miércoles, febrero 25, 2009

El gigante incómodo


Villoro dijo la dirección del hotel y parecía contando una historia fantástica: “Me encuentras en el hotel de la Pasión, en la calle Estanco del Tabaco”. Se despidió con un apretón de manos y yo pensando que me había tomado el pelo. Esa noche, en el hotel, comprobé que el lugar donde se alojaba el escritor existía y que además yo no disimulaba para nada mi ignorancia sobre las calles de Cartagena. Leí hasta altas horas de la noche y desperté temprano para buscar pacientemente el hotel. A tres personas interrogué y las tres señalaron direcciones distintas. Agradecí mi previsión de salir anticipado. Di varias vueltas en la ciudad amurallada pero no tantas como el dolor de estómago que me había provocado el desayuno. Sudaba a cántaros pero tenía frío. Pensé en descartar el encuentro y dedicarme a lo que en verdad quería en ese momento: pasar largas horas regocijando mi indigestión en un baño. Hasta que mi escrutinio tropezó con la X del mapa: Hotel la Passión, un discreto y elegante cartel ubicado en una casa esquinera que parecía de todo menos un hotel: búnker habanero, claustro de la nueva era, sede de una sociedad secreta o guarida de excéntricos… Las puertas de doble ala estaban cerradas, con púas en el primer escalón para evitar el sueño de los vagabundos. Sólo una de las puertas carecía de púas. Toqué el citófono una y otra vez. Mi dolor de estómago crecía. Nadie respondía. Sentía que mi espalda se transformaba en joroba para soportar el malestar. Entonces golpee la puerta con un puño furioso y un hombre delgado, alto, con acento de muchos mares, atendió mis llamados. Le dije quién me esperaba y me hizo esperar. El interior del hotel transmitía sosiego y me dejé invadir de una docilidad que calmó los agudos borborigmos que acuchillaban mis tripas. Villoro apareció a los pocos minutos. Apenas lo vi pensé que sí era verdad que me encontraba en un lugar que orbitaba un planeta distinto.

Sobre la altura de Juan Villoro muchos hacen bromas cuando lo ven por primera vez. Las fotos que aparecen en sus libros lo hacen ver como un hombre de estatura normal, incluso, como dirían en México, chaparro. Sin embargo, la realidad supera la ficción de esas imágenes: Villoro es alto con ganas; así que nunca escasean los comentarios sobre su inesperada estatura. “Lo bueno es que me salvo de un chiste porque hay un escritor mexicano que mide dos metros cinco, fue basquetbolista. Alejandro Sandoval, le dicen el alto vacío. Él me salva de los chistes porque los más fuertes sobre el más alto van para él. Es por escalas. Necesitamos un gigante que lo salve”.

Pasada la impresión de su porte alargado, otros rasgos de gigante pueden verse en el escritor mexicano. Por ejemplo los extensos brazos, los dedos de falanges prominentes, un calzado descomunal, pero, más que todo, una singular expresión que puede asociarse a la de los gigantes buenos de los cuentos infantiles: una especie de sonrisa permanente aflora entre su barba poblada y, al hablar, la energía de ese gesto -¿involuntario?- inunda las palabras, que además surgen cargadas de las dos principales características de la obra del autor: imaginación e inteligencia.

Es cada vez mayor la frecuencia con la que se escucha hablar de Villoro en el ámbito literario. No pasa mucho tiempo sin que un nuevo libro suyo aparezca e inicie un safari nada accidental a través de los distintos idiomas en los que se le traduce. Como narrador, Villoro muta su voz entre los distintos géneros pero esa voz que varía levemente de un cuento a una crónica, o de un ensayo a una novela, es sólo una, la voz de una prosa camaleónica y deslumbrante.

¿Cómo realiza cada transición cuando pasa de un género a otro?

Yo creo que tiene que ver con el temperamento, porque soy una persona bastante dispersa que tiene curiosidades distintas, necesito tensiones y estímulos diversos. Si alguien me pregunta en qué género te sientes más cómodo yo diría que en ninguno, por eso me interesan todos. Son desafíos totalmente contrarios y también complementarios. Durante un tiempo me dediqué más al cuento y posteriormente a la crónica. También hay temporadas en las que quizá he sentido más la necesidad de tener por ejemplo control de los materiales, que es algo que te exige mucho el cuento. El cuentista tiene que controlar cada uno de los detalles con los que está trabajando, en cambio el novelista se puede someter más a la divagación. Es un poco como un sonámbulo que avanza sin saber muy bien a dónde. Para mí, estas situaciones distintas estimulan reacciones diversas. Por ejemplo, cuando yo termino algún libro en un género, digamos de ensayo, me ayuda mucho pensar en términos de otro género para no repetir lo que he hecho, y si termino una novela me ayuda irme a un cuento infantil para entrar forzosamente en una realidad distinta y ponerme a prueba en otra situación. Ahora, esto son manías personales, pero lo único que hago es escribir prosa. Es como un sastre que está haciendo más o menos el mismo tipo de ropa en tallas distintas y para climas distintos, pero no creo que se requiera una versatilidad tan grande como la de las personas que por ejemplo combinan, como David Bowie, la actuación con la fotografía, la pintura con la composición y con cosas muy distintas.

Se habla mucho de un género híbrido que combina ensayo, novela, diarios de viaje ¿usted cree que este género está tomando mucha fuerza?

Me parece muy interesante que lo menciones porque a mí me interesa mucho escribir en distintos géneros pero me interesa mucho respetar las reglas de los géneros. Por eso los escribo, me gusta mucho la posibilidad de hacer una obra de teatro que sea teatro teatro, no que sea un ensayo dramatizado; o me interesa escribir una novela que sea novela novela, no que parezca una sucesión de cuentos. Entonces por momentos sí hay vasos comunicantes, por ejemplo en mi novela El Testigo hay momentos que se acercan mucho a la crónica porque tuve que hacer una especie de investigación de la realidad histórica del México de la guerra cristera y luego de la realidad contemporánea. Sí hay puntos de contacto. Cuando escribo una crónica, algo se cuela del ensayista que soy en las opiniones del cronista. Pero creo que es muy interesante mantener la fuerza de los géneros porque los géneros son restricciones que te ayudan a crear. Tienes ciertas reglas qué cumplir y para cumplir las reglas necesitas trucos y llegas por sorpresa a resultados que no tendrías si no tuvieras esas restricciones. A veces las reglas del periodismo tienen que ver con el espacio, por ejemplo cuántos caracteres tiene tu crónica o tu artículo y eso determina mucho cómo condensas la realidad. A mí me ha pasado que casi siempre me alargo cuando escribo una crónica y luego tengo que recortar para llegar a un número de caracteres adecuado. Nunca me ha pasado que la versión larga sea mejor que la corta. Siempre me quejo de tener que recortar pero al recortar mejoro entonces la pregunta es: cuando no tengo esta restricción de un jefe de redacción, cuando se trata por ejemplo de mi novela ¿cómo sé hasta dónde debo recortar? Si yo pudiera hablar con Dios le preguntaría cuántos caracteres tiene mi novela, pero eso definitivamente no es posible.

En El Testigo usted toca el tema del exilio, ¿cree que esta palabra sigue siendo casi que un sinónimo de Latinoamérica?

