interés por el dinero en una medida inversamente proporcional a su conocimiento del cine pero no deja de ser lamentable que un mundo tan rico visualmente se desperdicie en virajes tontos (las persecuciones a través del entramado de puertas es una copia del Benny Hill más rústico, ¿no?), y mensajes patrioteros que en conjunto comenten el delito imperdonable de desprestigiar la obra del autor que inspiró la historia, como si la imaginación de Philip K. Dick no tuviera mejores efectos especiales.

Desnudez transitoria, monstruo fugado

Posted: sábado, abril 02, 2011 by Godeloz in Etiquetas:
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Foto: My Quiet Friend
Un colchón con rastros de sangre. Un artefacto que busca parecerse a un altar de amor pero que apenas logra alcanzar la nauseabunda figura de un ciempiés petrificado. Un laberinto de pasillos circundado por hileras de puertas cerradas, incapaces de contener la atmósfera de cuerpos que se evaporan y pájaros obscenos que cantan hasta la madrugada o hasta perder su voz. La sorpresa de una pareja semidesnuda cuando un extraño abre la puerta. La última noche de un amor que agoniza y el intento inútil de los amantes por perpetuarse en las páginas de un libro… Ruido y desenfreno. Música, luz, espasmo. Alegría y ardor… Palabras que aletean tras la imperiosa fuerza de una desnudez transitoria, imágenes que bañan de sentido la piel aglomerada alrededor de adorados huesos y trashumante carne.

Ella, inalcanzablemente peregrina, atraviesa las fronteras del cuarto con su carne extranjera acuclillada en el retrete o envuelta en una toalla húmeda que sólo alcanza a cubrirle la mitad del cuerpo: senos suspendidos en el aire, como la imagen de un pájaro invernal congelado en plena migración. Su presencia (vista de soslayo por una criatura masculina, desvencijada sobre la cama, ataviada con una modorra inabarcable e ilógica, tal y como dicen que es la felicidad) es borrosa-impalpable, luminosa-voraz, insaciable-total. Sus pisadas no hacen ruido, no hay un silencio tan puro como el de su respiración, nada tiene tanta dulzura como los olores que se desprenden de sus lugares secretos y quedan impregnados más allá de los dedos, más allá de la lengua… quedan impregnados en el recuerdo, en el pasado, en la esperanza de que sean humores perdurables para evadir la certeza de que el futuro será gris o por lo menos tendrá un tono trágico, similar a la promesa de ciudades que imaginamos hermosas pero que han permanecido en ruinas durante décadas. 

El espacio, claramente delineado por paredes que no ocultan su afán de contenerla, sufre la impotencia de tener que perderla, de saberse abandonado. ¿Qué muros en qué extraña dimensión podrían sujetarla de un modo en que no la perturbe el tiempo? ¿Qué improbables coincidencias podrán hacer chocar sus pasos otra vez con este ojo que incluso viéndola la considera un monstruo fugado de la imaginación?

Un monstruo hipnótico pero tóxico que inocula la sed de hundir los dedos en las llagas, en los pozos del placer; no para alcanzar un estado de credulidad sino con el ánimo obseso de superar todas las instancias que nos llevan del dolor al gozo y otra vez al dolor.     

El viejo lobo y la debutante

Posted: martes, febrero 15, 2011 by Godeloz in Etiquetas: , , ,
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"Nunca he visto que un lobo se inmole por la felicidad de otro lobo".
Víctor Hugo 

Cosas que esperaba ver en un western de los hermanos Coen: brutalidad, el retrato más salvaje de las praderas, una violencia aflorando de todos los rincones como si una película pudiera convertirse en el manantial de la más pura corrupción, hombres sin ley pero sobre todo sin dios o en todo caso hombres que le rinden tributo a dioses caníbales y hambrientos. Esperaba ver un muerto cada cinco minutos, esperaba tener el regocijo de alucinantes tiroteos, persecuciones vertiginosas y duelos en los que la trayectoria de las balas obedece a la sed de sangre del tirador: la muerte dándose un banquete de dolores viscerales y bilis vertida sobre la misma pasta ruinosa con la que está construido el imaginario del viejo, lejano, salvaje y sangriento oeste.

Pero no hay que devanarse los sesos buscando en True Grit el sello de los hermanos Coen. Los que dirigieron esta película no son los mismos que provocaron pesadillas tras el retrato que hicieron de Anton Chigur, el villano escalofriante de No es país para viejos; tampoco son los mismos que oficiaron el carnaval de tripas de Fargo, ni los que se ensañaron con el dócil Michael Stuhlbarg en A serious man. Por lo tanto, True Grit no provoca carcajadas  manchadas de culpa, ni destiempla los dientes con una crueldad disfrazada de humor negro. Los hermanos Coen de este western son otros hermanos Coen o si no son otros, por lo menos son esos hermanos Coen que se divierten dando sorpresas, es decir, son los mismos hermanos Coen de siempre.

