La reconstrucción de un pueblo fantasma

Posted: jueves, setiembre 21, 2006 by Godeloz in



Las heridas que dejó la tragedia de Armero siguen abiertas: familias separadas y destruidas, un pueblo que desapareció y el dolor de saber que miles de muertes pudieron evitarse.

Las fotografías de prensa, las imágenes de televisión y los relatos radiofónicos de los reporteros, mostraron a todos los colombianos el horror que se vivió en Armero. Era una de las mayores tragedias que se habían presentado en Colombia cuando el país todavía estaba conmocionado por el holocausto del Palacio de Justicia.

Sin embargo, ninguna imagen, ninguna crónica periodística, ningún cubrimiento especial, superó el drama que fue para los armeritas ser arrasados por miles de toneladas de lodo en medio de la oscuridad.

Todavía hoy se pueden ver las cicatrices del desastre. Después de atravesar el puente sobre el río Lagunilla, el curso de agua que dirigió la avalancha hasta la población, un tramo largo de la carretera no deja adivinar que en ese lugar alguna vez hubo un pueblo. Pero luego aparecen las ruinas tétricas del Hospital San Lorenzo sucedidas por las casas y edificaciones que no desaparecieron en el desastre.

El lodo las averió, las medio enterró, sacudió sus cimientos, derrumbó tejados y puertas, arrancó los azulejos de los baños, removió las tuberías y destruyó el pavimento de las calles. Convirtió el sector aledaño al cementerio en un pueblo fantasma, donde a lo largo de dos décadas la selva fue reclamando territorio. Entre las ruinas, donde todavía se distinguen los nombres de ferreterías y bares pintados en las fachadas, pululan las serpientes y los roedores.

Durante mucho tiempo, también, como si la violencia del país no respetara un lugar en el que ya murieron demasiados, el lugar fue un vaciadero de cadáveres. Por eso la gente de los pueblos cercanos todavía le teme a Armero. Lo sienten como un lugar peligroso donde asaltan buses y atracan turistas. Los años posteriores a la avalancha, los visitantes nacionales y extranjeros que buscaban el lugar donde había muerto la niña Omaira, eran guiados hasta lugares, monte adentro, donde eran despojados de sus pertenencias. Al viajero siempre le recomiendan no viajar muy tarde en la noche y cuando los habitantes de Armero-Guayabal se dan cuenta que alguien visitará las ruinas, le advierten que se cuide, que no vaya solo. Sin embargo, esta situación ha cambiado en los últimos años.

Con la construcción del Parque de la Vida la presencia del Municipio le ha dado seguridad al lugar. Alrededor de la cruz donde el Papa Juan Pablo II se arrodilló para rezar, se construyó un parque para recordar la antigua plaza central de Armero. La construcción del parque está por terminarse debido a la inminente visita del Presidente de la República, de manera que el lugar antes abandonado ahora no permanece solo. Jardineros cuidan de los senderos e intentan convertir los terrenos de maleza en zonas verdes.

El monumento central del parque consiste en 4 pilares unidos por un arco. En cada pilar hay una reproducción en alto relieve de Armero: los cuatro puntos cardinales del pueblo: cada una de las calles, cada esquina, cada lugar arrasado por la avalancha.

José Ramírez deja de vez en cuando el azadón y se detiene a explicarles a los turistas dónde quedaba el Bar Hawai, en cuál esquina estaba la Joyería Ónix, cómo se llegaba al restaurante Chino. Señala con el dedo la línea de las calles que desembocaban en el cementerio, en el barrio Santander, en uno de los 5 bancos que había en el pueblo. De pilar en pilar, contando lo que la gente hacía a diario en Armero, José va acercándose a su barrio que también desapareció por la avalancha. “Aquí en este cerro me salvé con mi señora y mis 2 hijos”, y se queda mirando la colina en la que pasó esa fría noche de noviembre, soportando el frío pero sobre todo soportando el miedo.

La reproducción en alto relieve está fabricada en un material ocre. Las casas pequeñitas se ven aglutinadas como si presintieran los 350 millones de milímetros cúbicos de agua, piedra y lodo que las sepultaron a 300 kilómetros por hora. Al fondo de una de las reproducciones se ve, amenazante, el Nevado del Ruiz, llamado “El León Dormido”.
Alrededor del parque hay amontonados monumentos conmemorativos que los sobrevivientes dejaron para recordar a los familiares desaparecidos. Al caminar de un lugar a otro, los calvarios marcan el lugar donde quedaba una casa o donde alguien desapareció bajo esa cortina oscura que cubrió el pueblo antes de la medianoche.

¡Pudo prevenirse!