Yo creo que fue muy importante para todos los latinoamericanos. Yo estudié la carrera de sociología y tuve la suerte de que la mayoría de mis profesores fueran exiliados latinoamericanos, principalmente de Argentina, Uruguay y un poco de Perú. Después viví en Berlín Oriental y ahí me encontré con muchos exiliados argentinos, uruguayos, también había nicaragüenses, chilenos, bueno, gente que había ido a vivir a la ciudad o con becas y a mi todo esto me ha alimentado mucho, he estado muy cerca del exilio. Por otra parte el exilio español en México fue muy importante para mi familia, entonces la idea del exilio me parece, sí, muy significativa. Creo que El Testigo tiene que ver con esta circunstancia. México nunca fue un país de exiliados porque nosotros nunca tuvimos una dictadura real y tampoco tuvimos una democracia real, tuvimos esta mezcla extraña que fue el PRI, que duró 71 años en el poder, pero que no expulsaba a la gente a vivir en otros lados, entonces nuestra noción personal del exilio es más bien a través de los otros, a través de los latinoamericanos y los refugiados españoles. Yo creo que hoy en día por fortuna la situación de exilio ha amainado en América Latina, está por supuesto el caso cubano y siempre es un problema latente, pero ha amainado. Sin embargo la condición del exiliado es esencial a la naturaleza humana, es una posibilidad que puede ocurrir. Por eso quizá la primera gran historia es la de un exilio, que es la odisea, es un hombre que viaja si se quiere voluntariamente o siguiendo su destino durante más de 20 años por las islas hasta regresar a casa, entonces esta parábola del que se va y tiene que regresar está siempre en la mente de los hombres aunque no lo vivan en carne propia y es un poco lo que yo exploré en El Testigo porque mi personaje vive 24 años fuera de México y regresa a una país que ya no le pertenece, donde no puede ser protagonista y donde no puede ser testigo.

¿Pero también el exiliado que regresa es como esa persona que llega a remover y a sacar a los que se han refugiado en la impunidad?

Tenés razón, es como un catalizador. Porque el que viene de fuera se convierte en una persona extraña que pone a prueba a los demás, por un lado se convierte en alguien en quien confía mucho la gente, porque él no tiene un pasado, ni tiene vínculos que lo aten mucho, entonces es alguien que puede entender lo que le dicen pero al mismo tiempo no está comprometido con un grupo, con una causa o con una situación. Y por otra parte es también alguien que remueve y pone a prueba lo que están haciendo los demás. Porque tú dices: “Él se fue, durante 24 años no estuvo aquí, ¿qué hecho yo mientras tanto para acreditarme ante él, para justificar que valió la pena quedarme? Un exiliado que regresa pone a prueba a los que se quedaron.

En varios de sus cuentos los personajes son futbolistas. Hábleme del futbolista como personaje literario.

Soy un gran aficionado y soy un futbolista frustrado. Jugué en el equipo pumas, en las fuerzas inferiores hasta juvenil doble A. me probé en la reserva especial y no tuve facultades para seguir adelante. Me apasiona el juego pero como escritor he tratado de adentrarme en la condición secreta de las escenas públicas. Cuando un futbolista está en el estadio o en una cancha cualquiera y anota un gol o anota un autogol, parecería que está ante el triunfo o ante la tragedia y sin embargo ese gol a favor o en contra puede ser algo que tenga un historia privada, que afecte su vida, que afecte su relación con los demás, incluso que está provocado por eso. Un portero al que lo acaba de dejar su mujer a lo mejor ese va a ser el peor partido de su vida o a lo mejor justamente va a ser un acicate para que sea el mejor. Hay algo de vida interior en estas escenas que parecen exclusivamente atléticas. Yo creo que el deporte es también una condición mental no sólo para quienes lo practican sino también para quienes lo ven, porque nosotros vamos al estadio a cumplir revanchas, anhelos, ilusiones que no necesariamente tienen que ver con el juego, que tienen que ver con la forma en que nos sentimos: las frustraciones, nuestros malestares, nuestros desahogos, entonces todo esto cristaliza de manera muy dramática en el fútbol. Yo he escrito muchas crónicas porque creo que la crónica es el mejor género para acercarse al fútbol porque el fútbol ya llega muy narrado: llega con apodos, con leyendas, con mitografías, con historias que todos los aficionados conocen. La crónica es la oportunidad de estructurar todo eso y de darle una consistencia literaria. Es difícil hacer una gran novela de futbol precisamente por esto, porque ya está muy codificado y a pesar de que hay tanta afición por el futbol, o por eso mismo, resultaría muy difícil crear un mundo a partir del fútbol que es lo que tiene que hacer un novelista. En cambio el cuento te permite entrar en secretos marginales: de pronto una historia triste, una pequeña traición, un enigma…

En Los Culpables hay precisamente un personaje que es un futbolista. ¿Cómo nacieron estos cuentos con personajes que parecen tan relacionados, que tienen tantas cosas en común?

Son siete cuentos en primera persona. A mí me interesaba explorar las posibilidades naturales de la voz. No son cuentos en lenguaje coloquial pero son cuentos escritos como si naturalmente se llegara a esta formulación, es una exploración de las posibilidades del habla. Ninguno de los personajes es un narrador profesional y el que quiso serlo fracasó. Uno es un limpia ventanas, otro es un ejecutivo que se la pasa perdiendo aviones, otro es un futbolista, otro es un mariachi célebre pero que se siente fracasado. Entonces son personajes que no están acostumbrados a contar y que por accidente, al desahogarse, al querer justificarse, dan con una fórmula narrativa. A mí me ha interesado mucho. Cuando estoy en algún lugar y escucho en la mesa de al lado en una cantina o en el asiento de atrás de un autobús, que alguien está contando una historia y no sabe que eso es una muy buena historia, que está contando algo con un planteamiento, con un conflicto, con un desenlace sorprendente y cuenta con una naturalidad increíble, con cierto desorden. Por eso los narradores de Los Culpables son vanguardistas accidentales porque empiezan a contar por un lado, se acuerdan de otra cosa, regresan y van contando con el desorden propio del que no está tratando de contar una historia sino de desahogarse y, sin embargo, eso, al modo de un caleidoscopio, integra una historia que puede ser interesante para el lector y sobre todo que el lector entiende antes que los relatores porque ninguno de ellos sabe que está contando una historia propiamente. Cuando ellos quieren quedar bien en realidad están haciendo el ridículo, cuando se quieren justificar en realidad no les creemos, era un juego que me interesaba.

Hablando de lecturas…

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de un libro?

El Capitán Hatteras de Julio Verne, su viaje al polo norte me cautivó muchísimo. No me identifiqué con él porque era una epopeya extrema y era difícil asociarme con ella pero fue el primer libro que leí con gusto.

El último autor que lo ha asombrado

Me gustó mucho Benjamin Black que es el seudónimo que utiliza John Bamville para escribir novelas policiacas. Como tantos escritores, a pesar de ser muy conocido, tenía pocos lectores. Aceptó escribir varias novelas policiacas y se creó un seudónimo que es muy distinto a él: es un hombre impaciente, es un patólogo, un médico forense, alcohólico, que se ubica en la Irlanda de los años 50 llena de prejuicios religiosos, morales y de clase. Escribió una serie de novelas extraordinarias. Lo que me sorprende mucho de este autor es que curiosamente ya me había sorprendido pero como otro autor. Me había sorprendido como John Bamville y ahora me sorprende como Benjamin Black.

¿Cuál es la joya de la corona de su biblioteca?

Por una razón sentimental Rayuela de Julio Cortázar, porque me lo regaló un amigo muy querido que murió en el terremoto del 85. Él era médico, murió haciendo guardia en el Hospital General a las seis de la mañana. Yo quise estudiar medicina y él quiso estudiar literatura, decidimos prácticamente, en un pacto de hermanos, que el siguiera una carrera y yo siguiera otra y que nos íbamos a estar comunicando siempre, pero desgraciadamente él murió en el terremoto del 85. Me escribió en este libro una dedicatoria tan larga como uno de los capítulos prescindibles que incluye Cortázar al final de la novela, entonces para mí es como un tesoro sentimental. Además tiene el porte de una caja negra, como la caja negra de los aviones que tienen las últimas palabras así que son las últimas palabras de mi gran amigo Javier Cara.