Cosas que encontré en el western de los hermanos Coen: un relato clásico de los que se adolece tanto en este tiempo, enmarcado en una cacería pausada y atravesado en cada flanco por un paisaje en extinción en el que flotan los mismos fantasmas que han convertido a otras películas del género en poderoso combustible para las brasas del mito. Si en sus películas anteriores los hermanos Coen han demostrado que son invictos en la batalla contra el lugar común, en True Grit hacen todo lo contrario y tienen la humildad, y especialmente tienen la valentía de aceptar los lugares comunes del western como una fórmula infalible para lograr buenas películas. Hacer lo contrario hubiera sido escupirle en la cara a cualquiera de los grandes, sea Houston, Hawks, Leone, Ford o Eastwood y esta clase de hombres no aguantaría los agravios, esta clase de hombres resuelve las ofensas empeñando su vida en la búsqueda sin tregua de algo que podría llamarse venganza terminal, que consiste básicamente en desear con locura la muerte del enemigo y sacrificar ante este propósito todo lo que se tenga, aun la propia vida. Los hombres de esta clase no tienen nada que perder y son más fuertes que la misma naturaleza, a la que, dicho sea de paso, deben enfrentar con actitud kamikaze. Sorprende, eso sí, que la niña de True Grit sea como los hombres de esta clase. Mattie Ross es quizá la única que se aísla de los lugares comunes del western o se integra a ellos como un aporte personal de los directores. Tiene determinación y belleza, es valiente y vulnerable a la vez, si carece de fuerza para disparar una colt les sobra puntería a sus palabras para herir aún más profundo. La naturaleza se repliega a su paso. Es una amazona conquistando el oeste americano sobre el lomo de un caballo negro, camuflándose en la elegancia de una niña debutante del siglo XIX. A su lado parece opacarse la figura de Rooster Cogburn (Jeff Bridges), un viejo comisario que, como todo pistolero que se respete, ha regresado varias veces del infierno, como un viejo lobo que se aparta de la manda para cazar en solitario a enormes bisontes que tiemblan al advertir su cercanía. El personaje le hace justicia al que interpretó John Wayne en 1969 pero sigue un camino personal e independiente: si en la versión clásica es el héroe en llamas que salva su alma con un último acto, en esta versión no hay alma que salvar y las llamas no lo envuelven a él solamente, se van expandiendo hasta la catarsis final: un duelo que nos toma por sorpresa.

Mattie y Rooster son dos personajes que en True Grit no tienen contrapeso. LaBeof (Matt Damon) es una figura de tintes paródicos y Tom Chaney (Josh Brolin) no tiene el temple del antagonista demoniaco que debería caracterizar a los forajidos. En los breves minutos que aparece es tan pusilánime como el Robert Ford que le disparó por la espalda a aquel famoso asaltador de trenes y bancos. La pandilla que acompaña a este villano tampoco es de temer y el tiroteo del desenlace viene siendo más bien una estación de paso. Un entremés necesario antes del plato fuerte, antes del verdadero duelo en el que los héroes incendiados se precipitan contra el crepúsculo como una fuerza nueva y terrible que eventualmente reemplazará a las de la naturaleza.    

El surcoreano en el corazón

Posted: martes, enero 25, 2011 by Godeloz in Etiquetas: ,
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“Cuando no es una inmensa carnicería, el mundo es un gigantesco burdel”.
Michel Onfray

Se supone que no existe el crimen perfecto pero me gustaría saber de dónde diablos surgió esta idea porque la verdad es que la vida está llena de crímenes perfectos. En la vida real los cabos sueltos no conducen al asesino como en las películas y quizá esa sea la razón de que algunos desquiciados se tomen libertades que tienen altas probabilidades de generar desconcierto generalizado en el mundo si la cifra de muertos supera lo que es decente imaginar. De pronto, un día, el surcoreano que llevas en el corazón se pone furibundo y por fin se dispone con irritación y método a acribillar la carne de cañón que todos los días se topaba en la escuela, en el trabajo o en los centros comerciales. Si tienes suerte, algunas cámaras de seguridad documentarán tu hazaña. Si tienes suerte, algún imbécil confiará en su suerte y te grabará con su celular esperando no atravesarse en el camino de ninguna bala para después subir la insólita carnicería a su perfil de Facebook. Al final, cuando se te acaba el tiempo, las balas o la motivación, te vuelas la cabeza dejando una huella que se perpetuará durante dos o tres semanas en la historia, hasta que algún cefalópodo nigromante acapare la atención de las noticias o hasta que a otro loco se le despierte el surcoreano que lleva en el corazón y supere los niveles de sangre y pólvora que estuvieron implicados en tu epopeya.

Quizá esa era la idea original de Uwe Boll antes de rodar Rampage (2009): superar todos los precedentes de sangre y pólvora involucrados en las masacres que la humanidad en pleno ha contemplado absorta por televisión y que generan –gracias a dios o al diablo- oscarizables productos como Bowling for Columbine o como esa joyita que Gus Van Sant bautizó Elefant* sabiamente. Creo que Uwe Boll, acusado de ser uno de los peores directores del momento, tenía la idea original de salir a la calle y coser a balazos a todos los que hablaron mal de sus películas pero, amedrentado por las posibles retaliaciones judiciales, decidió escribir y rodar una historia que dejara sin argumentos a quienes siguen sosteniendo que no existen los crímenes perfectos.

Rampage es la crónica minuciosa de un asesinato masivo perpetrado por un post-adolescente que ha llegado al límite de su aburrimiento. Vive en un pueblo pequeño. Sus padres piensan que a los 23 años va siendo hora de que abandone el nido y además, el chico de la cafetería es incapaz de servirle la cantidad de espuma que prefiere con el primer café de la mañana. En estas circunstancias lo más lógico es ordenar por correspondencia un arsenal que incluye varias subametralladoras, suficiente munición como para combatir una horda de indios, suficientes explosivos como para volar una nación pequeña –por ejemplo una nación como El Vaticano- y un traje blindado que le permita ocultar su identidad, resistir las balas y darles a los transeúntes el susto de sus vidas, el último susto de sus miserables vidas. El plan incluye, como no, incriminar a cualquier estúpido y en esta historia ese estúpido resulta ser el mejor amigo.  