Todos los caminos están rodeados de estos monumentos funerarios: el que conduce hacia la tumba de la niña Omaira, a diario recibe peregrinos devotos que la creen santa; el que termina en el cementerio cuyas tumbas guardan huesos, momias y huevos de aves enormes de plumas blancas y negras; el que lleva hacia el monumento erigido para no olvidar los nombres de los 33 policías muertos esa noche en la estación. Junto a este lugar, una piedra gigantesca de 200 toneladas fue arrastrada por la corriente 45 kilómetros desde el cañón del río Lagunilla. Todos la ven como la causante del represamiento que contribuyó a darle la magnitud colosal a la avalancha.

Hoy, la piedra también es un monumento que recuerda la negligencia de los gobernantes de entonces que pudieron prevenir la tragedia. Porque esa es la imagen más viva y recalcitrante que tienen los armeritas, que todo pudo evitarse con anticipación. Y la culpa cae a veces sobre el alcalde que advirtió demasiado tarde el peligro inminente, el gobernador del Tolima que no dinamitó la piedra, la defensa civil que distribuyó tranquilidad a través de volantes y megáfonos o el párroco que luego de advertir que no había de qué preocuparse, salió del pueblo.

Quizá por saber que por una vez sí pudo evitarse lo inevitable, quienes vivieron en Armero hablan del día de la tragedia con una enorme melancolía arremolinada en la garganta. Y en ocasiones, creen con fervor que la leyenda de la maldición era cierta, que de una u otra forma, en Armero, no iba a quedar piedra sobre piedra.

Maldición de cura…

Armero, para muchos, era un pueblo maldito. José Luis Rivera, actual párroco de Armero-Guayabal, estaba en el seminario cuando sus compañeros empezaron a llamarlo matacuras, un apodo inmerecido al que José Luis se acostumbró; hasta le causaba risa. Cada vez que lo llamaban matacuras volvía al día en que el apelativo y la maldición cayeron sobre el pueblo.

Fue el 10 de abril de 1948. Un día antes Gaitán había muerto en Bogotá, pero fue como si hubiera muerto en todos lados porque “El Bogotazo” se reprodujo instantáneamente en cada pueblo. En Armero, una turba de liberales se tomó las calles y los conservadores tuvieron que ocultarse. Julio Rivera, el padre de José Luis, fue uno de los más buscados.

“Nosotros teníamos una tienda en el centro de Armero y lo que tengo más claro de la película es cuado se entraron los liberales a la tienda y la saquearon. Recuerdo ver cómo volaba pan para todas partes, cucas, galletas, botellas. A mi mamá y a mí no nos hicieron nada porque alcanzamos a meternos para la casa. A mi papá lo tuvieron escondido y a mí me sacaron mis padrinos también para esconderme, porque yo era el hijo de Julio Rivera. Tenía 6 años y el pueblo era una turba aterradora que fue hasta la iglesia y sacó al padre. Él era un hombre muy recio que en unas elecciones fue de los pocos conservadores que votó. Lo mataron a machete y cayó a unos metros de donde ahora está la cruz del Papa. Yo lo único que recuerdo es una multitud y me parece verlo entre la gente”.

El cadáver del padre Pedro María Ramírez, fue llevado hasta la puerta del cementerio en una volqueta del Municipio. Lo dejaron tirado a la entrada del panteón, al lado de la carrilera del tren, y la osadía de recogerlo, limpiarlo, alumbrarlo con 4 velas y rezar por su alma, es crédito de las prostitutas. Días después, una comisión de La Plata, Huila, su pueblo natal, arribó para llevárselo.

Las represalias vinieron de parte del Obispo de Ibagué. Impuso una sanción llamada el entredicho que consistía en despojar a la población de cualquier servicio religioso. No se celebró misa en Armero durante mucho tiempo y ese fue el inicio de la leyenda de la maldición.

Algunos creen recordar que en la entrada del templo que desapareció tras la avalancha, como si se tratara de un sortilegio irrevocable, había una placa con la siguiente inscripción: “Aquí cayó el padre Pedro María Ramírez, víctima de los vituperios y atropellos del pueblo y aquí no quedará piedra sobre piedra”.

Recorriendo Pompeya

El padre José Luis Rivera no volvió a su pueblo desde que desapareció del mapa. No volvió a recorrer las ruinas ni la tierra desolada. Pero siempre vuelve en su memoria, aunque nunca de una forma tan vívida como lo hizo el día que recorrió la ciudad romana de Pompeya.