¿Qué libro le regalaría a un niño?

La peor señora del mundo de Francisco Hinojosa, un gran escritor mexicano, está publicado en el Fondo de Cultura Económica, es un libro maravilloso.

¿A cual autor le gusta releer?

Borges inevitablemente

¿De cuáles libros ha bebido más para confeccionar su obra?

Un autor al que vuelvo incesantemente como una especie de música que necesito para entrar en forma y que siempre me estimula y no falla es Juan Carlos Onetti.

Los autores decisivos…

Hay sacudidas fundamentales, el primero fue José Agustín que es un escritor que escribió De Perfil, una novela sobre adolescentes en la ciudad de México. Yo la leí siendo un adolescente y me marcó mucho porque me identifiqué plenamente con ella. Luego el descubrimiento de Borges, Cortázar... Fue esencial para mí la literatura argentina la literatura norteamericana ha sido muy importante con Faulkner, Carver… y luego traduje a un escritor alemán del siglo XVIII, Lichtenberg, un físico que descubrió la electricidad positiva y la electricidad negativa y no lo pudo probar y sugirió que se le pusiera el signo de más y menos. Fue maestro de Alejandro Volta. Entonces la idea de estos signos que vemos en nuestras pilas la tuvo este gran inventor de chispas, no sólo chispas físicas sino chispas mentales. Tiene un gran sentido del humor, una gran ironía y tiene una imaginación muy dispersa con la que yo me identifico.

¿Qué bibliotecas lo han sorprendido en las ciudades que visitó?

A mí me gustó mucho la biblioteca Miguel Cané donde trabajó Borges en Buenos Aires por razones curiosas: sabemos que Borges escribió mucho de bibliotecas, los libros fueron el hecho esencial de su vida y uno se imagina una biblioteca donde él haya trabajado como una cosa laberíntica-gigantesca-infinita y esta es una biblioteca de barrio. Antes fue un cine y la oficina de Borges estaba atrás donde era la sala de proyección. Todavía se conserva esa oficina y es una biblioteca muy precaria, muy pequeña y para mí fue una lección extraordinaria de cómo en una biblioteca tan modesta puedes imaginar todo el universo de los libros.

jueves, diciembre 11, 2008

La inmortalidad es una enfermedad miserable


(un regreso con Robots... en la banda sonora)

En menos de cien días he decidido que prefiero a los hombres lobo por encima de los zombis, y a éstos por encima de los vampiros, a quienes les tengo más bien lástima. Desde Drácula supe que ser el amo de la noche significa ser perseguido, acorralado, estar siempre hambriento y que cada año de vida significa siglos de deterioro y toneladas de polvo en las venas. Ser un vampiro es envejecer a un ritmo menos acelerado que el mundo y los demás, y no conozco un modo más miserable de ser derrotado: la piel pegada de los huesos sin músculos de por medio. La dependencia de convertirse en humo o en murciélago para desplazarse por los corredores del castillo o para perpetrar las habitaciones del alimento. La voz carrasposa de tenor alcoholizado. El hipnotismo como único chance de ligarse a una chica… todas las ventajas que el cine y la literatura hacen parecer atributos asombrosos no son más que síntomas de decrepitud y decadencia que con el tiempo no pueden camuflarse ni en la palidez glamurosa ni en el smoking recién planchado ni en una capa para hacerse invisible.

Esa clase de inmortalidad es insufrible, detestable y me aterra. En cambio, un hombre lobo, llamado en inglés werewolf, dicho de una forma elegante Licántropo, es una criatura fascinante. Como el vampirismo, la licantropía es una enfermedad contagiosa transmitida por alguna bestia que vagabundea por la noche despachando mordiscos a quien se le atraviese y de una manera tan abrupta que la mayoría de las veces las víctimas no quedan contagiadas sino desmembradas en detalle. Pasa la noche y el hombre lobo despierta, se viste para ir a la oficina y no se ha dado cuenta de nada. Lo presiente, sí, por una naturaleza salvaje que se apodera de él, por una vitalidad primaria que le ha cambiado el semblante durante los últimos días, que lo ha hecho migrar del pobre ser humano acomplejado y cargado de fracasos que le teme al jefe, al macho alfa sin represiones que empieza a acaparar a todas las chicas, haciéndolas aullar cuando no hay luna llena y puede salir de juerga, lo presiente pero no hay ni un asomo de culpa.

Ni en cine ni en libros he visto a un licántropo envejecer. La mayoría muere en su ley: los cazan, los abalean o los decapitan. Pero algunos se salen con la suya. Jack Nicholson por ejemplo, que se muda al bosque a esperar a su dama; o Romasanta, que es perdonado hasta por la Reina de España, pues qué amenaza puede representar para el mundo un gentil licántropo que hace jabones. Si no hubiera muerto por razones desconocidas en su celda, este Romasanta habría regresado a su hábitat natural en lo que hubiera sido tal vez la primera liberación de fauna silvestre de la historia.

¡Cómo me gustaría despertar una mañana convertido en licántropo! Quitando los problemas inherentes a la condición, como ese asunto de tener que comerse a todo el mundo a deshoras, o esa otra cuestión de ser alérgico a la plata, ser un hombre lobo podría resultar satisfactorio, pues esa comunión con el origen salvaje de los seres vivos, esa rebeldía imparable, borraría de un soplo el miedo, la incertidumbre y la obsolescencia que se va instalando como Pedro por su casa en la vida.

Hasta zombi por un día me gustaría ser. Estoy seguro que muchas revistas comprarían la historia. Describir la dificultad de salir de una tumba es ya de por sí un gran reto para cualquier periodista de inmersión. Además, los zombis, a pesar de su mal olor y su aspecto desaliñado, son envidiables pues ya se murieron y siguen saliéndose con la suya: son numerosos, contagiosos, no carecen de sentido del humor y si les viene en gana pueden convertir una pequeña convención de muertos vivientes en todo un apocalipsis. En una de estas me da por pensar que el miedo a morir es realmente el miedo a no regresar para cobrar venganza. Se me hace agua la boca si el día de mi muerte soy capaz de cumplir mi promesa de jalarle los pies a mi hermana. Tan sólo con eso aceptaría después desaparecer para siempre.

No quisiera padecer esa inmortalidad agónica de los vampiros, con la que llevo conviviendo de cerca hace más de cien días. Mi abuelo de 98 años dice que no se muere porque lo están haciendo pagar en vida las batallas que ganó cuando era joven. Dice que ve en las noches -aunque hace más de nueve años que no puede ver- las sombras de los liberales que mutiló en los enfrentamientos a machete. Lo asedian, le murmuran, lo señalan, no lo dejan dormir, y así y todo su cuerpo sigue resistiendo. La piel y los huesos ya no tienen carne de por medio y hasta hace unos cien días podía caminar de su habitación oscura hasta el balcón para tomar el sol, y podía tender la cama, elegir la ropa del día, abrir y cerrar la puerta del baño, subir y bajar su cremallera. Todo a ciegas y en silencio, pero de una forma trágica, porque esa muerte que espera no se digna a pasar por mi casa. Hace cerca de cien días mi abuelo cayó derrotado. Lo encontramos desnudo en el baño esperando ayuda para levantarse. Desde entonces no es capaz de sostenerse más. Estuvo en el hospital un tiempo y ni siquiera allá la muerte fue a visitarlo. Se llevó a los desahuciados de al lado y a él si mucho lo miró por encima del hombro. Mi abuelo no se muere, y sufre, y yo creo que ya es hora de que al menos pueda salir de su cuarto, veloz en cuatro patas y transformado en el joven licántropo que fue siempre para que en nombre de todos se desquite de quien le ha estado haciendo esto por tanto tiempo.

lunes, julio 14, 2008

Tan real como un huevo que se rompe



“La diferencia entre la ficción y la realidad es la impuntualidad de los héroes”
Anónimo

(Lobo y Sirena protagonizan el cuento que The Presets canta como Banda Sonora)

La intención de hacer ficción esconde en el fondo el impulso kamikaze de borrar los linderos que dividen lo real de lo imaginario. De esta reflexión se han ocupado muchas mentes que han llegado a conclusiones más certeras y por muy diversos caminos, en igual o mayor medida que los modos de hacer ficción con los que cuenta el mundo. Uno de ellos es el de quienes intentan convertir la dimensión paralela que han creado en una tan verosímil y natural, que termine siendo plausible a la luz de las reglas, normas y convenciones entre las que se circunscribe la triste vida de los seres humanos.