Bill Williamson tiene el talante de un desquiciado pero no al modo de esos veteranos que vuelven de la guerra con trastornos incurables sino al mismo estilo de los asesinos elegantes que merecen la simpatía y conciliación de quien los conoce, como el psicópata americano que interpretó Christian Bale o como el asesino de la corbata que Hitchcock le regaló a la humanidad en Frenesí. Personajes que fundamentan la locura de aniquilar al prójimo con un comportamiento insolente, sagaz, frío y, ante todo, sereno. Tras conocer las cualidades que el actor Brendan Fletcher le imprime a su personaje viene el momento de consumar el plan. Ya se han escuchado las falsas justificaciones –que el planeta en peligro, que la sobrepoblación mundial- y, sintonizados con el espíritu de la película, nos dejamos arrastrar por el punto de vista de ese demonio armado hasta los dientes que vuela la estación de policía y dispara indiscriminadamente contra los pobladores despavoridos que corren en todas direcciones como las dianas móviles de un parque de diversiones. Este recorrido sangriento podría ser acusado de monótono pero con un par de escenas queda solucionado el problema. Primero, la matanza de la peluquería, en la que Bill Williamson se detiene, se quita la máscara, toma agua, remeda el cotorreo de las mujeres que ruegan misericordia en un rincón del local y sale sin hacer un solo disparo. Las chicas quedan tranquilas, buscan un teléfono para llamar a la policía y comentan entre sí lo imbécil que era el tipo sin imaginar que el imbécil puede regresar y con sus tiros de gracia convertirlas a todas en una sanguinolenta pirámide. La otra escena que rompe la rutina de la masacre tiene el mismo tono que la primera. El ángel exterminador ingresa al bingo de la pequeña ciudad, se dirige al mostrador, pide el mejor sándwich del lugar y se sienta serenamente a consumirlo. El joven que lo atiende empalidece de inmediato y por el inmenso miedo no le cobra el servicio pero este es el único gesto aterrorizado que se verá en la escena porque todos los demás están embebidos en los cartones del juego. Tras alimentarse, Bill recorre el lugar pero es inútil, nadie huye, nadie teme por su vida y él llega a la conclusión de que ya todos están muertos por lo que abandona el patético escenario sin desperdiciar sus municiones.  

La película transcurre a un ritmo intenso y toma breves descansos, bien sea para hacer que el asesino hable con su preocupada madre por teléfono o para convencer a su estúpido amigo  de que lo siga esperando en el bosque para jugar al paintball. También hay una persecución y hay más explosiones. Hay un policía que parece experimentado como si fuera un sheriff invicto pero que también es ultimado con facilidad: juiciosamente, Uwe Boll ha tomado nota de cada cliché para darle la verosimilitud al crimen perfecto que ha fraguado: así puede hacer que el film tenga una ambivalencia interesante porque puede verse como película de acción o como una reflexión acerca de la sociedad contemporánea pero hacer lo segundo es muy aburrido, es mejor hacer lo primero, contemplar Rampage como un thriller que no necesita justificarse y que por fortuna –tanto para el excelente personaje de Fletcher como para el emocionado espectador- no desemboca en un final condenatorio porque, en medio del apoteósico desastre, los cabos sueltos son inútiles si no queda nadie con vida para juntarlos.

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*Ahora que lo pienso puede existir otra explicación para la metáfora implícita en este nombre. La interpretación que había oído alude a esa fábula de los ciegos que describen un elefante a partir de la parte del cuerpo que pueden palpar con sus manos. Como son incapaces de abarcar la totalidad del paquidermo ninguna descripción se acerca a la realidad. El ciego que toca la trompa forma en su mente una imagen similar a la de una serpiente; el que toca la panza, lo imagina como un cerdo gigante; el que toca las orejas, ve en las sombras de su pensamiento la figura de un enorme animal con alas inservibles. Pero ¿sería descabellado pensar que el título de Elefant está inspirado en esos animales que repentinamente entran en cólera y se abalanzan con todas las toneladas de su infinita corpulencia sobre una multitud de incautos? Hace poco vi un video en youtube que mostraba a un enorme elefante, ataviado con el típico atuendo de un animal de circo, que desobedece las órdenes de su entrenador y lo pisotea una y mil veces frente a cientos de espectadores para luego desbocarse por las calles de una ciudad congestionada, dejando tras de sí heridos, muertos y una demolición que solo podría atribuirse al furioso impulso de un desesperado.    

Fragmentos de un beso

Posted: lunes, diciembre 27, 2010 by Godeloz in Etiquetas:
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"¿Sabes? Siempre nos llevamos un pedazo de las cosas, de los lugares, de la gente. Son fragmentos, jirones de seres que se nos quedan incrustados dentro, como esquirlas. Y a veces duele, a veces duele mucho..."
Eduardo Lago. Llámame Brooklin

"La chica tenía novio y religión, una combinación infernal."
Neeli Cherkovski. Hank



Nace una tristeza inefable cuando aquello que debería ser recordado del modo más vívido se desvanece en la memoria y en el tiempo con una facilidad abrumadora. El rostro de las madres muertas se vuelve líquido en la memoria del niño que va madurando, se convierte en una presencia transparente que a veces envía una proyección de su voz o de sus distintos perfumes sin proporcionar un recuerdo concreto, un momento específico, haciendo imposible adivinar si esas palabras o humores pertenecían a la persona que fue en realidad o constituyen nuestro vano esfuerzo de llenar los vacíos. Sí, esas presencias se van llenando de vacíos, como los besos. El tiempo o la muerte tienen parte de la culpa pero con el azar y la espontaneidad también germinan esas lagunas que nos mortifican.