“No se parecía en nada a Armero pero yo pensé en mi pueblo todo el día mientras caminaba por esas hermosas casas de estilo romano que tenían piscinas a la entrada y dibujos de dioses en las paredes. Las casas estaban enteritas, como si las hubieran sepultado con cuidado. Me acuerdo de todo, del acueducto, de las panaderías, de la gente, todo quedó en su sitio. En Pompeya murieron, creo, por envenenamiento. Todos quedaron enteritos, como petrificados, se pueden ver esqueletos que por la posición dejan adivinar que estaban haciendo el amor en el momento de la erupción. En cambio Armero fue barrido por completo, no quedó nada”.

Las horas del terror

Para el 13 de noviembre de 1985, José Luis era párroco en Palo Cabildo, un pueblo de la cordillera cercano al río Gualí, afluente del Magdalena. Estaba de pie confesando a la gente, en una vereda cercana al río, cuando vio a lo lejos una nube oscura que se acercaba. Y escuchaba distantes los pecados de sus feligreses porque la nube negra le robó la atención. Eran alrededor de las 3 de la tarde. Por un momento, José Luis desvió su mirada y notó que el alba que lucía estaba minada de lunares grises que caían de algún lado. Después miró que las materas del piso estaban llenas de la misma materia, que no era otra cosa que ceniza que venía del nevado.

Luis Carlos Bravo ya estaba dominado por la embriaguez cuando la ceniza anegó a Armero, creyó que eran moscas que le atacaban los ojos. Ese día había recibido una jugosa propina de uno de sus clientes. Era uno de los chanceros del pueblo. Al llegar a su casa, su esposa, furibunda, extendiendo sábanas y ropa en el patio, se quejaba porque a alguien se le había ocurrido quemar basura en algún lado y ahora la ceniza le manchaba lo que había acabado de lavar. Luis Carlos ignoró también a su esposa y se fue a tomar aguardiente en el Café Colombia donde una multitud observaba el clásico entre Millonarios y Cali, que transmitían ese día.

A pesar de la lluvia de ceniza, la gente del pueblo ignoró la preocupación y asistió puntual a una misa que se celebraba por el descanso de los magistrados del Palacio de Justicia.

La misa finalizó a las 6:30 de la tarde y, al salir, el Juez Alfonso Reyes vio que el pueblo estaba gris, como en blanco y negro. La gente seguía en sus asuntos pero silenciosa, preocupada a pesar del mensaje que sonaba por el megáfono del Templo. Una voz recorría el pueblo diciendo que no había ninguna clase de peligro, que el remedio era taparse la cara con un pañuelo impregnado de agua o alcohol.

Una lluvia de agua se sumó a la lluvia de ceniza, diluyéndola, convirtiéndola en una pintura gris que bañó las fachadas y manchó la ropa.

Luego todo estuvo otra vez seco. Raúl Bocanegra no se había percatado del extraño fenómeno hasta que llegó a su casa a las 10 de la noche. Había trabajado todo el día y en lo único que pensaba era en descansar. Su esposa le contó de la ceniza, pero él sólo quería descansar cuando otra vez la lluvia repiqueteó con fuerza sobre las tejas de zinc. Al abrir la puerta para ver el aguacero se encontró con un pueblo convertido en un desierto. ¡Estaba lloviendo arena! Piedras diminutas que caían de una nube negra. La preocupación era ineludible.

Luis Carlos Bravo insistió en que le siguieran vendiendo más cerveza antes de que cerraran el Café Colombia. “¡Pero si está lloviendo arena!”, dijo don Alberto, el dueño. “Véndame otra cerveza o no le pago”, respondió Luis. Se la vendieron y la bebió presuroso. “Mire, está lloviendo arena”, dijo don Alberto, “nos vamos a morir esta noche”. “Ah, el cuento de que nos vamos a morir no me lo como”, Luis Carlos salió trastabillando del bar después de ayudar a cerrarlo.

El juez Alfonso Reyes viajaba cada miércoles al Líbano, a buscar ropa para el resto de la semana. Ese 13 de noviembre se le estaba haciendo tarde y cuando el aguacero de arena se desató sobre Armero buscó una salida a como diera lugar. No había transporte en Rápido Tolima, sólo un taxi negro estacionado en el parque. Le tocó la ventanilla al conductor que dormía tranquilo. “Lléveme al Líbano”, dijo. “¿Cuántos van?”, respondió el conductor. “Voy solo”. “Con menos de tres no lo llevo”. “Yo le pago el expreso”. “Siendo así, vámonos”. El taxi abandonó el pueblo y llegando a Padilla se escuchó el eco de un fragor lejano. No había energía eléctrica y la luz que se desprendía de las ventanas era luz de vela.