Es paradójico que sea lo más frecuente el que esa misma triste vida sea la que termina rechazando las diferentes formas de lo real que proponen algunas obras. Soy de los que considera posible cualquier combinación de leyes naturales que gobiernen los giros de una historia. Que un hombre se transforme en un monstruoso insecto o sea reducido al tamaño de un turpial para cantar todas las noches en el umbral de un sexo femenino no es más asombroso que una caminata en el abismo espacial o la truculenta cena en la que un pene es el plato principal compartido simultáneamente por el caníbal obseso y el mutilado desangrándose. Citando las locas aventuras de un Mesías, quien entre estos ejemplos se considere capaz de señalar sin que le tiemble la mano aquellos fantásticos y aquellos netamente verídicos que tire la primera piedra.

Personalmente, preferiría saber que en algún lugar de Arabia una princesa desnuda se masturba con el hombrecillo de la jaula a imaginar al hombre de aspecto viscoso que se pudre en la cárcel mientras terceros amasan fortuna con los derechos de su anécdota macabra.

Crecemos pensando que de un momento a otro merecemos el final esperado de la felicidad eterna y quienes se toman la molestia de hacer notar que realmente el vivir felices para siempre es una farsa con buen marketing corren el riesgo de convertirse en parias.

Hace poco tiempo vi la nueva versión de Funny Games, película de Michael Hanneke reencauchada por él mismo. Mala cosa fue haberla visto un domingo, pues se terminó arruinando mi capacidad para conciliar el sueño plácidamente antes de rematar la vuelta en círculo que cada semana nos deposita en los lunes horrendos. Me removí en la cama hasta la madrugada y a la vez la historia de la película se removió en mi cabeza como un huésped indeseable. Este insomnio temporal fue el reflejo del estado en el que quedaron mis emociones cuando la película terminó y aparecieron los créditos. Durante los 120 minutos de duración de Funny Games el giro esperado, el convencional, no logró concretarse. ¿Yde dónde provino mi incomodidad si esto es tan normal en el cine independiente, en los cineastas europeos y en las historias donde nadie tiene superpoderes? Al fin y al cabo, todo lo que estamos viendo en la pantalla carece de sustento en la vida real y por ello es tan grato que todas las licencias sean concedidas. Así como a nadie escandaliza que la reina de Inglaterra olvide su pudor a la hora de otorgar al 007 una licencia para matar, los inusuales psicópatas de Funny Games no deberían causar ningún tipo de escozor cuando descargan los perdigones de una escopeta en la espalda de un niño; acuchillan y ejecutan al padre herido y finalmente arrojan al agua a una madre que lo ha visto todo sin cesar en sus intentos por librarse de las sogas que la atan de pies y manos. Hasta el último minuto esperé que la hermosa Naomi Watts se convirtiera en la superviviente que sale nadando de las frías aguas para hacer justicia. Pero el momento no llegó y el único resultado que pude obtener fue una historia de dolor a punto de empezar para una nueva familia.

Mientras el velero surca el lago hasta el próximo puerto, los jóvenes asesinos, quienes no dejan adivinar las razones de sus respectivos trastornos, hablan sobre esa diferencia entre la realidad y la ficción. El más inteligente de los dos es el responsable de la conclusión que más causa escalofrío. Lo que sucede en la pantalla es ficción, pero, si lo estamos viendo, es tan real como los huevos que se quiebran al caer al piso.

Muchos críticos de la película con una triste vida igual a la de cualquier ser humano convirtieron a Hanneke en un paria diciendo simplemente que se lavó las manos puntualizando el carácter ficticio, “netamente lúdico”, de su obra. ¡Al contrario! Pienso que Funny Games dice sin tapujos que lo vilmente mostrado está sucediéndole exactamente ahora a un vecino y que, de hecho, nada cuanto hagamos podría impedirlo pues para alguien siempre será demasiado tarde.

Para nada es una novedad que la atrocidad se traslade a las expresiones artísticas. La novedad consistiría en que esa intención de conjurar lo atroz sea eficaz en este mundo que llamamos tangible; que los héroes lleguen en el momento justo y quienes han sufrido siempre alcancen la gracia que merecen. Cuando alguien me pregunte “¿para qué sirve la ficción?” ahora ya sé qué responderé: la ficción sirve para que ganen los buenos.

(Este fábula de Mogwai es ideal para acompañar este post y desconectarse de lo siniestro)




lunes, junio 16, 2008

La prehistoria de los Jedi

(She came from planet claire? Es probable, por lo menos escuche la banda sonora a cargo de B52)

Los que se preguntaban por el origen de la fuerza que convertía a los caballeros más ilustres de la galaxia en los más poderosos y místicos, pueden aventurarse a encontrar una posible respuesta en la última entrega de Indiana Jones. En el tiempo, las dos aventuras son muy lejanas. Indiana se tambalea en el borde de su senilidad en plenos años 50 de la guerra fría y los caballeros Jedi conquistan el Universo a muchos años luz de distancia en plena guerra planetaria, pero si al cine pudiera hallársele el ADN, estoy seguro que tanto Indiana como la estirpe de los Skywalker comparten genes en esa doble hélice de celuloide y no sólo es porque los dólares que se desembolsaron para la creación de ambas sagas hubiesen salido del mismo pantalón. Para nada es atrevido asegurar que el Reino de la Calavera de Cristal es un antecedente primitivo de La estrella de la muerte.

Un buen guionista tendría en sus manos el santo grial más taquillero de la historia si tan sólo ideara un salto entre las dos dimensiones que pudiera digerirse tan fácil como unas crocantes palomitas. Algunos lo han intentado con sagas que despiertan menos sentimientos pero que compensan con una buena dosis de vísceras. Alien y Depredador compartieron plató en el planeta tierra cansados de no escuchar los gritos de horror en el espacio, y Freddy Krueguer se fugó del ostracismo buscando la ayuda del anómalo slasher Jason para saciar su sed de sangre adolescente tan típica de los años ochenta, una bizarra década en la que morir o ver el fracaso de una última secuela era garantía de una publicitada resurrección en la no menos bizarra época del siglo XXI.

En el simple ejercicio de imaginar las escenas sería posible convertirse en un dios precursor de íconos cinematográficos y ser adorado por los próximos 100 años. Así como Spielberg se erigió en dios con su bicicletita voladora, yo podría bañarme de divinidad si consiguiera enfrentar en un duelo el látigo del arqueólogo más valiente del mundo con la espada láser de Darth Vader, o si llevara a una pandilla de gremlins de vacaciones a la playa para que fueran devorados por un voraz escualo. ¡Cuánto lamenté que la pareja de Freddy no hubiese sido el joven manos de tijeras! ¿Acaso no puedo soñar todavía con ver en una misma película la cara golpeada de Rocky a manos de un mercenario llamado Rambo o, mejor aún (para no perturbar el sueño eterno de Sillvester), soñar con disfrutar de una historia en la que el pusilánime C3PO –léase citripio- sea enviado al pasado para proteger a un adolescente que huye de Terminator?