Los besos son portadores de esta gran contradicción. ¿Hay algo que pueda desearse con tanta fiereza como el primer beso de una mujer a la que empezamos a amar? Antes de tan siquiera rozarle una mano pienso en sus labios con una intensidad metódica encaminada a descubrir las rutinas de su versatilidad, es decir, memorizar las formas exactas que corresponden a cada gesto: por ejemplo, ver en ellos, cuando sonríen, a un valiente caballito marino pariendo de su rotunda barriga a un infinito ejército de sonrisas diminutas enfrentadas con inocencia a la voracidad del mar; también, cuando de súbito se contraen en una forma provocadoramente circular, los puedo asociar con planetas que chocan con otros planetas o con burbujas de jabón que ascienden temblorosas en el aire hasta que hacen pum o plop. La esperanza de verlas renacer es embriagadora y de cuando en cuando esos labios me han premiado con nuevas e interminables explosiones. En mis intentos por encontrar palabras que describan el resplandor único de estos labios he llegado a considerar la idea de que en nosotros existen rasgos que delatan nuestros vínculos furtivos con mundos inasibles. Así que, a veces, cuando los labios que deseo besar bailan articulando las palabras de una conversación, por breves momentos cualquier alocución deja de ser audible y se convierten en dos traviesos diablillos que entrechocan sus elásticas piernas para seducir a los dioses y llevarlos a la perdición. En una ocasión creí ver en la piel de estos labios una entramada red de canales, pasillos y corredores que se extendían desde el oriente hasta el occidente de la boca mostrándome la miniatura de una ciudad iluminada por lunas gemelas, bañada por el mar más impetuoso y azotada por huracanes de profundo olor a cardamomo. Así he intentado llevar un catálogo minucioso de sus formas y es agotador, especialmente cuando la imaginación no encuentra más objetos o bestias en el repertorio de ninguna mitología que permitan una nueva asociación. Gran parte de la versatilidad de los labios que deseo besar permanece sin nombre, y me siento como los extranjeros que ignoran el idioma del país que visitan y deben comunicarse por señas, lo que hace más difícil aún mantener fiel en la memoria cualquier imagen de los labios deseados pues su flexibilidad sin antecedentes debe llamarse de otra forma, la suavidad que proyectan debe llamarse de otra forma, el poder que despliegan con cada gesto espontáneo -una risotada, un puchero, una contracción de oprobio, una risita irónica, un encogimiento de ira, un espasmo de placer- debe llamarse de otra forma. Por la espontaneidad y el azar que los gobierna es claro que hay una gran dificultad y por eso el esfuerzo debe ser metódico, calculado, se requiere fortaleza, se requiere perseverancia, se requiere un grado de abstracción que puede rayar en la locura. Se requiere del mismo embeleso que hundió al primo de Berenice en su inconsciencia profanadora. Y cuando se logra reunir todo aquello, cuando el sentido del riesgo nos da la valentía necesaria para saltar al vacío, cuando es insoportable la embriaguez del deseo, cuando esos labios nos llaman con un magnetismo ineludible, es curioso, contradictorio y trágico que el mayor logro se convierta en el agujero que terminará por desinflar nuestra memoria.

Si un primer beso no contiene la garantía del segundo y del tercero y de una cantidad que quisiéramos imaginar infinita, se convertirá en algo más liviano que los sueños porque en el intento de perpetuarlo, de mantener indeleble cada segundo y cada palpitación que nos recorrió mientras duraba, se estará marcando la ruta de todo lo que a continuación olvidaremos: ¿Juguetearon por un momento las lenguas sobre la hilera de los dientes? ¿Hasta qué grado estuvieron húmedas las inmediaciones de nuestras bocas? ¿Por momentos ella replegaba su lengua para que yo pudiera buscarla? ¿Y por qué fui tan cobarde y evité arrojarme al desfiladero de su paladar? ¿Jugamos a mordernos o simplemente fuimos torpes? ¿Fue mi mano la que se escurrió entre las telas de su ropa para acariciar su magnífica espalda? ¿Fue su pierna la que me envolvió como si intentara enseñarme algo acerca del origen del mundo? ¿Por qué temblaban mis manos si tocarla a ella era todo lo que necesitaban? ¿Por qué un calambre recorrió mis piernas si el éxtasis del momento debió mantenerlas blindadas? ¿Existía de verdad algún modo de que a ese grandioso fragmento de eternidad que fue nuestro beso no lo corroyera esta lepra desmemoriada? La escritura es solo un placebo con el que registro las preguntas y la lectura un modo de enfrentar la dureza de las respuestas. Unas cuantas palabras, unidas con genialidad y delirio, pueden ser murallas que nos hacen invencibles o acaso duros, impenetrables. Ahora mismo estoy atrincherado en una frase escrita por Montaigne hace más de cinco siglos: El amor no es más que el deseo furioso de algo que huye de nosotros. Una sola línea que resume una infinita tarea pues el amor será huidizo siempre y si pudiéramos resistir la ceguera implícita en su persecución no habría deseo, no habría furia, no habría nada: sin persecución estaría muerta la literatura.

Ángel exterminador

Posted: domingo, diciembre 19, 2010 by Godeloz in Etiquetas:
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"La premeditación de la muerte es premeditación de libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre".
Michel de Montaigne


Vivo en un edificio de 18 pisos. Cuatro apartamentos por nivel. Dos o tres personas viviendo en cada uno. Es decir que por cada piso son aproximadamente doce personas separadas por paredes de escasos diez centímetros. Todo el mundo, lo he notado, suele dejar abierta la ventana de la cocina, supongo que para secar la ropa y dejar salir el humo que se produce al asar carne, freír papas o hervir huevos. Es un edificio silencioso además. Las fiestas no son ruidosas. En ocasiones se escuchan músicas lejanas, en ocasiones se escuchan murmullos de gente conversando, en una ocasión, mientras dormía, escuché a una mujer llorar y no lo hacía como cuando te rompen el corazón, cuando tu esposo te dice que ha conocido a alguien mejor o cuando las sucesivas frustraciones de la vida corriente necesitan cualquier agujero por donde fugarse, lo hacía como cuando perdemos irremediablemente, lloraba como si ante ella tuviera a la muerte. Creo que fue un domingo. Los domingos tengo problemas para dormir. Me quedo durante horas en la habitación oscura y escucho lo que pasa afuera: las llaves de la pareja de al lado que llega tarde a casa y sobre todo las alarmas de los automóviles estacionados en la calle que suenan constantemente como si tuvieran la facultad de mantener una conversación. Pero el día que escuché ese llanto todo estaba en silencio y entre los sollozos la mujer articulaba algunas palabras. Estoy seguro que estaba sola, por lo tanto hablaba consigo misma o con ese espectro avasallador que en ese momento solo ella podía ver. No entendía lo que decía pero parecía una súplica. Imploraba. Quizá deseaba con todo el corazón que el tiempo transcurriera en sentido inverso para que las cosas fueran distintas, para que las cosas fueran mejores, para ser un poco más feliz. Finalmente todos quisiéramos eso, tener el poder de retroceder en el tiempo y cambiar la historia para ser felices. Esa noche me levanté, me acerqué a la ventana y traté de escuchar lo que decía la mujer que lloraba. Primero intenté adivinar de cuál apartamento provenía el llanto. Imaginaba a la mujer asomada en la ventana pero también la imaginaba de pie en un balcón, mirando alternativamente hacia el edificio del frente y hacia la calle, 70 metros más abajo. ¿Contemplaba la posibilidad de arrojarse? En mi imaginación esta mujer no se lanzaría a una muerte segura sino que se lanzaría a volar o por lo menos flotaría como si estuviera inflada de gases misteriosos con propiedades similares a las del helio. Pero el sonido de este llanto era tan delicado que parecía provenir de todas las direcciones, incluso parecía estar muy cerca, como si procediera de una presencia invisible que siempre se las arregla para estar a mi espalda sin dejarse ver como en esa película de Kim Ki Duk que me gusta tanto. No sabría calcular cuánto tiempo duró la mujer llorando y tampoco podría decir si al terminar de llorar yo volví a mi cama o permanecí de pie junto a la ventana escuchando los ruidos de afuera. Lo más probable es que todo hubiera ocurrido en breves minutos pero en mi recuerdo ese momento es prolongado como la idea que tenemos de un viaje hacia lugares recónditos.