El padre José Luis Rivera estaba muy preocupado por lo que estaba pasando. Antes de acostarse escuchó en el noticiero que había estallado el Nevado del Ruiz. A las 10 de la noche lo despertaron unos golpes en su puerta. Eran los policías del pueblo que lo buscaban para que regresara a la vereda del río Gualí a darle la extremaunción a un viejo moribundo. Estaban los policías blancos del susto. No quisieron decirle que llovía arena. Ya no había luz en el pueblo. Salieron encapuchados para protegerse de la arena seca y al llegar a la vereda, el río traía un estruendo que lo hizo pensar en el diluvio. El viejo no estaba tan moribundo y lo único que quería era salir acompañado con su familia. “Nos va a llevar el río, padre”, dijo. “Pues caminen para la casa cural y ahí duermen en una salita, lleven cobijas”. Después de dejar a los viejos instalados salió a caminar por el pueblo, la gente se reunió a escuchar la radio y el padre caminó de un lado para otro buscando noticias, esa noche no pudo dormir.

Llevados por el lodo


Luis Carlos Bravo dejó de beber ante el peligro inminente. Subía por la calle 12 intentando llegar a su casa, torció por la 13 y una ambulancia pasó a su lado a toda marcha: “¿Me llevan?”, preguntó. El conductor lo ignoró. Media cuadra después se detuvo y la tripulación abandonó la ambulancia, despavorida. Luis corrió detrás de los paramédicos huyendo de la avalancha que ya estaba sobre el pueblo. Vio que el lodo llevaba carros, escombros, techos de casas, gritos de gente. Lo alcanzó pero no lo envolvió, lo empujó hasta un barrio que se salvó de milagro.

Raúl Bocanegra gritó a su esposa que huyeran. “Mi papá está dormido”, dijo ella. Raúl corrió a despertarlo. “Viejo, póngase pilas que se vino Lagunilla”. Todo el mundo esperaba una inundación como en los 40 cuando el río se llevó los puentes. “Ah”, respondió el viejo, “yo a esa muérgana no le corro”, y siguió dormido. Raúl lo dejó y salió con su esposa y su hija Luz Adela. Los nervios no lo dejaron ponerle los tenis a la niña. Quería correr hasta una colina ubicada a 300 metros de la casa pero apenas llevaban recorridos 100 la luz de su linterna se topó con una casa que estalló en mil pedazos.

La bola de lodo, una masa oscura, los envolvió. Raúl sintió que la mano de su hija ya no estaba en su mano. La avalancha lo arrastró zambulléndolo y llevándolo a flote, jugando con él, golpeándolo. A lo lejos escuchaba la voz de su hija que gritaba: “¡Papi, papi, ayúdeme!”. Ya no supo nada más, sólo de la masa ardiente que lo arrastraba. En ningún momento perdió el sentido. La avalancha dejó de arrastrarlo, estaba vivo. El susto no lo había dejado sentir su rodilla dislocada, se la acomodó como un experto pues su abuelo era sobandero. El silencio circundante era único. Se arrastraba hacia lo seco cuando otra arremetida de la avalancha se lo tragó para arrastrarlo y mostrarle la cara de la muerte, que era un incendio. Los cilindros de gas estallaban y el fulgor de la bomba de gasolina incendiada alumbraba una parte del cielo. Raúl estaba casi desnudo cuando por fin todo se detuvo. Sintió cerca de él a un hombre joven gritando, preguntando por su familia, llorando. Luego, escuchó el grito de muchos hombres, muchas mujeres y muchos niños. La oscuridad no lo dejaba ver ni sus propias manos hasta que amaneció y un aguacero torrencial limpió los cuerpos que había en la superficie. A lo lejos, distinguió el cuerpo sin vida de su esposa, los colores de su ropa.

Al día siguiente, el padre José Luis Rivera escuchó que un aviador decía “Armero ya no existe, no se ve ni la torre de la iglesia”. Tembló, se arrodilló, rezó y le contó a su madre, sin rodeos, la tragedia: “Mamá, andan diciendo en las noticias que se acabó Armero”. “Qué va, ésos son chismes”, dijo su madre.
Un año después, José Luis Rivera, llegó a ser el párroco de Armero-Guayabal. En su antiguo pueblo piensa mucho. Cuando vio la nueva ciudad de Pompeya, reconstruida a un lado de la vieja, pensó que no era tan vana la ilusión de reconstruir Armero, pero dice que ese no es su trabajo. “Me parece que el objetivo tiene que ser reconstruir a la gente, las heridas, muchos hogares quedaron partidos, la separación de esa noche fue muy violenta, todavía quedan vacíos brutales”.