Spielberg, en su madurez, se está dedicando a cumplir sin saber estos sueños. La cuarta aventura de Indiana Jones es el ábrete sésamo para este mundo de maravillas. En sus nuevas andanzas, el profesor Henry Jones Junior bajo su sombrero, se convierte en el auriga encargado de pilotear lo que buenamente serían los últimos minutos de vida del director Hollywoodense, ese momento en el que supuestamente casi todo pasa inalcanzable frente a los ojos. Si un acosador de los que violan cerraduras se preguntara qué carajos verá Spielberg antes de caminar por el valle de la muerte, no tendría que invertir su tiempo ni arriesgar su pellejo ni jugarse su libertad condicional merodeando una mansión de Malibú, el costo para saberlo solo sería el de un ticket del cine: allí adivinaría bajo la punta de un iceberg la mejor retrospectiva.

A Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal hay que verla como la fenomenal aventura de la que se trata. Sí, aunque el héroe esté pasado de años y aunque la chica ya no despierte las mismas pasiones que despertó cuando era toda una cazadora de arcas perdidas en la primera y aunque el final sea el menos verosímil: el matrimonio.

La película permite la pequeña licencia a quienes la observen con calma de considerarla un popurrí de anteriores obras cinematográficas.

Quienes no la han visto no deben creer en este punto que a Indiana Jones le encomiendan rescatar la calavera de cristal de las profundísimas entrañas de un parque jurásico ni que para descubrir su tesoro debe unirse a la tropa que rescató al soldado Ryan. Bastante demoró el matrimonio Lucas-Spielberg en elegir un argumento que se ajustara a su alta costura como para que hubiesen optado por un tejido de peripecias baratas.

Entre las persecuciones, trampas, traiciones, tiroteos, peleas a puño limpio y clases en la Universidad, Indiana tropieza con un misterio que lo había obsesionado en la juventud y que involucra al área 51, explosiones nucleares, civilizaciones perdidas en la jungla –cómo no-, acertijos indescifrables, esqueletos sobrenaturales, pirámides de piedra, hormigas asesinas, encuentros cercanos del tercer tipo, arenas movedizas, perritos de la pradera, un doble de Tarzán con chaqueta de cuero y platillos voladores. Si los fanáticos de Romero demandan de esta torta una tajada, se pueden dar por bien servidos, pues cortas imágenes de una secuencia hacen pensar en una noche Inca de muertos vivientes.

Por eso digo que de esta orgía pueden esperarse resultados que causen espasmos como el cuerpo de la princesa Leia. Un arqueólogo del séptimo arte excavaría hasta encontrar por ejemplo un eslabón perdido de la genealogía Skywalker. Que el carácter de la archivillana aficionada a los sables Cate Blanchet esté emparentado con lo paranormal, y que su cuerpo además tenga un aspecto de androide enfundado en estrecho-sexy-uniforme militar sugiere lejanamente a la primera tatarabuela Jedi que se hubiera dejado seducir por el lado oscuro.

En un mundo real tendrán que pasar cientos de miles de años para saber a ciencia cierta si el camino que tomará la línea evolutiva del profesor Jones desembocará en espadachines galácticos con poderes mentales. Pero en la dimensión desconocida de Hollywood la espera tal vez se prolongue hasta que, en la próxima huelga, un azar cambie en la mente de un guionista el paisaje amazónico por el entorno cósmico.

viernes, mayo 23, 2008

Libros de Utilería


(Una canción de Mirways tan imprescindible como irrelevante para esta entrada)

No puedo describir el sentimiento que me produce ver aparecer un libro o una biblioteca en una película. Empiezo deseando que algún movimiento de cámara me revele el título o el autor del libro, y termino esperando que por lo menos el guionista haya planeado una secuencia en que sus personajes lean un fragmento del libro que llevan en las manos.

Algunas cortas escenas me han premiado. Algunas imágenes se han quedado en mi memoria para siempre.

Recuerdo por ejemplo a ese niño de “La historia sin fin” que roba con impunidad un misterioso libro y falta a clase para leerlo sin parar, oculto en la buhardilla de su escuela. Sebastian fue el primer lector empedernido que conocí en el cine, el primero que vi abstraerse en una historia y llevar su imaginación más allá de cualquier frontera, liberarse a través de la lectura.

De verdad que la lectura es como el fuego que robó Prometeo para iluminar a los seres humanos, un fuego que rompe cadenas. Lo entendí cuando leí Frankestein. El monstruo que encontré en el libro de Mary Shelley era muy distinto del que había visto en la película de James Whale: no tenía ni un pelo de bestial. No diría que era un monstruo con alma, diría que era un monstruo con pensamiento –que a fin de cuentas viene a ser lo mismo-, capaz de leer y de amar los libros. Por eso, veo a Robert De Niro como un Frankestein más grandioso que Boris Karlof -tan torpe, tan iletrado-. A pesar de su figura monstruosa, conmueve en la escena en la que, refugiado en un húmedo establo, aprende a leer observando a través de una grieta cómo una madre enseña a su hija a juntar las letras para pronunciar palabras. Al aprender a leer, ese monstruo ya no lo era tanto. Es el mismo efecto que causa William Hurt tras la piel de “El hombre elefante”. Detrás del cráneo deforme y el descomunal tamaño de los tumores que bombardeaban su cuerpo, John Merrick era un hombre sabio, cortés, leído. La escena en la que una hermosa actriz de teatro le obsequia “Romeo y Julieta” es uno de los mejores descubrimientos del amor que he visto en el cine. Merrick jamás conocerá en carne propia la fiebre contagiada por un beso, pero sí la pasión de ese beso contagiada por la lectura.

En todas las bibliotecas debería existir un espacio en la colección reservado para todos los libros que han aparecido en el cine. En esta colección estarían por supuesto los libros del Marqués de Sade, pero especialmente una narración fiel de la escena de “Letras Prohibidas”, película protagonizada por Geofrey Rush y Kate Winslet, en la que el amante furtivo de una joven y bella mujer, condenada a casarse con un hombre viejo y frustrado, le pregunta, impresionado por la lujuria que acaba de conocer, donde aprendió a amar de esa forma, recibiendo una respuesta naturalmente lasciva: “Todo lo que sé, lo he aprendido en los libros”, frase que además llena de curiosidad a los espectadores que ya quisieran encontrarse con lectoras de ese tipo y, por encima de cualquier cosa, con esos libros de Sade que a lo largo del film hicieron sonrojar, sonreír y arder a quién los leía.

Habría que pensar un nombre que realmente estuviera a la altura de una colección de libros semejante. Porque allí estarían incluso los libros que jamás existieron. Como el diario que el padre de Indiana Jones escribió para que su hijo pudiera caminar sobre puentes invisibles y así hallar el escondite del santo grial, o ese pequeño volumen que Buster Keaton devora en Sherlock Jr. para convertirse en buen detective.