Durante los días siguientes me fijé muy bien en las personas con las que me topaba en el ascensor. Nadie parecía haber estado en presencia de la muerte. Las mujeres jóvenes que vi parecían conformes e incluso gozosas. Y las mujeres más viejas se veían fuertes y resignadas, a gusto con su tarea de pasear al perro, comprar la leche e intercambiar chismes con el portero. Luego dejé de buscar y sumé los acontecimientos de esa noche a la lista de misterios sin resolver de mi edificio.

Otro misterio por resolver es el de un vecino temible con el que me crucé dos o tres veces en el ascensor. Negro, pequeño, cojo. Siempre de anteojos oscuros. Caminaba con un bastón y no respondía cuando le decía buenas noches o buenos días. Me miraba de los pies a la cabeza como pensando por donde debería empezar a despedazarme. Por fortuna no lo volví a ver.

Otro misterio es el de las mariposas. La primera vez que ocurrió fue natural. La segunda vez lo consideré casual y no puedo denominar la tercera vez con algo menor a escalofriante o espantoso. No es por el miedo inexplicable que he albergado desde niño a esas mariposas negras que vuelan desbocadas en la noche; es porque me parece una señal siniestra que de todas las ventanas abiertas que hay en las cocinas de mi edificio justo sea mi ventana la que se esté convirtiendo en el refugio favorito de estos seres monstruosos. Se infiltran en la noche mientras estoy dormido. Lo descubrí una madrugada en la que repentinamente desperté. Sentí sed y quise ir a la cocina. Cuando abrí la puerta del cuarto una sombra más que negra pasó revoloteando en un vaivén aéreo neurótico que sobresaltó mi corazón y le dictó a mi mano la orden de cerrar la puerta con un violento reflejo instantáneo que produjo un ruido que debió perturbar el sueño de muchos. Estaba petrificado pensando en qué hacer. Volver a la cama no era una opción porque ella seguiría allí afuera y tarde o temprano tendría que enfrentarla. Así que tomé un periódico que había estado leyendo esa noche, lo enrollé y salí a concretar mi objetivo de expulsar a esa chapola negra que aleteaba ruidosamente en el espacio aéreo de mi sala. Al abrir de nuevo la puerta no la vi y fui hasta la cocina a encender la luz. Con el resplandor del bombillo de neón ella reaccionó y voló descontroladamente, casi choca con mi cabeza pero supe esquivarla. Empezó a aletear alrededor de la luz y comprendí que debía engañarla para ponerle punto final a su navegación invasora. Primero cerré las puertas de las habitaciones para reducir su campo de acción, abrí la puerta del balcón y puse una lámpara. El plan consistía en encenderla, atraer la mariposa hacia esa luz exterior y cerrar la puerta. Un engaño perfecto que casi fracasa porque al apagar la luz de la cocina y dejar encendida solo la de afuera la mariposa quedó desorientada y tardó demasiado en encontrar la ruta que yo deseaba. Mientras volaba chocando con las paredes, con el suelo, con el televisor, yo la azuzaba con el periódico pero esquivándola al mismo tiempo. Si algún habitante del edificio del frente hubiera visto la escena habría visto a un hombre semidesnudo moviéndose como un lamentable Spiderman o simulando un combate samurái sin ninguna gracia estética. Pero no me importó el qué dirán y finalmente pude sacar a ese monstruo de mi casa.

La segunda vez fue similar el procedimiento solo que yo no dormía sino que veía una película y una chapola negra, gigante, frenética y descontrolada paso justo frente a la pantalla.

La tercera vez era pleno día y emergió de pronto en la cocina, estaba oculta tras la lavadora pero ni siquiera me sometió a la penosa tarea de expulsarla sino que ella misma se salió por donde había entrado. Su presencia fue breve pero igual o más espantosa que las anteriores porque ya no vi en el incidente una jugarreta del azar sino una premonición abominable. Es como si el asedio de la criatura nocturna significara que, pronto, esa presencia inminente ante la que lloraba la mujer de la otra noche se materializará en mi vida con un poder que succionará de mí un murmullo suplicante que se expandirá en todas las direcciones y quizá alguien escuche tras una ventana mientras espera su turno.

La caza de un momento estelar

Posted: viernes, diciembre 10, 2010 by Godeloz in Etiquetas: ,
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El plano más triste de la historia del cine, según supimos de Godard, es el final de Un verano con Mónika. La mirada fija de esta muchacha cayó sobre los espectadores de aquella época convirtiéndolos en parte de la historia. Los ojos de la joven Harriett Anderson –dirigidos por Bergman- hicieron parte de las semillas que ayudaron a florecer este movimiento cinematográfico que seguirá vigente por los siglos de los siglos, lo cual no dejará de ser un motivo para brindar con una copa que haga perdurar el ardor que estos directores contagian con su obra. 

Lo que dijo Godard no hay forma de refutarlo. Los segundos que dura esa mirada son suficientes para echar abajo cualquier hegemonía. Un momento estelar de la historia del cine que vemos repetido en el último plano de Sin aliento cuando Jean Seberg, haciendo el papel de Patricia Franchini, mira directamente a la cámara después de escuchar las palabras del moribundo Michel Poiccard acusándola de ser asquerosa. Mira a la cámara y enriquece el diálogo que empezó Monika porque además de mirarme directamente a mí se toca los labios varias veces, se acaricia los labios, hace pensar que ni en un millón de años será asquerosa. Es un plano triste también pero uno quiere verlo como otra cosa, considerarlo un mensaje cifrado, hacer un gesto recíproco, devolverle la mirada y que por alguna magia universal Jean Seberg se la lleve como recuerdo. 

Cazar momentos estelares en un Festival de Cine es un asunto fácil. Las peripecias del alter ego de François Truffaut son una estampa indeleble, una invitación a una demencia con la cual uno baila, a solas, frente a un espejo, imitando el experimento de Doinel cuando repite una y mil veces los nombres de sus pasiones y miedos. Me gustaría decir Jean Seberg, Jean Seberg, Jean Seberg hasta que la enunciación de esas dos palabras pierdan sentido; reiterar en un murmuro Pauline, Pauline, Pauline, Pauline, hasta que la proyección de esa niña se convierta en un fantasma permanente rondando en nuestro cuarto; repetir Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, hasta que sea necesario lavarse la locura de la cara, redundar en el propio nombre como un mantra que cambia el horror por la alegría. 

Porque es imposible no atesorar el sentimiento gozoso que burbujea ante las películas de Romer, Godard, Rouch, Truffaut, Malle, Resnais. Es imposible no compartirlos. En el viaje al Festival sobre la Nouvelle Vague estos son los trofeos que me traigo:

El Festival Independiente de Cine Maldito que existió alguna vez y descubrí gracias a todas las cosas que sabe Eduardo Russo.

Esta Frase de André Bazin: “El cine es un velo de Verónica sobre el rostro del sufrimiento humano.”

Aceptar el hecho de que los ladrones roban, los asesinos asesinan y los amantes aman (Sin aliento).

Esta frase en la opera prima de Godard: En la encrucijada de los besos el tiempo pasa demasiado rápido.
Las chicas que se acuestan con todos menos con el único que las ama.

La pregunta por la felicidad en Crónica de un Verano y la respuesta de dos chicas que dicen “sí, porque somos jóvenes y hay sol”.

El hombre que responde “no porque soy viejo”.

La rodilla de Pauline y la boca de Pauline y los ojos de Pauline y todo lo que Pauline tenga contenido en su universo.

Dos grupos de palabras para regalar a cualquier mujer de la nueva ola: bella, brillante y bestial. Alegre, voluble y chiflada.

Pensar en que Méliès fue el primer curador de la cinemateca francesa cuando tenía más de ochenta y pico.

La distinción que se les ve a los dos prestidigitadores que hasta el momento han aparecido en pantalla, el de Besos robados, del director François Truffaut y el del cortometraje El truco de la directora Catalina Arroyave.

Esta frase de cocteau: “Hacer cine es filmar a la muerte trabajando”.

Y la convicción férrea de Godard que consideraba que escribir sobre cine y hacer cine son lo mismo.

Amar lo excepcional

Posted: jueves, diciembre 09, 2010 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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Las mujeres altas tienen un problema. Atemorizan, intimidan, los hombres se alejan de ellas. Salir con una mujer alta es un acto de valentía, una audacia como pocas. Desde la cumbre de su soledad, ellas podrían hablar a fondo de las distintas clases de abandono. Aunque a hombres menudos como Antoine Doinel les sobran agallas y no se amedrentan ante la diferencia de estatura para tener la dichosa oportunidad de gozar la recompensa generosa que las mujeres altas suelen otorgar en privado. En general, con su actitud saltarina, Antoine Doinel demuestra agallas en cualquier circunstancia. Su fachada es la ingenuidad e inocencia, o más bien son los ingredientes de su carnada infalible. En la gracia de este personaje, en su franqueza, caen atrapadas las hermosas parisinas que se le atraviesan en Besos robados (Baisers volés, 1969).

La película es la tercera en la que Truffaut cuenta las aventuras pantagruélicas de Antoine Doinel, un nombre perfecto para el héroe tragicómico que cada ser humano debería tener como modelo de su vida. En Los 400 golpes ya se había visto su fuga de la adolescencia; luego, en 1962, aparece enamorado por primera vez en Antoine & Colette; y, siete años después, no ha perdido el desinterés con el que camufla su rebeldía. Besos robados abre con Doinel en una celda, vestido de soldado y comprometido a tiempo completo con la deserción. A lo largo de toda la película desertará de empleos, desistirá de amores, perseguirá incansablemente los ideales de belleza, prodigará la misma pasión a sus amores platónicos como a las prostitutas, y saldrá triunfante de cada nueva aventura: es lo más natural en hombres que, como él, son capaces de enviar 19 cartas de amor en una semana o de considerar válida la estretegia de caminar con una postura profesional junto a una mujer gigantesca: en resumen, Antoine Doinel es un hombre que ama lo excepcional hasta las últimas consecuencias. Así lo define la señora Tabard en la escena más envidiable. ¿Quién no desea la suerte de ese hombrecillo envuelto entre sábanas que recibe la visita inesperada de una rubia que proyecta la cadencia de su voz mientras desata su bufanda y suelta los botones de su camisa, exigiendo a su impávido interlocutor que la mire a los ojos?