Lógicamente, harían parte de mi biblioteca todos esos libros sin nombre que han aparecido rellenando escenas como simples objetos de utilería que sin embargo despiertan una curiosidad morbosa. Hablo del manojo de libros que los encantadores asesinos de Hitchcock, en “La Soga”, entregan a James Stewart atados con la soga que minutos antes sirvió para estrangular a un hombre; o de la biblioteca carcelaria que Tim Robins construye en Sueños de Fuga, como si hubiera decidido adelantar un escape figurado antes que el verdadero; o de las revistas extrañas que Edward Norton lee con su lunático alter ego imaginario encarnado por Brad Pitt en “El Club de la Pelea"; o del libro que Johnny Depp busca desesperadamente para abrir las puertas del infierno en esa película menospreciada de Roman Polanski; y por encima de todo, hablo de la increíble biblioteca familiar, devorada letra por letra, por el pequeño jovencito de “Una serie de eventos desafortunados”, quien, dicho sea de paso, aprovecha todos los conocimientos adquiridos para escapar de peligros dramáticos.

Por lo que se ve, esta biblioteca estaría muy alejada de cualquier clase de convenciones. Si estuviera en mis manos construirla, la haría a la manera de Fahrenheit 451, la película de Truffaut basada en la novela de Ray Bradbury en la que los clásicos de la literatura universal permanecen depositados en escondites insólitos –un tocadiscos o una mesita de noche con doble fondo-, pues el escuadrón de bomberos los busca para incinerarlos y de paso cada página impresa, razón por la cual existe en este mundo inconcebible una sociedad secreta cuyos miembros deben memorizar una obra íntegra porque la memoria es un lugar que no puede ser alcanzado por las llamas.

Secuencia incendiaria de Farenheit 451



Se me ocurren algunos libros que merecen hacer parte de esta utopía: encabeza la lista “París era una fiesta”, de Hemingway, no sólo por ser el libro que Nicolás Cage elige para enamorar a la princesa de las comedias románticas, Meg Ryan, en “City of Angels”, sino porque realmente es una joya asociada de esta forma a las fascinantes películas de Wenders, en las que ángeles a blanco y negro no sólo se la pasan husmeando en las librerías sino que deciden caerse del cielo por haberse enamorado de locas trapecistas. Siguen en orden de importancia dos textos que aparecen en una misma película: "La vida de los otros". El primero es de Bertolt Brecht y fue el encargado de ablandar el corazón del psicorígido agente de la Stassi y el segundo pertenece a la categoría de los libros imaginarios, pues se trata de esa “Balada de los hombres buenos” que escribe el protagonista de este magnífico film para agradecer el acto desinteresado de su salvador.

Ahora que lo pienso, también me gusta imaginar que los lectores de esta biblioteca poco convencional serán en igual o mayor medida poco convencionales. Serían semejantes a Morgan Freeman en su papel de detective erudito que para resolver los crímenes de Seven busca pistas en las páginas de Dante Alighieri y en las del “Paraíso Perdido” de Milton, y lo hace a una hora perfecta para los lectores: la medianoche. Aunque esos lectores bien podrían parecerse mucho a los hermanos gemelos de “Adaptation”: pasando largas noches intentando descifrar la forma de llevar a la pantalla el perfil que Susan Orlean escribió sobre un ladrón de orquídeas; o, por qué no, escribiendo guiones abstractos sobre otros libros encontrados por azar en esta biblioteca de películas. Sinceramente esperaría mucho de una adaptación de Paracelso, que bastante se ha visto en las versiones del Frankenstein antes mencionado, o del poeta demoníaco William Blake. Claro que, en este caso, ya se les habría adelantado Jim Jarmush con Dead Man. Hay en esta película un personaje que me gustaría contratar como bibliotecario: el indio que acompañaba a Johnny Depp por los caminos plagados de excesos del lejano y salvaje oeste, creyendo tal vez que ese William Blake herido de muerte por un balazo era el mismo cuyas obras había leído cuando era un chico nativo norteamericano educándose en Londres. Sin duda, este cherokee delirante, que solo sabía hablar con versos de Blake, recibiría a los lectores de esta biblioteca diciéndoles que “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”, lo más lógico que se me ocurre en este caso.

Todas las bibliotecas son infinitas, y si pretendiera de verdad hacer esta de la que vengo hablando, no terminaría ni en los 113 años que lleva precisamente de historia el cine. Tendría que tener en cuenta todos los libros que han servido para darle color a una escenografía. Ya tendría bastante si mi tarea solo consistiera en nombrar todos los libros parapetados en el apartamento del simpático amante francés de “Infidelidad" o los que la librería Shakespeare & Co. exhibía el día en que Richard Linklater decidió rodar las escenas de “Before of sunset” y que le daban un carácter quimérico al amor tardío entre Ethan Hawke y Julie Delpy. Pero no podría perdonármelo si excluyo de esta envidiable biblioteca tres libros fundamentales en la historia del cine, o por lo menos en la historia de la utilería: esa edición de Sexus que Juliet Lewis recibe por un admirador anónimo quien no es otro que el asesino psicópata que busca acabar con la vida de su padre en “Cabo de Miedo”; los cuentos de Rashomon que Forest Withaker lleva para todos lados en Ghost Dog; y ese librito de Sam Shepard –“Crónicas de Motel”, si no estoy equivocado- que Naomi Watts lee desesperadamente en “21 gramos” para encontrar quizá una razón lógica a su tragedia. Con esto se hace innegable que el director González Inárritu, al hacerla buscar en un libro, eligió el mejor de los caminos posibles y que mi biblioteca estaría completa.

viernes, abril 25, 2008

Lecturas del asombro
(Asombra Sonic Youth con Stones, la mejor canción del grupo)

Tengo una memoria fangosa. Es sorprendente la cantidad de cosas que puedo llegar a olvidar; todos los detalles que se esfuman de repente dejando en blanco algunas de las noches más importantes de mi vida. He llegado al punto de inventar desenlaces fantásticos para mis aventuras nocturnas, haciéndolo tan bien que termino por convencerme de que parte de esa vida ficticia que he inventado para compensar mis pequeños olvidos es cierta. A veces, simplemente, me resigno con olvidar rostros, palabras, placenteras conversaciones con mis mejores amigos, nombres de canciones, fiestas acaloradas en pisos altos de hoteles mala muerte, recorridos en la madrugada, bromas ingeniosas y puntiagudas, frases geniales que brotan como un estallido… Pienso que esos momentos que mi memoria fangosa no puede retener surgirán después como un fogonazo inesperado, ocasionándome un inmenso placer, y es cierto, a veces vuelven, y entonces me regocijo con ese pequeño instante que pudo desenmarañarse de mi amnesia, siendo lo mejor de todo que una vez recordado sin intención, una vez que esos recuerdos repentinos me toman por sorpresa, mi memoria fangosa compensa todo el mal que me ha hecho quedándose para siempre con ese recuerdo. Solo que con el tiempo ya no me conformo, porque me asalta la sensación de tener guardados recuerdos desconectados unos de otros, sin una historia que les dé unidad, imágenes independientes, no, mejor imágenes solitarias que se solidifican y se vuelven pesadas y, de hecho, poco creíbles, dejándome en una tierra de nadie donde no sé si lo que recuerdo de mi vida es porque me lo he inventado o porque he unido los retazos, creándome una vida que no es la mía pero que a la vez es con la que me siento cómodo. Esto no sucede con todo. Como todos los animales, estoy dotado por ejemplo para recordar rutas, si voy a un lugar determinado y debo volver después, soy perfectamente capaz de hacerlo sin perderme. Estoy facultado para recordar rostros pero no los nombres que les corresponden y por eso creo que he perdido posibles amigos y hasta posibles amantes. Recuerdo fechas, recuerdo libros, recuerdo autores, nunca llego tarde a mis citas. Recuerdo el nombre de las películas y recuerdo los sentimientos que despertaron en mí cuando las vi por primera vez, hasta recuerdo si las vi en cine o las compré piratas para después verlas en casa, pero a veces no recuerdo nombres de algunos personajes, se me pierden las mejores escenas, el recuerdo de la banda sonora se me borra por completo y hay días en los que despierto sin acordarme de los mejores finales, es insoportable y me ha convertido en una persona de las que ven una y otra vez la misma película. Me pasa también con los viejos amigos, con los besos de mis amantes y con los libros. Ojalá pudiera encontrar un método para conservar el recuerdo intacto de todo aquello que me ha aportado un grano de felicidad pero son precisamente esas cosas las más propensas a desvanecerse porque es en lo más trivial, intrascendente y aparentemente frívolo que encuentro el placer y la alegría.