Esa envidia común y corriente que brota cuando en las películas alguien vive la vida que uno quisiera vivir en este caso se debe al desfile de ángeles eróticos como Christine, que más tarde será la esposa de Doinel, o la mujer sorprendida con su amante en un cuarto de hotel y a quien agradeceremos siempre la falta de pudor con la que exhibe sus pechos erguidos como proyectiles. Además, quién no envidiaría la oportunidad de trabajar en una agencia de detectives. Yo pensaba mucho en que esta película merecería llamarse Los detectives salvajes, es un formidable título para definir a ese grupo de excéntricos cazadores que componen la nómina de la Agencia Blady, entre quienes está, como no, el mismísimo Truffaut cuya aparición me hace llegar a la conjetura de que no estaba simplemente ocupando un lugar del casting sino cumpliendo el anhelo que seguramente nacía en él mientras consumía compulsivamente el cine negro de los años 40: ser un detective de casos irresolubles y amantes esporádicas. Vivir en el peligro.

Las aventuras de Antoine Doinel no se agotan. Después de Besos robados lo veremos en dos películas más: Domicilio conyugal y Amor en fuga. Y hay que prestarle atención, no perderlo de vista así como nadie podría prescindir de las películas de Truffaut cuando de un modo u otro entran en la vida. Con este director excepcional habría que hacer un ejercicio de memorización sin precedentes. Repetir cada palabra de sus guiones e imaginar cómo debió reirse durante sus rodajes. Esta osadía es imposible pero vale la pena hacer un intento, así sea fallido. Por mi parte, quisiera aprender lo que el misterioso perseguidor de Christine le dice en la última escena de la película: 

Señorita. Sé que no le soy del todo desconocido. Hace tiempo que la vengo observando sin que se dé cuenta. Pero ya hace unos días que no intento ocultarme. Y ahora ha llegado el momento. Verá ……. Antes de conocerla a usted, nunca había amado a nadie. Odio lo provisional. Conozco bien la vida. Sé que todos traicionan a todos. Pero lo nuestro será diferente. Seremos un ejemplo. No nos separaremos ni una hora. Yo no trabajo, no tengo obligaciones en la vida. Usted será mi única preocupación. Comprendo … Comprendo que esto es demasiado súbito para que acepte inmediatamente, y que antes desea romper los lazos provisionales …. que la atan a personas provisionales. Yo soy definitivo…” Después de decir esto, me alejaría, abrazado a mi gabardina y miraría de nuevo a Christine para decirle que soy muy feliz.

Festival de verano

Posted: miércoles, diciembre 08, 2010 by Godeloz in Etiquetas: ,
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La Nueva Ola francesa está premiando al Festival de Cine con un verano espléndido. Inspira tranquilidad. Alegría de la que uno ve en las mujeres de Goddard o en las mujeres de Truffaut o en las mujeres que por esa época tenían la belleza y todos los demás requisitos indispensables para aparecer caminando junto a diablillos descarados como Jean-Paul Belmondo.

Una visión aérea del lugar sería un negocio redondo para quien lo ofreciera. Un cubo de rubik de cuadritos azules a la escala de un trasatlántico con personas hermosas nadando en ellos o recibiendo el sol tendidas a la orilla escuchándose reír unas a otras, recordando chistes o pensando en secreto en las imágenes proyectadas la noche anterior al aire libre como en un autocinema sin autos, sin palomitas de maíz y sin la indiferencia con la que la gente se sienta junto a desconocidos.

 Yo pensaría en La mujer de al lado. La película que pocas noches antes proyectaron en la única sala de cine que sobrevive en el centro. Pensaría en las canchas de tenis, en las mujeres que se arrojan de un cuarto piso porque las deja un amante, en una pareja haciendo el amor en el jardín porque la casa vecina está deshabitada, en los besos impulsivos que suelen robarse en los estacionamientos subterráneos,  en el deseo de aprender los secretos de la navegación a bordo de buques enanos, en los cuentos infantiles bien ilustrados, en los cambios grotescos que han bañado a Gerard Depardieu a lo largo del tiempo (porque en 1981, aun con su nariz reluciente, se veía feroz y atractivo); y nadaría, nadaría como en un juego, arrojando piedritas al agua y sumergiéndome para buscarlas, yendo muy despacio, sosteniendo aire en los pulmones el mayor tiempo posible, entreteniéndome con las luz oscilante que se proyecta en el fondo. Vería la oportunidad para filmar una película sencilla, breve,  rústica y pixelada que contagie el ardor de un festival de verano, una película que den ganas de pertenecer a un ala elegante de la mafia para vivir todo el día así: semidesnudo junto a un charco de agua y matando divinamente el tiempo mientras comienza la próxima película del Festival en curso (no detestaría decir por ejemplo Festival de Cannes, Sundance o Sitges).

Santa Fe de Antioquia también tiene glamour, sobre todo cuando lo pronuncia una boquita extranjera que habla como si sonriera, no cobran ticket de entrada porque las películas son en plena calle y uno puede bailar en el tramo empedrado que separa una proyección de otra, hay un día en que es posible abrir la Caja de Pandora junto a un cementerio, para la noche del viernes ya no es Festival de Cine sino mitin de amigos carnavalescos y en las mañanas puedes oír la conferencia de algún redactor de Cahiers du Cinema o asistir a conversatorios con celebridades que tienen una simpática resaca.  

Los cinco días del Festival conforman un poderoso paréntesis en el tiempo, como en todos los festivales de cine en que surge un deseo latente de congelar el tiempo, como si uno tuviera ese poder y como si vivir eternamente pudiera significar algo sospechosamente cercano a la dicha.