En los últimos años, me he acostumbrado. Me he conformado por ejemplo con apenas conservar una parte de mis lecturas anotando los párrafos, frases y fragmentos que me han asombrado en una agenda negra que para colmo de la ironía ya está totalmente descuadernada. Antes de tener esta agenda anotaba las frases en pedazos de papel que de una u otra forma extraviaba y entonces venía a ser lo mismo. Ya cuando llegó la agenda a mis manos -un souvenir de Exxon Mobil enviado al ensayo de periodista económico que era- decidí transcribir las anotaciones que aún conservaba en los papeles sueltos. Entre las primeras frases que hay en mi agenda están las que me cautivaron cuando leí “Las mil y una noches”, una edición ilustrada del Circulo de Lectores, traducida por Vicente Blasco Ibáñez, quien no censuró ni un párrafo de las noches de Arabia. Si leo esas primeras frases en mi agenda puedo recordar entonces que con “Las mil y una noches” descubrí las suculencias de la lujuria y la sutileza del amor, también su amargura:

“!El corazón enamorado no disfrutará la alegría del reposo mientras lo posea el amor! ¡El enamorado no tendrá segura su razón mientras viva la belleza en la mujer! Me han preguntado ¿Qué es el amor? Y yo he dicho: ¡El amor es un dulce y sabroso jugo, pero de pasta amarga!”

Pero tuve poca fortuna recopilando los pedazos de papel en los que había quedado registrada mi propia antología de lo mejor de Scheherazada y sólo en mi agenda pueden encontrarse dos frases de este maravilloso libro. Como un mal presagio, la segunda frase anotada no es lasciva, ni recupera las formas femeninas que pueblan el libro sino que describe lo que posiblemente le esté ocurriendo progresivamente a mi memoria:

“!El tiempo y el destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir a la fuerza y a la violencia del tiempo? ¡Hace años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañera es la enfermedad y la inmovilidad mi amada!”

Para hablar justamente de las primeras frases registradas en mi agenda en la página que corresponde al 3 de enero, debería hablar entonces de dos escritores que siempre me han inquietado y que me generan un sentimiento parecido a la envidia –debería existir un nombre para estas sensaciones que no se definen del todo y sugieren algunas otras sin afirmarse como si fuesen clones o espectros-. Se trata de Alberto Manguel y Fernando del Paso.

El primero carece de una nacionalidad precisa: nació en Canadá pero desde siempre se movió por el mundo gracias a que su padre era un diplomático de esos que vienen a ser como los marinos errantes de estos tiempos: hombres que no echan raíces en ninguna ciudad y logran asimilar tantos conocimientos, tantas lenguas, tantos mapas urbanos, tantos nombres de avenidas, tantas aventuras en tantas calles del mundo que acumulan algo así como una erudición viajera que los vuelve elocuentes pero tristes y siempre ajenos: adquieren una mundología oscura y melancólica.
Pero Manguel no me causa un sentimiento cercano a la envidia por su dominio del ancho mundo sino por su insuperable fortuna: cuando era un adolescente trabajaba en una librería en Buenos Aires. Una librería que sólo vendía libros en inglés, que vendía muchos libros raros y que era frecuentada por los extraños intelectuales que pululaban en argentina en aquella época; hablo de los años 50. Cierto día de esos años 50 llegó a la librería donde trabajaba Manguel un señor ciego, misterioso y amigable. Era, sino el mejor cliente, por lo menos el que exigía más rarezas. No recuerdo muy bien cuáles fueron las circunstancias en las que sucedieron las cosas pero la verdad es que el joven Manguel terminó convertido en el lector del hombre ciego. Lo visitaba en su casa por las tardes y éste le indicaba cuál libro debía tomar de una manera tan prodigiosa que el hombre ciego, misterioso y amigable recordaba en cuál estantería de la enorme biblioteca se encontraba el volumen solicitado y hasta podía recordar la página en la que estaba lo que quería escuchar. Este trabajo –porque era un trabajo, con todo y salario- hizo del joven Manguel un hombre culto, un escritor, un lector de primera, de esos que dan la impresión de haberlo leído todo y de esos que realmente serán más recordados por los libros que han leído que por los que han escrito. Cuando Manguel confiesa con una modestia engreída que el hombre ciego era Jorge Luis Borges es cuando nace ese sentimiento que se parece a la envidia pero que sin duda alguna no se trata de envidia pura pues me imagino leyendo los libros de Borges y pienso que sería renunciar a la razón y abrazar sin pudor a la locura.

La frase de Manguel anotada en mi agenda corresponde a su libro “Una historia de la lectura”. Recuerdo como un descubrimiento magnifico el pasaje en el que explica cómo en la edad media las personas no solían leer mentalmente. Eran incapaces, y los primeros que lo hicieron, fueron tildados de locos. Pues se les veía embelesados mirando fijamente los libros. ¡Ni siquiera movían los labios! Quizá eran considerados lectores endemoniados. Poseídos por aquello que leían sin parar durante horas, locos sin remedio cuya enfermedad los conducía a un abismo de silencio pues no pronunciaban palabra cuando leían y, sin embargo, leían; pues después lo recordaban todo y alcanzaban la sabiduría.

“Un texto leído y recordado, llega a ser en esa relectura redentora como aquel lago helado en el poema que aprendí hace tiempo: sólido como la tierra firme y capaz de sostener al lector mientras lo cruza y, sin embargo, su existencia sólo es en la mente, y precaria y efímera como si sus letras estuvieran escritas en el agua”.

Este libro de Manguel no alcancé a terminarlo, como tantos otros que no he terminado por distintas razones. Pero lo que leí de él alcanzó a sembrar bastantes dudas en mí y bastantes certezas. Por ejemplo hay una duda que todavía no he podido despejar: ¿De verdad me gusta la lectura por el mero goce o es sólo mi manera de descifrar las costuras de lo escrito para después hacer mis propias réplicas? Cuando leí los primeros libros solamente me gustaban las historias, lo que hacían los personajes, los acontecimientos fantásticos que me aguardaban tras cada página. Pero después -no sé a qué horas, no sé cómo, no estoy seguro de cuál fue el giro- noté que leía sin fijarme tanto en la historia como en la forma en la que estaba escrita. Descubrí el estilo. Descubrí algo que se llama voz propia. Descubrí casi involuntariamente el tono y la estructura. Era un infierno. Porque al descubrir todo aquello, también descubrí que para hacerlo realmente bien –y es que lo peor o lo mejor de esto (aún no lo decido), fue que yo también quería hacerlo, yo también quería escribir- había que tener algo cuya obtención es incierta, azarosa y, la verdad, poco deseable, había que tener demonio. Y aunque suena absurdo, me atormenta no tener ese demonio necesario para escribir bien y al mismo tiempo me atormenta llegar a tenerlo. Porque, siendo sincero, los escritores con demonio, por muy ilustres y talentosos que fueran, no se la pasaban en grande. Hay muchos Kafkas, Dicks y Rimbauds que lo demuestran. Entonces, aunque sigo sin descubrir cuál es la verdadera razón que me empuja a leer cuanto libro seduce mi atención y mi obsesión –porque a veces leer se me convierte en una obsesión-, aunque sigo sin definir si leo porque quiero procurarme placer o porque quiero aprender a escribir, lo sigo haciendo por una certeza que Robertico Bolaño me dijo una de las noches asombrosas en las que he dialogado con él: soy más feliz leyendo que escribiendo. Puntualmente soy más feliz leyendo que escribiendo por las habilidades mágicas que tienen los lectores y que Manguel describe muy bien en la segunda frase que me decidí a consignar en la agenda:

“El rol de los lectores es hacer visible aquello que la escritura sugiere mediante indicios y sombras”.

Pero a veces no es suficiente con leer. A veces uno se llena de valor porque la conciencia se despierta de su modorra constante para proclamar que falta mucho por decir y mucho por escribir y que hay poco tiempo y que hay que escribirlo. Y no tardan en llegar los intentos que con los años son intentos fallidos y menospreciados. Cuentos, ensayos de cuentos, poemas, ideas anotadas en cuadernos, estructuras de novelas, incluso argumentos para películas. Ensayos inacabados de lo que tal vez sea una carrera literaria frustrada que amenaza con volverme en un escritor que no escribe. Ojalá yo pudiera ser como ese otro escritor que me despierta un sentimiento parecido a la envidia pero que no es la envidia.

El libro con el que Fernando del Paso me cautivó tampoco pude terminarlo. Leer Palinuro de México, o al menos su primera parte, también me puso frente a frente con mi idea del futuro: yo, como Palinuro, quería un lugar aparte del mundo para mí y mis posibles Estefanías. Pero al paso de esta ambición aparece una frase de la novela que es la hermana gemela de las zancadillas:

“¡Dios mío, en cuanto se nace, el tiempo se le echa encima a uno, y ya nunca lo deja en paz a ninguna hora del día.”

Y todavía no me aparto del mundo. Ni podría hacerlo. Tengo la sensación que esa atribución sólo me la puede dar si veo de primera mano los asuntos que en mi juicio se convertirán en los asuntos más poéticos del mundo. Fernando del Paso dice en su mejor novela que “La muerte de una mujer hermosa es el asunto más poético del mundo”, y yo digo que es el asunto más escalofriante. Ahí está la prueba de que no es envidia lo que me inspira este escritor mexicano. Sé que es pura admiración, pero, cómo me gustaría llegar a escribir de un tirón frases como esta:

“¿Y de que sirve un mundo único y personal, Palinuro, cuando se supone que hemos nacido para compartir nuestra vida y apacentar juntos nuestros sueños, cuando se supone que estamos aquí no sólo para compartir los caracoles y la cerveza, sino también nuestras risotadas, nuestras guerras de colores, y nuestras filosofías huecas?”

De hecho la escribí. Con ella llené la primera página de la agenda con la cual intento drenar mis lagunas. Pero sigue siendo incómodo ver que mis intentos son derrumbados por el soplo que produce la marcha apresurada del tiempo.

lunes, marzo 03, 2008

La maldad cojea con estilo

(Ladytron se encarga de este soundtrack con "Destroy everything you touch)



‘No country for old men’ no es una película para débiles, eso es lo primero que se debe saber antes de ingresar a la oscura sala de cine, donde tampoco sabes si las personas que te rodean traman algo siniestro.

La primera frase que se va hilando en la cabeza cuando arranca el film es que Cormac McCarthy, el autor de esta novela y de muchas otras donde la moral más abyecta es la que se alza con el triunfo, está completamente loco. Bardem, por ejemplo, con el look freak que tiene en la película, es espeluznante; por su actuación merece el Oscar, pero su personaje desquiciado merece varias veces la silla eléctrica y que además su horrendo nombre sea borrado de todos los libros, que de él no quede memoria. Aunque inevitablemente queda y es de esos recuerdos que resurgen adheridos a las peores pesadillas…

Todo lo que sucede en ‘No country for old men” (¡Cuidado! Tal vez empiece a revelar muchos detalles) se confabula para que, tras la última línea de los créditos, sientas que te han arrebatado algo importante o que sabes algo que no deberías o que estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado: ese azar extraño que hace coincidir, por ejemplo, la trayectoria de una bala con la cabeza sin culpas de un niño; o para ser más claro, esa suerte de coincidencias infortunadas que se dan solo para recordarnos que somos menos que el polvo.

Sí, todo lo que vi en la película de los hermanos Coen me dejó con la sensación de que una parte muy importante de mi se quedó sentada en la butaca reclinable del teatro temblando de terror y no sé a ciencia cierta si fue la voracidad metódica de Bardem, la triste aceptación de la derrota de Tomee Lee Jones, la muerte repentina y salvaje de Josh Brolin (les dije que iba a empezar a revelar detalles), o las escenas finales donde la demencia reclama como suyo el territorio de la muerte y la ingenuidad de unos niños le dan la mano al que debería ser –bien merecido que lo tiene- el jinete más terrible del Apocalipsis.

Bardem se aleja por la calle de un suburbio normal de los Estados Unidos, lleva un brazo roto, un ojo inyectado de sangre, un peinado de mosca muerta y cojea con estilo: es la maldad que ronda el vecindario. McCarthy vuelve a poner el dedo en la yaga creando un personaje que, en el film, colma todos los espacios con una tensión que congela los nervios. Por eso fue inevitable que al salir del cine pensara que esa frontera donde la realidad baila con la ficción estaba deshecha –aplauso para Vila-Matas-; que de algún modo, una caja de Pandora había sido abierta y escaparon de ella los delirios más oscuros del alma humana. También pensé que podía aprovechar todo aquello para anotar mi propio hit creando una ficción de personajes macabros que en el futuro puedan ser interpretados por estupendos actores. Pero francamente me siento incapaz de trasladar tan si quiera la bitácora de esa maldad que ronda en los vecindarios de mi ciudad. Tendría que engendrar una obra coral gigantesca, unas memorias de ultratumba al estilo Chateaubriand, darle nombre a un sórdido Tristram Shandy del siglo XXI engendrado por la locura, que nace porque no quiere verse morir, como el original, pero que quiere vernos morir a todos de las peores formas posibles, así como uno quisiera ver morir a Anton Chigurg (Bardem) en ‘No country for old Men”.

Tanto en la película, como en la realidad, los héroes no ganan y entonces en esa obra, donde la maldad de mi vecindario también cojeará con el estilo inconfundible de un destripador obeso –sosias del hombre malvavisco de los Cazafantasmas- que se dirige a un juicio del que probablemente salga declarado inocente, tal vez deba hacer aparecer también a una bandada de oscuras aves rapaces que se posan en los cables de la noche esperando a los jóvenes noctámbulos para abalearlos con sus picos de AK 47; y a un Padrino leproso de la mafia con tal sed de venganza que la sangre de 100 mujeres asesinadas y desmembradas no calma; y a una pandilla de niñas temerosas de ser desolladas vivas por ejercer el elegante oficio de la prostitución; y a rufianes de rostro amordazado y sin nombre que, a bordo de lujosos automóviles de vidrios impenetrables, recorren la ciudad repartiendo tiros de gracia a los perros callejeros y a toda criatura viva que se les parezca… y puedo seguir enumerando personajes tan abominables como aquellos que habitan los libros de McCarthy y ahora también la filmografía de los Coen, pero sería una labor agotadora, quedaría asfixiado, y sencillamente no lo hago porque tengo pánico y cuando el pánico hace parte del reparto, el único epílogo deseable es que la persona que está teniendo este lúgubre sueño despierte y se lleve todos sus monstruos consigo.