Carretera de invierno

Posted: jueves, diciembre 02, 2010 by Godeloz in Etiquetas:
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A toda velocidad la lluvia parece un mar fragmentado. No hay comparación con la profundidad oceánica. Pero mientras un descenso subacuático puede perforarte el oído, a ras del suelo el desplazamiento por el desolado paisaje corroe lentamente el alma en la soledad, como una yaga semejante a la lepra según dijo alguna vez el afligido Sadeq Hedayat en su Lechuza Ciega. La idea de que el mundo se desmorona sobre nosotros (desnudos, vulnerables) es una constante entre el sueño y la vigilia. Con los ojos abiertos, un territorio anegado succiona la coherencia de las imágenes que voy pensando y se desvanecen las referencias que me podrían permitir asociar lo que veo con fábulas sombrías en las que corre la sangre; al dormir, revivo terrores probables que mantengo dormidos para no exhibir todo el tiempo la verdadera naturaleza que, intuyo, vive paralelamente detrás de mi máscara. Cuando era niño creía posible experimentar en directo el fin de los tiempos. Pero la idea era absurda y mi imaginación dilató la experiencia condenando a los hijos de los hijos de mis hijos. Sin embargo, la idea no deja de ser seductora: ver el mundo caerse a pedazos mientras viajamos por una carretera en la que de todos modos, si no sucede lo primero, probablemente, de algún modo lento y doloroso, moriremos. Mientras viajaba a través de la inundación pensaba en una bella chica que conocí hace pocos años. Era una promesa. Escribía poesía, bailaba melodías orientales y aun vestida se movía como la criatura más desnuda. Cuando murió incinerada en un autobús que transportaba bidones de gasolina a través del desierto me invadió una pesadumbre insoportable que persistió durante meses, idéntica a la que brotó durante este viaje invernal que me recibió justamente regresando de mi primera excursión al fondo del océano donde vi tiburones, calamares con pieles explosivas como auroras boreales, cangrejos monstruosos, rayas, pulpos, camarones y un solitario caballito de mar que se aferraba a una esponja para combatir la poderosa corriente. Verlo fue un premio. Buzos experimentados comentaban que semejante encuentro sucede una vez en la vida y nada más. Algunos han visitado incontables mares sin ver ninguno en diez, quince años. “¡Qué formidable manera de soportar la tortura de estar solo!” Pensaba mientras el autobús avanzaba por la carretera. En más de una ocasión el destartalado vehículo se detuvo intempestivamente, supongo que el conductor oprimía a fondo el freno para eludir una coalición con camiones vueltos invisibles tras la capa de lluvia. Por cierto, el nombre del conductor era Ángel Gabriel… asociada al paisaje apocalíptico, la idea que sugería su nombre era temible.

El repertorio de la infamia

Posted: miércoles, noviembre 24, 2010 by Godeloz in Etiquetas: , ,
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“-Adondequiera que vayas, te obligarán a hacer el mal –dijo el anciano-. Esa es la condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad. En algún momento toda criatura viviente debe hacerlo. Es la sombra última, el defecto de la creación, la maldición  que se alimenta de toda vida, en todas las regiones del universo.”
Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

 


El título original de Ciudad de vida y muerte es Nanjing! Nanjing! como un grito de lamentación profundo que parte desde esa ciudad en la que murieron masacradas 300 mil personas en el no tan remoto año de 1937 y se extiende hacia un horizonte lejano donde la sangre todavía no se seca. Ese grito agudo, ese chillido de presa acorralada, ese canto moribundo es un manifiesto que expresa con una estrategia de pureza y dignidad el dolor universal que la especie humana cargará hasta el fin de los tiempos. Junto al estruendo de cañonazos, disparos de ametralladora, bombas lloviendo sobre las calles, coreografías de fusilamientos, alaridos de mujeres violadas hasta la muerte y llantos silenciosos que le causarían espanto al mismo diablo, ese grito de Nanjing! Nanjing! se impone con el mismo inmenso poder de aquellos otros gritos que contienen la palabra Hiroshima o Auschwitz o Dresde o Mapiripán (el repertorio de la infamia no se agota).


Uno conoce de antemano la historia, la sinopsis dispuesta con días de anticipación en el periódico, los comentarios de críticos conmovidos, los elogios de la prensa más prestigiosa y los sellos de premios ganados en festivales internacionales que auguran una experiencia memorable. Sin embargo, tanto conocimiento supuesto es irrisorio y, lejos de ser memorable, la experiencia es brutal porque de repente se puede descubrir que las pocas cosas que todavía están ocultas bajo el sol están podridas: si alguien recurriera al lugar común del dedo en la llaga para referirse a esta película debería andar con cuidado porque esa úlcera supurante podría arder en su propia espalda y dolerle tanto como si llevara el nombre de Lu Jianxiong, Miss Jiang, Yuriko, Xiaodouzi, Mr. Tang o Kadokawa, personajes entre los que va saltando el punto de vista como si no hallara un lugar para estar cómodo, demorándose apenas lo justo hasta tropezar con nuevos horrores (decenas de soldados enterrados vivos o quemados o decapitados o ejecutados por la espalda, la prostituta que muere dando comodidad a los salvajes, la pequeña niña arrojada por la ventana), trazando entre ellos un vínculo de incomparable tristeza y presenciando en el camino escenas construidas con la delicadeza de un haiku que en dos o a lo sumo tres versos es capaz de contener el significado de la naturaleza, en este caso de una naturaleza que apesta.

Lo único que da esperanza en esta película es su delicada factura. La elección del blanco y negro incita a mirarla con actitud de duelo. La recreación de Nanjing destruida se desborda del cuenco de lo real, inundando un terreno donde lo racional se queda sin asidero y en el que ni siquiera encaja la palabra pesadilla. La banda sonora es un vaivén agobiante de lirismo y estridencia sobre el que se desvanecen las nacionalidades, los idiomas, las convenciones, las absurdas morisquetas que brotan del entendimiento entre humanos. Los planos subjetivos están ahí como epígrafes que todo artista debería usar en su obra, especialmente aquel que nos conduce desde la confusión de un hombre hasta el único disparo que todos agradecen al descerrajarse sobre la cabeza de una bella dama.

Mientras veía Nanjing! Nanjing! pensaba en los hombres reales que protagonizaron esa historia buscando razones para darle mérito a la fábula del infierno y poder verlos a todos retorciéndose en las llamas. Sin embargo, el descubrimiento que hace el joven Kadokawa volvió innecesaria la sed de venganza porque para esos hombres que violan, usurpan y matan vivir es más difícil que morir: el amor no los toca.